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Los trapos sucios de Madrid
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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Los trapos sucios de Madrid

Quien eche de menos la ropa tendida por las calles puede darse una vuelta por Usera, Villaverde u Hortaleza. Todavía hay barrios donde se desafía la ordenanza municipal con mucha soltura y ningún remordimiento

Foto: Ropa tendida. (Pixabay)
Ropa tendida. (Pixabay)
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Cuando el alcalde de Nápoles quiso prohibir hace unos días que los vecinos siguieran tendiendo su ropa en la fachada, como han hecho toda la vida, la gente se rebeló con tanta vehemencia que no tardó ni 24 horas en rectificar. Tender las calles llenas de sábanas, vestidos y ropa interior al sol no solo es una costumbre, muchos lo consideran allí parte de la identidad misma de la ciudad. En Nápoles todo el mundo vive, igual que tiende la ropa, de puertas para fuera. Pasa en muchas ciudades del Mediterráneo.

En Madrid también vivimos mucho para fuera, pero ya no se puede tender la ropa por las calles. Hace años que una ordenanza lo prohíbe por razones fundamentalmente estéticas. Tampoco se puede en Valencia ni Barcelona. Alegaron para prohibirlo que tenía también que ver con la seguridad (no le vaya a caer a alguien un calcetín en la cabeza) pero, sobre todo, por un tema estético. Tender la ropa en los balcones afecta la estética de la fachada de los edificios y, a juzgar por la multa de 750 euros que conlleva, consideran que la afecta pero para mal.

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También en la costa croata que no hace mucho hubo una polémica por la prohibición de tender la ropa fuera. Los restauradores se quejaban de que tener a los turistas cenando bajo una cortina de camisetas, bragas y calzoncillos sobre sus cabezas daba mala imagen. Qué empeño tan miope este de mostrarle al turista fachadas vacías de vida real. Será que los que viajan a un Airbnb con su trolley de fin de semana no les gusta que les recuerden que cuando vuelvan a casa les va a tocar poner lavadoras.

No hace falta irse hasta el Adriático. Quien eche de menos la ropa tendida por las calles puede darse una vuelta por Usera, Villaverde u Hortaleza. Todavía hay barrios madrileños donde se desafía la ordenanza municipal con mucha soltura y ningún remordimiento. Alguna ventaja tenía que tener que no se acuerden de ellos para asfaltar bien las calles y arreglar los parques. Como para mandar a la policía en una redada anti tendederos.

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Es una pena que, a diferencia de los napolitanos, en Madrid aceptásemos con tanta naturalidad que nos prohibieran colgar la ropa en la calle a la vista de los transeúntes. Teóricamente la normativa busca la preservación del patrimonio arquitectónico, paisajístico, histórico y cultural de la ciudad. Como si históricamente nuestros barrios no hubieran estado llenos de sábanas tendidas al sol que, como bien sabían nuestras abuelas, ayudaba a blanquearlas.

Prohibir la ropa en los balcones seguramente sonaba moderno hace una década, cuando la globalización todavía parecía una buena idea y no nos habíamos aburrido de que todas las ciudades se fueran pareciendo cada vez más. Sin embargo, no deja de ser paradójico prohibirlo precisamente en la época más exhibicionista de todas. Cuando se ha vuelto costumbre fotografiar la intimidad de nuestra vida cotidiana y dejarla tendida en las redes sociales para que fisgue el que quiera, se hacen cada vez más extrañas las ordenanzas que exigen retirar de la vía pública la ropa tendida. Qué poco pudoroso andar colgando nuestros modelitos a la vista de todo el que pase por la calle, cuando todo el mundo sabe que donde hay que tenderlos es en Instagram.

Cuando el alcalde de Nápoles quiso prohibir hace unos días que los vecinos siguieran tendiendo su ropa en la fachada, como han hecho toda la vida, la gente se rebeló con tanta vehemencia que no tardó ni 24 horas en rectificar. Tender las calles llenas de sábanas, vestidos y ropa interior al sol no solo es una costumbre, muchos lo consideran allí parte de la identidad misma de la ciudad. En Nápoles todo el mundo vive, igual que tiende la ropa, de puertas para fuera. Pasa en muchas ciudades del Mediterráneo.

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