La Europa de Pancho Villa, de 'voyeur' en la primera reunión de la ONU de Trump
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Ángel Villarino

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La Europa de Pancho Villa, de 'voyeur' en la primera reunión de la ONU de Trump

Un grupo de países, casi todos europeos, asistieron como 'voyeur' al espectáculo pornográfico que protagonizó Trump. Se vio a una veintena de presidentes arrastrándose con halagos inverosímiles

Foto: Encuentro inaugural de la Junta de la Paz. (Reuters/Kevin Lamarque)
Encuentro inaugural de la Junta de la Paz. (Reuters/Kevin Lamarque)
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Ayer debutó la Junta de la Paz en Washington. Trump habló ante delegaciones de 47 países, anunció la captación de 7.000 millones de dólares para un fondo inicial de reconstrucción y prometió otros 10.000 millones por parte de Estados Unidos, además de contribuciones de la ONU y de la FIFA. El objetivo declarado es vigilar el alto el fuego —recordemos que cientos de palestinos han muerto desde que se declaró hace más de cuatro meses— y coordinar una futura Fuerza Internacional de Estabilización. Los avances, por ahora, son escasos. El desarme de Hamás sigue lejos de concretarse, mientras el despliegue de efectivos —unos 20.000, con una aportación destacada de Indonesia— continúa en el aire.

El blog financiero del Financial Times ha intentado encontrar un patrón con el que definir a los países miembros de este club que encarna la idea de orden internacional que tiene en la cabeza Donald Trump. Les ha salido esta definición: "Un eje de países no africanos, beligerantes hacia el exterior, represivos en el interior, en general con calificaciones crediticias débiles y mercados de capitales poco desarrollados".

Recordemos el elenco: Albania, Argentina, Arabia Saudí, Armenia, Azerbaiyán, Baréin, Bielorrusia, Bulgaria, Camboya, Egipto, El Salvador, Hungría, Indonesia, Jordania, Kazajistán, Kosovo, Kuwait, Mongolia, Marruecos, Pakistán, Paraguay, Catar, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Uzbekistán y Vietnam.

Su cometido es aportar dinero —el ticket de entrada se estableció en 1.000 millones de dólares por país— y tropas para pacificar Gaza y lo que surja. Pero las decisiones importantes las toma un núcleo de subordinados, familiares y amigos personales de Trump, que figura como presidente vitalicio y quien ni siquiera se ha molestado en buscar el respaldo del Congreso de su país, como exige la Constitución.

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Hasta en la estética de las ceremonias se deja claro que sus prerrogativas son imperiales y que solo él tiene la última palabra sobre cualquier decisión. El escudo oficial imita al de la ONU, pero en el mapa solo aparecen Estados Unidos y algunos países limítrofes recortados.

En el club hay un grupo de ausentes por voluntad propia. Y luego hay una serie de países a los que quizá les habría gustado participar, pero no se les ha invitado. Es el caso de todas las naciones subsaharianas y de países “enemigos” como Irán, Corea del Norte, Afganistán, Cuba, Yemen... o Dinamarca. Otra ausencia significativa es la de los representantes palestinos, a quienes se ha dejado expresamente fuera de la ecuación.

Más complicado es explicar la posición de la mayoría de los países de la Unión Europea. Después de haber fijado una posición común durante meses, la Italia de Giorgia Meloni abrió esta semana, a última hora, la posibilidad de acudir como “observador” y ha enviado a su ministro de Exteriores, el siempre servicial Antonio Tajani. Ese movimiento ha servido de modelo después para otros 14 estados europeos y para la propia Comisión Europea, que ha mandado a la comisaria para el Mediterráneo, Dubravka Šuica.

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El restante grupo de países, entre ellos Francia y España, ha reaccionado con enfado al enterarse. El clásico despliegue de confusión europea: siempre coordinados en la desunión. Trump no ha conseguido respaldo, pero sí ha retratado el ejército desorganizado con el que el continente afronta la guerra geopolítica que se avecina.

Las democracias europeas están horrorizadas con la Junta de la Paz, pero al mismo tiempo son conscientes de que el órgano va a tomar decisiones en los próximos meses, acciones que tendrán un impacto en su vecindario y en toda la región. Fuentes holandesas lo explicaban ayer así a nuestro corresponsal en Bruselas, a Nacho Alarcón: “Es un dilema. Está claro que hay problemas con la Junta de la Paz, pero existe y va a desempeñar un papel en la reconstrucción de Gaza y en el conflicto israelí-palestino. Y dado que la UE y Europa tienen intereses en este asunto (...) es importante que de algún modo sigamos conectados”.

Una de las cosas positivas que tiene el nuevo orden internacional es que resulta transparente y se despliega ante nuestros ojos con la sencillez argumental de cualquier reality show. Cuando toque mirar atrás, nadie podrá objetar que no entendía lo que estaba ocurriendo.

Ayer debutó la Junta de la Paz en Washington. Trump habló ante delegaciones de 47 países, anunció la captación de 7.000 millones de dólares para un fondo inicial de reconstrucción y prometió otros 10.000 millones por parte de Estados Unidos, además de contribuciones de la ONU y de la FIFA. El objetivo declarado es vigilar el alto el fuego —recordemos que cientos de palestinos han muerto desde que se declaró hace más de cuatro meses— y coordinar una futura Fuerza Internacional de Estabilización. Los avances, por ahora, son escasos. El desarme de Hamás sigue lejos de concretarse, mientras el despliegue de efectivos —unos 20.000, con una aportación destacada de Indonesia— continúa en el aire.

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