La UE, partida en dos: quiénes buscan poner fin a la Unión

Los españoles pecamos de ingenuidad. Como en Italia, los debates sobre la conveniencia de seguir en la UE están abriéndose camino. Pero importa bastante poco lo que opinemos

Foto: La silla vacía de Angela Merkel, que se halla bajo cuarentena, es una buena metáfora. (Fabrizio Bensch/Reuters)
La silla vacía de Angela Merkel, que se halla bajo cuarentena, es una buena metáfora. (Fabrizio Bensch/Reuters)
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Los españoles hemos sido muy ingenuos. La lectura que los holandeses, los alemanes o incluso los británicos hacen de la tragedia que estamos viviendo no nos deja en muy buen lugar. Y tampoco la idea que tienen de nosotros mejora en lo económico. Conocemos cómo nos ven porque llevan repitiéndolo desde 2008, os gusta la fiesta y la siesta, no sois eficientes ni disciplinados, no sois un país productivo, derrocháis el dinero que os damos. En esencia, cuando Pedro Sánchez acudió el pasado jueves a la UE en busca de soporte para las medidas que debe tomar, esa es la respuesta que ha recibido, la que yace bajo el "si lo que estás esperando son los 'coronabonos', no van a llegar nunca" de Merkel. Eso es lo que ha irritado tanto al presidente portugués, y por eso Sánchez afirmaba ayer que "Europa se la juega".

Lo malo es que mucha gente cree también en España lo que dicen de nosotros. Nuestra falta de carácter y la propensión al derroche son las causas principales de que nos vaya mal, por lo que tienen razón los norteños al negarnos la ayuda. ¿Para qué? ¿Para gastárnosla en mujeres y alcohol, como decía Dijssembloem?

Alemania y Países Bajos han sido los grandes beneficiados por la creación del euro

Estas explicaciones mediadas por la forma de ser mediterránea ocluyen algo mucho más importante, que sí contribuye a modelar el estado actual de España. Para empezar, como subrayaba Gabriel Zucman, el 'dumping' fiscal tiene mucho que ver: las grandes empresas dejan de declarar en territorio español unos 13.500 millones de euros anuales, de los que casi 11.000 millones se desvían a países europeos, empezando por Países Bajos, que vive bien gracias a que es un paraíso fiscal. En segundo lugar, Alemania y Países Bajos son los grandes beneficiados por la creación de la moneda única y son los países que más partido han sacado a la actual arquitectura del euro.

El rescate de los bonistas alemanes

Además, una vez que un país contrae una deuda elevada, entra en un pozo del que es difícil salir y se ve abocado a grandes sacrificios continuos sin obtener demasiados resultados; el peso de los intereses empuja hacia abajo. España está sufriendo esa carga adicional desde 2008 y desde que hubo de solicitar el rescate de las cajas de ahorro, un asunto del que suele borrarse una parte: si hubiéramos dejado que quebrasen, se habría causado un gran perjuicio a los bonistas alemanes, los más expuestos. Los germanos invirtieron mal, apostaron por cajas poco solventes, nosotros estamos pagando también su parte de la factura y, al hacerlo, cada vez tenemos menos margen de acción.

Cuando Sánchez acude a Bruselas a pedir respaldo, no debe hacerlo en términos de crisis sanitaria, sino desde la exigencia de moralidad y justicia

Todos estos factores, entre otros, tienen mucha más importancia en términos estructurales que el carácter español. Por eso, cuando Sánchez acude a Bruselas a pedir ayuda, no debería hacerlo en términos de "tened compasión, hay una emergencia sanitaria y necesitamos vuestra ayuda", sino en términos morales y de justicia: ya que han salido ganando estos años, que cumplan ahora con sus responsabilidades. Y, desde luego, también hay argumentos pragmáticos: si la UE no actúa conjuntamente, el virus económico atacará primero a los más débiles, pero no parará ahí, se llevará por delante a sectores y países en mejor estado, y luego fragilizará la economía europea en su conjunto.

El cortafuegos nórdico

Pero, si todo es tan obvio, ¿por qué no se hace así? ¿Por qué se niegan a poner en marcha los mecanismos precisos para que pueda darse una solución común? La respuesta es sencilla de entender, pero no nos la hemos planteado lo suficiente: Alemania, Países Bajos y demás miembros de la liga hanseática están haciendo un cortafuegos. Quieren evitar contaminarse a toda costa, y han entrado en estado de confinamiento económico; quieren salir de esta crisis en la mejor situación posible en términos nacionales, y el daño a las estructuras europeas les importa muy poco si eso afecta a su solidez. De hecho, están preparándose para el futuro, incluida la ruptura de la actual UE, que puede llegar a serles demasiado pesada. Su actitud, como aseguraba González Pons en el Parlamento europeo, es la del Brexit. Son ellos los anti-UE, no nosotros.

Han sido las clases, territorios y países con más recursos los que han roto las reglas del juego y eso es también lo que está pasando en la UE

Esta actitud es lógica, en la medida en que se alinea con estos tiempos, en los que la tendencia principal es que el orden existente se rompa por arriba. Ha ocurrido en el plano social, ya que el poder y los recursos se han ido concentrado en un porcentaje pequeño de la sociedad, las clases medias se han fragilizado y las trabajadoras sufren mayores dificultades; ha pasado igual en lo territorial, y aquí lo hemos denominado España vaciada, ya que los trabajos y la actividad económica se han concentrado en grandes urbes, mientras las ciudades intermedias han perdido peso e influencia y el mundo rural ha entrado en declive; y también en lo estatal y lo internacional, ya que la desglobalización la inició el país más poderoso del mundo, EEUU, cuando Trump llegó al poder; de la UE no se ha marchado un país pequeño, Grecia, sino uno grande, Reino Unido, una potencia financiera de primera magnitud; y de España no se quiere marchar Extremadura, sino Cataluña, una de las dos regiones españolas que más han ganado con la era global. Es decir, han sido las clases, territorios y países con más recursos los que están rompiendo las reglas del juego y sería raro que no pasara también en la UE.

El momento político

La reacción a esa bifurcación ha sido semejante en todos los terrenos. En general, las partes menos favorecidas reclaman a las ganadoras que piensen en el conjunto y que ayuden para que las situaciones de dificultad se solucionen de forma común. Ese es el momento político en todos los ámbitos: las capas menos afortunadas afirman que debería haber un mejor reparto, y reclaman más trabajo y salarios más justos, y las pymes más ayudas; las zonas rurales y las ciudades intermedias piden medidas para no seguir en declive; y los países perdedores en la UE reclaman acciones conjuntas para poder salir de una situación durísima.

Lo que deberíamos hacer es prepararnos para lo que pueda venir y pensar cuál será el plan B, porque lo mismo nos vemos forzados a ejecutarlo

Sin embargo, nada de esto suele ser escuchado, por lo que la tendencia a la bifurcación prosigue. Ni siquiera el coronavirus ha conseguido que en Europa se cambie de dirección, lo que está provocando discusiones impensables en España hasta hace poco sobre la conveniencia o no de nuestra participación en el club del euro. Sin embargo, estas discusiones internas importan poco de momento. No somos nosotros los que empezamos a ser anti-UE, más al contrario; si se está apelando a la acción común es porque la mayoría de la gente cree todavía en ella. Quienes no confían en Europa son quienes están al frente, Alemania, Países Bajos y la liga hanseática, que están empujando al sur hacia fuera y dibujando otra construcción de alianzas. Quizá den marcha atrás, como lo han hecho en su forma de combatir el coronavirus; en caso contrario, lo que deberíamos hacer es prepararnos para lo que pueda venir. Pensar cuál será el plan B, porque lo mismo nos vemos forzados a ejecutarlo.

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