La carambola del 4-M que más temen en Moncloa
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Marta García Aller

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La carambola del 4-M que más temen en Moncloa

Si Ayuso arrasara el 4-M, al PP podría salirle bien la carambola de reunificar el espacio político a la derecha del PSOE sin tener que elegir entre el modelo de Feijóo y el de Ayuso

Foto: El presidente del PP, Pablo Casado, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Hace solo unas semanas, Pablo Casado todavía se empeñaba en negar las diferencias más que evidentes entre Ayuso y Feijóo, y afirmaba a quien quisiera creerle que ambos actúan “exactamente igual”. Le daba lo mismo que uno mantuviera restricciones estrictas en la hostelería durante la pandemia y la otra acusara de liberticida esa medida, no importaba que uno dijera clarísimo en su última campaña electoral que no negociaría con Vox para formar Gobierno y la otra no le haga ascos, al menos públicamente, al partido de Abascal, o que para uno el estado de alarma sea una herramienta necesaria y la otra lo haya llamado una dictadura. Con el empeño de un vendedor de coches usados, Casado se ha negado a comentar nada que no fueran las ventajas y parecidos de cada modelo escudándose en que son del mismo color.

En plena campaña del 4-M, sin embargo, el líder del PP ha cambiado sutilmente el discurso. Le ha dicho a Herrera en la COPE que en su partido él quiere “ser la media entre Feijóo y Ayuso”. Es probable que la frase no sonara como él quería, porque sentó peor en su partido que fuera de él. Lo arriesgado de reivindicarse como el justo medio aristotélico es que implica que ambos extremos son defectuosos y que es en el centro donde está la virtud. Pero, claro, alguna virtud electoral tendrán esos extremos si son los que hasta ahora mejor le funcionan al partido, por más que a ratos parezcan incompatibles entre sí (a falta, claro, de confirmar la victoria de Ayuso que pronostican las encuestas del 4-M).

Foto: Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. (Alejandro Martínez Vélez)
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Lo más interesante, sin embargo, es que puede que Casado tenga razón poniéndose en el medio. O más bien de perfil. Si Ayuso arrasara el 4-M, al PP podría salirle bien la carambola de reunificar el espacio político a la derecha del PSOE sin tener que elegir entre el modelo de Feijóo y el de Ayuso. Ese es, desde el descalabro de la operación en Murcia y la constatación de que la fuga de votos de Cs parece irse abrumadoramente al PP, el escenario que más temen en Moncloa.

Génova anhela la victoria contundente de Ayuso en un momento en que el líder del PP está muy cuestionado internamente por su indecisión. Lleva encadenadas unas cuantas derrotas electorales y, tras cada una de ellas, la última en Cataluña, sus dirigentes le han reclamado contundencia, solo que en direcciones opuestas. Cuando Feijóo arrasa en Galicia con mayoría absoluta, la corriente mayoritaria dentro del partido se inclina por la moderación, y cuando Ayuso parece que arrasa el 4-M, ganan fuerza las voces que reclaman a Casado un giro claro a la derecha. Y si opta por uno de los dos caminos, acaba enfadando a buena parte de su electorado potencial.

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Sin embargo, si el 4-M Ayuso ganara de forma suficientemente contundente absorbiendo a Cs y pudiendo gobernar sin necesitar a Vox, Casado podría librarse de elegir. Y la verdadera ventaja para el PP sería, paradójicamente, que España no es Madrid, electoralmente hablando. La clave pos 4-M no estaría en la capital, sino en las provincias de tamaño medio que tienen entre cuatro y ocho diputados, que son la gran mayoría.

Más que de un giro ideológico o un modelo de liderazgo, el futuro de Casado puede depender más de algo tan anodino como la calculadora. Andan ya los 'spin doctors' echando cuentas del reparto de escaños en las provincias pequeñas ante la desaparición de Cs, porque es ahí donde está la carambola con que cuentan en Génova para que Casado salga fortalecido camino de las próximas elecciones generales.

Sin sumar más votos que una parte de los de Cs, el PP podría convertirse en la mayor fuerza política en varias provincias pequeñas y llevarse no solo el escaño naranja, sino el plus de la mayoría que da un escaño extra al ganador. En este escenario, el PP ni siquiera necesitaría que el PSOE cayera en intención de voto para ganarle los diputados extra que fueron determinantes en la victoria de Sánchez en 2019. Ni siquiera tendría que caer Vox.

Foto: Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Son cálculos todavía aventurados, tal vez ilusorios, pero factibles. Y dependen todavía de lo que pase el 4-M, que aún puede deparar muchas sorpresas. Pero la magia de las expectativas en política es que no hace falta que algo se produzca para que transforme la realidad. Por eso, una victoria contundente de Ayuso podría de rebote ayudar a Casado en el resto de España a sonar por primera vez como alternativa creíble de gobierno. Sobre todo si proyecta que puede absorber Cs también en las provincias pequeñas, porque entonces buena parte del votante de derechas que se fue a Vox decepcionado volvería al redil del voto útil. O eso al menos esperan en Génova y temen en Moncloa, mientras esperan a que pase el 4-M para echar cuentas del destrozo de Cs y por tanto de los restos de los que depende el diputado extra de las provincias medianas.

Todo está pendiente del 4-M. Y entre tanto, Casado seguirá apostando por intermediar entre Feijóo y Ayuso. Si al final tanta indefinición le vale para salir fortalecido, no sé si al líder del PP le contará como tener razón. Para tenerla necesitaría imponerse en una postura concreta y eso es precisamente lo que el líder del PP lleva tiempo esquivando. Al fin y al cabo, no hay nada que ayude a limar más asperezas en un partido que llegar al poder, o la esperanza de estar más cerca de lograrlo. Si la cosa funciona, ya no se le cuestionaría la falta de coherencia y donde las críticas internas veían contradicciones le comprarían la idea de que el secreto está en la pluralidad. Aunque sea con ideas de segunda mano.

Hace solo unas semanas, Pablo Casado todavía se empeñaba en negar las diferencias más que evidentes entre Ayuso y Feijóo, y afirmaba a quien quisiera creerle que ambos actúan “exactamente igual”. Le daba lo mismo que uno mantuviera restricciones estrictas en la hostelería durante la pandemia y la otra acusara de liberticida esa medida, no importaba que uno dijera clarísimo en su última campaña electoral que no negociaría con Vox para formar Gobierno y la otra no le haga ascos, al menos públicamente, al partido de Abascal, o que para uno el estado de alarma sea una herramienta necesaria y la otra lo haya llamado una dictadura. Con el empeño de un vendedor de coches usados, Casado se ha negado a comentar nada que no fueran las ventajas y parecidos de cada modelo escudándose en que son del mismo color.

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