Pedro Sánchez, el presidente que de tanto gobernar el futuro se olvidaba del presente
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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Pedro Sánchez, el presidente que de tanto gobernar el futuro se olvidaba del presente

El presidente está mucho más cómodo gestionando la España de las próximas décadas que la de las próximas semanas

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Reuters)

Hace tiempo que Pedro Sánchez ya no sale a dar malas noticias. Tampoco las buenas. Él aparece para hablar de lo “más ambicioso y trascendental de la historia”. Así califica el presidente su ya famoso, aunque todavía difuso, Plan de Recuperación y Resiliencia, que ha vuelto a anunciar ante la prensa en vísperas de presentarlo por fin en el Congreso de los Diputados. Es el proyecto del Gobierno para gastar los 140.000 millones que le tocan a España del fondo de recuperación europeo con el que desde hace seis meses está de gira prometiendo modernizar el país. Para no amargar las buenas noticias, Sánchez ha preferido repetir mucho la palabra 'modernización' y exhibir solo las inversiones que planea sin ahondar en las reformas pendientes que Bruselas pide. Será que el Plan de Recuperación y Resiliencia es tan modernizador, tan modernizador, que le pasa como a esas viejas obras vanguardistas que se aprecian mejor vistas de lejos.

Sánchez presume satisfecho de la enorme dimensión de la inversión pública que viene, sin duda una gran oportunidad para el país, insistiendo en lo mucho que va a solucionarnos el futuro, pero evitando concretar cómo resolverá los problemas que se nos acumulan en el presente. El presidente no está para esas minucias del día a día. De ahí que no sepamos cómo serán esas reformas clave en las que aún Sánchez no se ha puesto de acuerdo ni con su propio socio de gobierno (ni en materia laboral, ni fiscal ni en pensiones) y cuyos detalles habría que enviar a Bruselas antes del 30 de abril.

Así es el plan de recuperación económica de Pedro Sánchez

El empeño del presidente en subrayar solo las buenas noticias requiere cada vez un mayor esfuerzo por su parte. No quiere que la realidad interfiera en sus inspiradores planes de futuro. Por eso puede defender tajantemente un calendario optimista de vacunación, obviando lo difícil que es para cualquier Gobierno europeo garantizar porcentajes y fechas concretas en la recepción y administración de dosis, aunque al mismo tiempo que comparece las autoridades sanitarias estadounidenses paralicen la vacunación con Janssen y eso vaya a retrasar la distribución en Europa. Por eso prefiere hablar del fin de la pandemia, aunque llevemos solo un 6% de vacunación, mientras en países vecinos como el Reino Unido, con inmunidad de grupo, las autoridades insisten en apelar a la prudencia antes de hacer planes.

Se ponga 2021 como se ponga, Sánchez está empeñado en contagiarnos su optimismo. El presidente está mucho más cómodo gestionando la España de las próximas décadas que la de las próximas semanas. La ventaja de vivir en el futuro es que puede salir a hablar con aire triunfal de la nueva etapa en la que está la pandemia, como si no hubiera cinco comunidades en riesgo extremo por el número de camas ocupadas por pacientes con covid el día en que Sanidad notifica 100 muertos por la pandemia.

Las UCI se empiezan a llenar sin haberse vaciado aún de la tercera ola

Qué más da ahora lo que vaya a pasar el mes que viene con el estado de alarma, viene a decirnos el presidente. Y qué si las previsiones de los epidemiólogos apuntan a que el nivel de contagios estará a finales de abril con peores tasas de contagio que cuando el Gobierno decretó el estado de alarma y lo consideraba una herramienta jurídica imprescindible. ¿Es que no veis que estamos hablando del futuro de España? El día a día ya lo irá improvisando. Lo importante es lo bien que le está quedando la posteridad.

Tanta complacencia no sería posible sin la ventaja conceptual que ofrece al Gobierno tener una oposición que tampoco se caracteriza por el realismo en sus propuestas. Algunas de las comunidades gobernadas por el PP que hasta hace poco exigían a Pedro Sánchez terminar con el estado de alarma y la misma oposición que se oponía a apoyarle prórrogas anteriores le recriminan ahora que no vaya a ampliarlo. No parece que quede otro remedio que prorrogar el estado de alarma en el estado en que está la pandemia en España, si no queremos volver a tener a los jueces vecinos llevándose la contraria. Pero antes de las elecciones del 4-M, ni al Gobierno le viene bien reconocer que no tiene suficientes apoyos para ello ni a la oposición reconocer que debería dárselo.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i). (EFE)

Sánchez sí ha reconocido en su comparecencia que “vamos a tener días complicados como consecuencia de la Semana Santa”. Y aun así insiste en que en tres semanas el Gobierno tiene la intención de poner fin al estado de alarma. Es probable que para final de mes todo el país esté en riesgo extremo, que es como el propio Gobierno califica la incidencia por encima de 250 por 100.000 habitantes (el estado de alarma se aprobó con una incidencia por debajo de 200). Pero todo esto está demasiado cerca como para que el presidente se pare a pensar en ello.

Del futuro inmediato, Sánchez solo habla para calcular porcentaje de población vacunada. Para el fin del estado de alarma, según sus cálculos, tendríamos cinco millones de españoles inmunizados. Y un 10% de la población protegida frente al coronavirus no es suficiente para contener la pandemia ni para bajar la guardia con las medidas.

¿Podría ser la cuarta ola también la última?

Es verdad que gracias a la vacunación está decreciendo la mortalidad entre los ancianos. Sin embargo, no es el único cambio sustancial con respecto a los anteriores rebrotes. Esta cuarta ola empieza con las UCI mucho más saturadas que en las anteriores. Se están llenando de pacientes 20 años más jóvenes de media que, afectados por la variante británica, llegan más graves al hospital y pasan más tiempo hospitalizados.

Así que no es imprevisible que esto se agrave de aquí a un mes. Si el Gobierno cambia de opinión para el 9 de mayo y prorroga el estado de alarma, como le piden sus socios de investidura, y algunos barones de su partido y de la oposición, no será porque la cuarta ola no se veía venir. Será porque llegará un momento en que Sánchez no pueda, o ya no necesite, seguir ignorando los problemas del presente.

Hace tiempo que Pedro Sánchez ya no sale a dar malas noticias. Tampoco las buenas. Él aparece para hablar de lo “más ambicioso y trascendental de la historia”. Así califica el presidente su ya famoso, aunque todavía difuso, Plan de Recuperación y Resiliencia, que ha vuelto a anunciar ante la prensa en vísperas de presentarlo por fin en el Congreso de los Diputados. Es el proyecto del Gobierno para gastar los 140.000 millones que le tocan a España del fondo de recuperación europeo con el que desde hace seis meses está de gira prometiendo modernizar el país. Para no amargar las buenas noticias, Sánchez ha preferido repetir mucho la palabra 'modernización' y exhibir solo las inversiones que planea sin ahondar en las reformas pendientes que Bruselas pide. Será que el Plan de Recuperación y Resiliencia es tan modernizador, tan modernizador, que le pasa como a esas viejas obras vanguardistas que se aprecian mejor vistas de lejos.

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