Por qué nos van tan mal las cosas: una explicación diferente

Se suele culpar de la mala situación que vivimos a la falta de reacción adecuada por parte de los gobiernos. Pero quizá haya que mirar hacia otro lugar para entenderlo mejor

Foto: Un camarero desinfecta una mesa en Madrid. (EFE)
Un camarero desinfecta una mesa en Madrid. (EFE)
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La resistencia del virus, la ausencia de vacunas, la insuficiente acción de los gobiernos, Sánchez, los populistas o el primero que pasa por delante: hay un buen número de explicaciones disponibles para explicar las causas de todo el daño que está haciendo el coronavirus, en lo sanitario, en lo económico o en lo político. Sin embargo, hay ocasiones en que deberíamos reparar en nosotros mismos y analizar lo que no está funcionando en nuestras sociedades antes de buscar responsables en otros lugares.

Lo hemos visto en la misma reacción frente al covid-19. El ejemplo chino es significativo, porque la pandemia surgió allí y parece estar controlada. Por lo que sabemos, hay poquísimos casos en un país de 1400 millones de habitantes, la normalidad está recobrándose y su actividad económica crece con fuerza. Se insiste a menudo en que tal muestra de eficacia solo puede explicarse por su sistema autoritario de gobierno. Pero dado que en países democráticos de la región también se ha controlado razonablemente el virus, suele acudirse al factor cultural como razón última: las asiáticas son sociedades mucho más respetuosas de la norma y más dadas a la sumisión, lo que en ocasiones como la presente ayuda a que la prevención sea eficaz: al aceptar de buen grado y sin resistencias las medidas que sus autoridades acuerdan, la pandemia ha sido más leve entre esas poblaciones. Algo de eso hay.

Los límites inexistentes

El ejemplo contrario es Estados Unidos, donde los contagios siguen creciendo y las cifras se han disparado. Es uno de los países que peor está controlando la expansión del covid-19, lo que se suele achacar a la endeble calidad de su liderazgo. Tener un presidente que, por decirlo de un modo suave, no ha prestado demasiada atención a los aspectos sanitarios de la pandemia ayuda poco, como sus salidas de tono o sus argumentos nada científicos. Este aspecto es innegable, pero también es bastante llamativo, porque la reacción de Trump ha sido rápida y contundente en lo que se refiere a la economía, en la que introdujo cantidades ingentes de capital para ayudar a sus empresas, y muy distante y débil en los aspectos epidemiológicos. Ha ocurrido con otros Estados, como Reino Unido o Países Bajos, ligados a lo financiero, en Suecia o Dinamarca y en Brasil o México. La gravedad era máxima para asuntos de dinero, el virus ya se marcharía cuando fuera. Esta es también una de las causas de que China haya reaccionado bien, ya que entendió la vinculación directa entre una y otra, y que sin solucionar los aspectos sanitarios es difícil que la actividad económica cobre vigor de nuevo.

Son personas que perciben toda norma que les afecta como un acto de imposición totalitario contra el que deben rebelarse

Pero esto no va solo de política y de economía. También tiene que ver con poblaciones cada vez menos dadas a aceptar límites, que ponen su voluntad por encima de los intereses generales, que perciben toda norma que les afecta como un acto de imposición totalitario contra el que deben rebelarse. La negativa a llevar mascarilla por parte de colectivos ligados a una opción política tiene que ver con esa idea: nadie puede obligarme a hacer lo que no quiero, mi libertad está por encima de cualquier otra consideración, y si no me da la gana, no me la pongo. En el otro lado del espectro político tampoco han sido especialmente brillantes: las manifestaciones promovidas por Black Lives Matter son una fuente de riesgo, pero nadie les va a negar su derecho a reunirse contra el gobierno y la policía. Por algún motivo, protestar en la calle y todos bien cerquita era indispensable, porque no debía existir otra manera de hacerlo en medio de una pandemia.

La gente responsable

Es evidente, aunque se recalque habitualmente lo contrario, que buena parte de las poblaciones occidentales, incluida la española, han actuado de manera responsable. La mayoría de la gente ha permanecido en sus casas, lleva mascarilla, respeta la distancia de seguridad e intenta protegerse y proteger a los demás de posibles infecciones. Esa es la realidad. Por supuesto, las vulneraciones de las normas de precaución son frecuentes, pero porque somos muchos millones de personas, con lo que basta con que un pequeño porcentaje se las salte para que creamos que la falta de responsabilidad es generalizada. No es así.

La ética, la responsabilidad, la aceptación de las leyes o la vinculación a valores superiores a uno mismo son trampas para estúpidos

Sin embargo, y constatado este hecho, es evidente que nuestra sociedad promueve con frecuencia la falta de responsabilidad. En el aspecto de la creación cultural se observa de continuo: los héroes de la época son aquellos que se saltan continuamente las normas, que se mueven en un mundo de puro poder, donde no hay otra posibilidad que ganar o perder, comer o ser comido, y en el que las normas están, en realidad, ausentes. Desde 'Juego de Tronos' hasta 'House of Cards', pasando por 'Breaking Bad' o tantas otras, las ficciones contemporáneas muestran un mundo roto, donde los demás están para ser engañados. La ética, la responsabilidad, la aceptación de las leyes o la vinculación a bienes superiores a uno mismo son trampas para estúpidos. Lo que importa es vencer como sea en la siguiente batalla. Ese es el relato principal que se nos cuenta, y se retransmite en 'realities' que parecen 'El ángel exterminador' protagonizado por clases con pocos recursos o en programas competitivos donde bajo el buen rollo todos acaban clavándose el puñal por la espalda.

La recompensa a la maldad

No ocurre solo en la cultura, la economía es un buen ejemplo. La comparecencia de las grandes tecnológicas ante el Congreso estadounidense, en la que se pusieron de manifiesto sus malas prácticas, aunque solo abordasen el asunto de forma limitada, es un reflejo del tipo de sanciones que nuestra sociedad utiliza para combatir a la gente desatada. Al mismo tiempo que dejaban claro en público cómo abusan de su poder, las acciones de sus empresas subían en bolsa.

Cualquier límite que intenten imponer a su poder es calificado como autoritarismo, comunismo, debacle económica o tragedia social

Forma parte de ese tipo de justificación tan contemporánea: dado que se trata de gente que está en un estrato superior, resulta absurdo ponerles cortapisas. Son grandes, son exitosos, tienen un modelo que funciona, ¿para qué se les va a poner límites? Eso perjudicaría al crecimiento, la innovación, la economía y beneficiaría a los chinos, obviamente. Esta clase de personas nunca reconocerán a los demás más que mirándolas desde lo alto, una posición que les exime de las reglas, que sirven únicamente para los demás. Cualquier constricción de su poder es totalitarismo, comunismo, debacle económica o tragedia social.

Los nuevos ídolos

Estas conductas se imitan, no se quedan en las esferas en las que se producen, arrastran a la sociedad hacia un lugar mucho peor. Y eso ocurre en todas las escalas. La reyerta del pasado domingo en El Álamo, que acabó con varios muertos, es un ejemplo de cómo funcionan estas cosas. Fue durante una pedida de mano, en la que se había pactado con el dueño del restaurante que la música se apagaría a las 23.30 h. Llegado el momento, varios miembros de una de las familias quisieron seguir cantando y bailando a pesar del acuerdo con el dueño. Los componentes del otro clan les recordaron que habían llegado a un pacto con el propietario del local y que debían aparcar el órgano y cenar en paz. Y, a partir de ahí, la violencia. Porque, al fin y al cabo, si quiero tocar y cantar, nadie me lo va a impedir. No es un caso aislado, muchas peleas sangrientas empiezan por estas nimiedades, en las que algunas personas, como están por encima de las normas, no deben respetarlas. Cuando otros se lo reprochan, empiezan a llover golpes.

Esa es la clase de sociedad que estamos promoviendo. La mayor parte de la gente, por suerte, sigue siendo sensata y razonable, pero ese comportamiento durará poco tiempo si continuamos por este camino: si quienes se saltan las normas siguen ganando, es inevitable que sus conductas se extiendan. En el pasado se pecó por exceso, y los sistemas eran demasiado rígidos y apenas dejaban espacio para la libertad personal. Hoy los ídolos son aquellos que hacen lo que les da la gana; porque pueden y porque están en su derecho.

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