Una nueva derecha está surgiendo con el coronavirus: PP, Vox y el abrazo del oso

La pandemia está debilitando a muchos partidos populistas de derechas. Pero quizá el panorama político esté cambiando por otro camino y consagre un eje diferente

Foto: Casado, Adriana Lastra, Cuca Gamarra y Santiago Abascal, ayer en Madrid. (EFE)
Casado, Adriana Lastra, Cuca Gamarra y Santiago Abascal, ayer en Madrid. (EFE)

Helen Pluckrose y James A. Lindsay publicaron a finales de agosto un interesante libro, ‘Cynical theories’, en el que critican la base intelectual de ese activismo erudito tan de moda en los últimos tiempos de la izquierda. Lo curioso es que lo hacen desde posturas liberales, que han sido y son complacientes con esta clase de teorías (desde Macron hasta Biden, pasando por buena parte de los políticos e intelectuales europeos de ese ámbito ideológico). Normalmente estas críticas habían partido desde esa parte de la izquierda descontenta con el giro de sus fuerzas políticas, y habían sido recogidas también desde la derecha dura. Pero Pluckrose y Lindsay son liberales, y eso les lleva a tomar distancia de unas y de otras posturas.

En el texto también subrayan, aunque sea de manera colateral, una consideración pertinente acerca de la naturaleza de las derechas actuales: los movimientos que están creciendo en el mundo afirman defender el liberalismo y la democracia contra una marea progresista y globalista, y se vuelven hacia hombres fuertes que pueden preservar esos valores en un mundo cada vez más débil y quebradizo.

Biden y Marx

Parece obvio, pero no lo es tanto. Hay un desplazamiento tectónico de la derecha, que quizá no estamos terminando de percibir. La visión europea de las elecciones estadounidenses puede servir para clarificar este asunto. Normalmente, lo que nos llega describe la pugna entre un partido, el de Biden, cuyos líderes tratan de devolver EEUU a una cierta normalidad institucional frente a un dirigente autoritario que está pervirtiendo su sentido, ignorando las normas y convirtiendo su palabra en ley. Pero ese no es el relato que se cuenta en EEUU, y menos aún entre los republicanos. Desde su perspectiva, hay un combate ineludible entre los patriotas que tratan de defender y preservar la Constitución y la esencia de las leyes americanas, los de Trump, y ese conjunto de izquierdistas que se reúnen en torno a Biden, que quieren debilitar EEUU porque odian lo que significa y que buscan transformar radicalmente su país. Desde nuestra perspectiva, llamar a Biden marxista suena un tanto exagerado, pero la historia que se vende allí es otra: cuando se habla de ley y orden no es únicamente respecto de los disturbios callejeros, sino que es la misma continuidad de las leyes y las instituciones que los estadounidenses se dieron a sí mismos lo que está en peligro si los demócratas ganan las elecciones.

Percibíamos a las derechas populistas como fuerzas de oposición al sistema; su expresión actual es otra cosa

Hasta ahora, cuando hablábamos de derechas populistas a lo Trump o de extremas derechas, visualizábamos a movimientos autoritarios que querían cambiar el statu quo. Johnson, Le Pen, Salvini, la AfD, y las derechas del norte de Europa eran un ejemplo de formaciones que abogaban por cambios sustanciales en la arquitectura política. Unas lo hacían buscando una ruptura del orden internacional, otras mediante una alianza con los perdedores de la globalización, otras con por el regreso a lo identitario y lo religioso, y muchas de ellas a través de la democracia iliberal. Por unos motivos u otros, eran fuerzas de oposición al sistema.

El movimiento de fondo

La derecha populista actual es otra cosa. Los movimientos en Europa son significativos en este sentido, y el regreso a los partidos tradicionales, a las opciones que no son antisistema, que se está viviendo en la época del coronavirus es llamativo. A Salvini le ha surgido una competidora, Giorgia Meloni, que con sus Fratelli d’Italia, está creciendo en las encuestas, tomando un terreno que la Lega no ha sabido provechar. Mantiene una postura escéptica respecto de Europa, pero bastante más moderada que la hostilidad en la que se movía Salvini, y tiene un ideario de derecha dura clásica. En Francia, a Marine Le Pen le ha surgido la competencia de su sobrina, Marion, que de momento emerge como oposición larvada e interior, y que trata de construir un clima para el futuro cercano: si Marine no alcanza la presidencia francesa, lo cual es bastante probable, Marion estará ahí (por cierto, Marion Maréchal y Vox tienen muy buenas relaciones).

Las extremas derechas no crecen lo suficiente como para convertirse en gobierno, pero empujan a los partidos de derecha hacia posiciones más duras

En el norte de Europa, las extremas derechas no son fuerzas que estén creciendo lo suficiente como para convertirse en opción de gobierno, en general distan de ello, pero sí están empujando a los partidos sistémicos de derecha hacia posiciones más fuertes. Su importancia no es menor: el UKIP es ya irrelevante en Gran Bretaña, pero empujó a los conservadores hacia el Brexit y Trump tomó al asalto el partido republicano. España ha sido precursora de ese giro, la foto de Colón fue el mejor ejemplo, y lo estamos viendo de nuevo en el asunto de la Comunidad de Madrid.

En este giro, hay tres elementos significativos:

1. Este viraje hacia posturas más fuertes no se produce como un momento de impugnación del sistema, como un intento de transformarlo o de una reivindicación expresa de grandes cambios. Más al contrario, se asienta como la defensa cerrada de las instituciones existentes, al igual que los seguidores de Trump son patriotas que defienden la constitución contra los radicales de izquierda. Las derechas afirman ser un bastión sólido contra fuerzas que tratan de subvertir el orden vigente y las instituciones comunes y, en última instancia, de acabar con ellas. El caso español es también significativo en este sentido.

2. El segundo asunto es discursivo. Las nuevas derechas se han convertido no en fuerzas antisistema, sino en contraculturales. Reivindican su papel de víctima, dicen ser atacadas, culpadas y perseguidas, y por tanto la función que les es dado jugar no puede ser otra que la de la resistencia. Las izquierdas han impuesto una dictadura cultural, se han adueñado de las televisiones y las radios, dominan la prensa y están permanentemente señalando con el dedo a los luchadores por la libertad. Por lo tanto, estas derechas no son fuerzas propositivas, en el sentido de contar con una visión clara y diferente de lo que debe hacerse, sino resistentes y de combate frente a los radicales que quieren cambiar el orden. No hay contenido en sus discursos más allá de la oposición a la deriva de la izquierda. Defender las instituciones, o al menos su lectura de ellas, se convierte en revolucionario, en un movimiento contracorriente, en una defensa guerrillera de las libertades que están bajo ataque. Desde esta perspectiva, una afirmación como la de Díaz Ayuso (“La Justicia, Madrid y el Rey son los que impiden que Sánchez cambie el país por la puerta de atrás”) encuentra todo su sentido.

3. El tercer asunto es que son fuerzas que dicen defender un orden adquirido, pero que lo empujan constantemente un paso más allá. La evolución de la derecha en las últimas décadas es bastante precisa en este sentido, y basta una mirada rápida: Reagan, Bush, Bush Jr. y Trump marcan una línea evolutiva bastante clara. Este aspecto transformador, además, se percibe de modo claro en nuestro momento internacional. Las derechas que han emergido son atlantistas, pero con un ribete peligroso en estos instantes para la Unión Europea. Sus posiciones proestadounidenses fomentan la debilidad de la UE; no pretenden acabar con ella, pero sí debilitarla, de modo que, en lugar de construir una Europa fuerte, exista otra de ambiciones reducidas que se pliegue a los intereses de unos EEUU que demandan relaciones comerciales más favorecedoras, mayor gasto militar y mayor seguidismo respecto de sus decisiones en el plano internacional. Habrá que ver si ese giro eurodebilitador se produce también en España, pero ese es el signo de las derechas europeas.

Los dos riesgos

Estos son los tres elementos que conforman la nueva expresión de las derechas actuales, que son, por otra parte, la continuación de tendencias ya imperantes en las viejas derechas. Pero hay dos peligros en ellas que haríamos bien en tomar en consideración. El primero es la capacidad de captación de la derecha liberal por la dura. España es una buena muestra de esto, con un PP que coincide en gran medida en el discurso con Vox, lo que no es de extrañar: la actual línea de los populares y la de los de Abascal emana de la FAES; son dos vertientes del aznarismo discursivo e ideológico, por lo que resulta lógico que se emparenten. En Alemania, por ejemplo, un giro a la derecha del partido de Merkel tras la salida de esta podría tener consecuencias muy serias para Europa.

El segundo es que las mismas instituciones que estos movimientos dicen defender permitan el abrazo del oso. Las instituciones de un Estado representan lo común, y ni deben ni pueden ser defendidas sólo por una parte, ni pueden mostrar simpatía por una posición política concreta. Este elemento lo está olvidando la derecha, muy dada a patrimonializar lo que no le pertenece en exclusiva, y por la izquierda, demasiado dada a pensar en algunos asuntos que sus deseos están a punto de materializarse. Pero, desde luego, son las mismas instituciones las primeras que no deben olvidarlo. Y menos todavía en circunstancias como las presentes, con una crisis sanitaria muy profunda y una económica que puede ser de enorme magnitud.

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