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Todos los amigos de Putin
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Ángel Villarino

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Todos los amigos de Putin

Por ahora solo le apoyan abiertamente cuatro villanos decadentes y los moradores de las arenas. El resto de admiradores del dictador ruso están saltando de un barco lleno de explosivos

Foto: Protesta contra la invasión de Rusia a Ucrania en Turquía. (Getty Images/ Burak Kara)
Protesta contra la invasión de Rusia a Ucrania en Turquía. (Getty Images/ Burak Kara)
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Veinticuatro horas después de la invasión, los apoyos en firme de Vladimir Putin se contaban con los dedos de una mano. El régimen de Nicolás Maduro en Venezuela; el de Bashar al-Ásad en Siria; el de Daniel Ortega en Nicaragua; el de Miguel Díaz-Canel en Cuba; el de Ebrahim Raisi en Irán y el de los guerrilleros hutíes de Yemen. Cuatro villanos decadentes y los moradores de las arenas. Incluso estos respaldos llegaban con matices. La Habana y Teherán responsabilizaban a EEUU y la OTAN de lo sucedido sin aplaudir la agresión rusa.

Detrás de este siniestro club de fans viene el pelotón de naciones teóricamente neutrales, países que velan por sus propios intereses y se ven obligados a hacer equilibrios. Aquí entran ya grandes potencias emergentes, algunas con armas atómicas y otras con afinidades ideológicas como el Brasil de Bolsonaro. La que más interesa descifrar es obviamente China, que ha mantenido hasta ahora una estudiada equidistancia, que proyecta sobre Taiwán ambiciones parecidas a las de Putin en su vecindario y de la que se espera que se comporte en esta crisis con el pragmatismo habitual. No hay entusiasmo por ahora en las declaraciones oficiales, ni tampoco en los órganos de propaganda -que por cierto insisten en que Ucrania no es Taiwán-. Algunas expresiones sugieren más bien incomodidad y recuerdan incluso a las que ha adoptado Pekín en el pasado con las sucesivas crisis provocadas por las trastadas de los Kim en Corea del Norte.

La alianza sino-rusa, con sus aparatosas maniobras militares conjuntas y sus declaraciones de intenciones estratégicas, gana solidez en los retratos a distancia. De cerca se ven más las costuras. Es notoria la fragilidad de la entente a lo largo de las extensas fronteras compartidas, en ciudades como Manzhouli (Mongolia Interior) o en el hormiguero de refugios nucleares convertidos en viviendas en el subsuelo de Pekín: 85 kilómetros cuadrados de ciudad subterránea que Mao ordenó construir para prevenir un ataque de la Unión Soviética -y no de EEUU- en plena Guerra Fría. China, recordemos, ni siquiera ha reconocido la anexión de Crimea, un movimiento mucho más fácil de explicar y digerir que la invasión de un país soberano.

En otro grupo están Donald Trump y buena parte de la derecha radical estadounidense. Consideran que Putin hace lo que debe hacer cualquier líder (impulsar el espíritu nacional y utilizar todas las herramientas a su disposición para ampliar su poder), creen que a Washington no se le ha perdido nada en Ucrania y achacan toda la culpa a Joe Biden. Horas antes de la invasión, el expresidente norteamericano elogió a Putin diciendo que era “un tipo muy listo” que había hecho un movimiento “genial”. Puede permitirse no cambiar de opinión porque, en el fondo, propone algo parecido a lo que está escenficando Rusia: una vuelta a la selva. Un regreso al mundo de hace 80 años.

Foto: Vladímir Putin, en un reciente homenaje al soldado desconocido. (EFE/Nikolsky) Opinión

Conviene detenerse también en la reacción de otros camaradas que reman en esa misma dirección y que ahora toman distancia por prudencia. Marine Le Pen, Viktor Orbán y otros aliados europeos de Vox, políticos que han tenido que salir a condenar la agresión de Putin porque son conscientes de que va a ser difícil justificar ante sus propias parroquias el horror que vamos a ver en los próximos días. Matteo Salvini cribó las redes sociales para borrar sus fotos con camisetas de Putin. Otros lo han ido haciendo gradualmente. Primero con timidez y después, ayer, con una decisión impostada. Trufando sus comunicados con coletillas sobre el “globalismo” o contra la Unión Europea, grumos parecidos a los que suelta un partido nacionalista o islamista cuando alguien mata en nombre de sus ideas.

La comparación es dura pero pertinente porque durante muchos años han compartido con el Kremlin dinero y consejos, pero también un corpus ideológico. Putin los ha engordado para debilitar el orden liberal y la Unión Europea, igual que hizo en los días de furia con el secesionismo catalán, entre cuyos cabecillas hay ahora mismo varias personas mudas. La derecha populista europea lleva años despertando fantasmas en los mismos sitios que el Zar (las élites internacionales, la globalización, George Soros, los inmigrantes…) y ofreciendo recetas parecidas para conjurarlos (liderazgos fuertes, vuelta a las raíces y a los monos de trabajo, a la pureza étnica y a la vieja Europa de las naciones...).

Foto: Aleksandr Dugin, con una granada anticarro en Osetia del Sur, en 2008. (Cortesía de A. Dugin)

Si ahora reconducen sus filias es porque no tienen nada que ganar en esta guerra. A sus 69 años, Vladimir Putin ha entrado en la fase final del Amado Líder, la de rendir cuentas solo con la Historia. Y no es un barco para grandes travesías. Francesc Serra, profesor de la UOC, esgrime un reciente sondeo para explicar hasta que punto está arriesgando su futuro con esta maniobra. “Un 80% de los propios rusos prefieren que Ucrania sea independiente y únicamente un 17% preferirían que se anexionase”. Entre los ucranianos, la cifra cae al 7%.

Hay quien incluso piensa que Putin, el ungido para reconstruir el Imperio, el hombre que graba una declaración de guerra en escorzo hitleriano y que hace circular -para que lo vea todo el mundo- un vídeo en el que humilla en público a uno de sus principales halcones, ha perdido el contacto con la realidad. Hay quien duda por primera vez de la leyenda del astuto agente de la KGB que va dos pasos por delante. Su policía detiene en las calles de Moscú y San Petersburgo en estos momentos a quienes osan llevarle la contraria y sus Ejércitos menosprecian los sentimientos de buena vecindad de una parte de su propio pueblo. Calcula que tiene reservas suficientes para aguantar las sanciones dos años y que su sufrida población aguantará otra crisis con una dieta de patatas.

Foto: Laura Borrás (JxCAT) y Pere Aragonès. (EFE/Toni Albir)

Mención especial y el cariño del público para los penúltimos amigos de Putin, los puros del "no a la OTAN", los que durante años han comprado el relato de que Ucrania merece lo que le pase por haber caído en manos de perversos y malvados nazis a quienes hay que perseguir incluso cuando emigran. Extraño nazi es Zelenski, el cómico de profesión que encabeza hoy la resistencia. Por ser judío, pero también por ser bisnieto de víctimas del Holocausto y nieto de un soldado del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Lo recordaba ayer Alberto Sicilia desde Kiev, que es donde hay que estar ahora mismo.

Veinticuatro horas después de la invasión, los apoyos en firme de Vladimir Putin se contaban con los dedos de una mano. El régimen de Nicolás Maduro en Venezuela; el de Bashar al-Ásad en Siria; el de Daniel Ortega en Nicaragua; el de Miguel Díaz-Canel en Cuba; el de Ebrahim Raisi en Irán y el de los guerrilleros hutíes de Yemen. Cuatro villanos decadentes y los moradores de las arenas. Incluso estos respaldos llegaban con matices. La Habana y Teherán responsabilizaban a EEUU y la OTAN de lo sucedido sin aplaudir la agresión rusa.

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