Torremolinos chic (y II): Brigitte Bardot pasea descalza por la ‘isla’

Aviso para los lectores mallorquines y para el compañero Matías Vallés: escribo la ‘isla’, pero no me refiero a Sa Roqueta. La ‘isla’ era la foto

Foto: Torremolinos chic (y II): Brigitte Bardot pasea descalza por la ‘isla’
Torremolinos chic (y II): Brigitte Bardot pasea descalza por la ‘isla’

Aviso para los lectores mallorquines y para el compañero Matías Vallés: escribo la ‘isla’, pero no me refiero a Sa Roqueta. La ‘isla’ era la foto fija de Juan Goytisolo al Torremolinos de hace medio siglo, el mismo que ya han celebrado Antonio Banderas en Málaga, Zapatero en Valladolid y Obama en la Casa Blanca sin Michelle Villapadierna (coincidencia interplanetaria a lo Pajín: los tres son Leo. Los tres cumplen en agosto).

Torremolinos era aquel insólito lugar donde la sex-symbol Brigitte Bardot paseaba descalza por la calle San Miguel, Frank Sinatra se liaba a mamporrazos en el Pez Espada, el mejor de su época, y el rey Juan Carlos (aún Príncipe) lo visitaba con frecuencia, junto a ministros de Franco, antes de aceptar su residencia veraniega palmesana a escasos 100 metros del taller de Joan Miró.

El Goytisolo de la ‘isla’ es un Goytisolo aún no trasmutado en la marca Juan Goytisolo, cuando sólo apostaba por crear ficciones y estaba lejos de convertirse en un articulista de fondo y ensayista de guerra. Él acertó en escribir una primera novela ambientada en el municipio costasoleño, absolutamente ajeno a la asfixiante moral nacionalcatolicista, y donde se inhalaba un oasis de libertinaje, ya desaparecido.

Torremolinos chic recuerda el argumento de la novela, traducida al alemán como Sommer in Torremolinos. “La protagonista, hastiada esposa de un diplomático, pasa unas vacaciones en las que se enfrenta a infidelidades matrimoniales, recuerdos de infancia y convencionalismos sociales”, relatan José Luis Cabrera y Lutz Petry en su web de referencia.

Volvamos a la bomba sexual de los cincuenta y sesenta. La Brigitte que se alojaba en el Marbella Club de Alfonso de Hohenlohe, toma el sol desnuda en la playa de El Bajondillo y asocia la zona con el exquisito Saint Tropez. No todos están de acuerdo con esta generosa comparación. César González Ruano llegó a definir la Costa (más bien “crucificar”, precisa Juan Bonilla) como el territorio de las “rubias en short y viejos vestidos de niños”. Aquellas “vikingas” que glosó Sánchez Dragó en Eldorado.

Bardot, que cuenta con una calle en el Torremolinos de hoy, lindando con la avenida Salvador Dalí, rodó en el pueblo malagueño una película de culto. Se titula Los joyeros del claro de luna (1958), la dirigió su entonces esposo, el cineasta Roger Vadim, y actuó Fernando Rey, quien dos décadas antes que Banderas ya interpretó, aunque en papeles secundarios, alguna película de la factoría Hollywood. En la cinta también participó como guionista Peter Viertel, marido de la actriz Deborah Keer, afincado más tarde en Marbella e introductor del surf en Europa.

La ‘isla’ se popularizó. Y Bardot la abandonó. Los recuerdos chic dieron paso a un turismo para todos los públicos. Los que vivieron esa época jamás podrán olvidar la transformación de  Torremolinos en una de las urbes más liberales, modernas y cosmopolitas del Mediterráneo.

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Tinta de Verano
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