Europa desarrolla musculo estratégico: el plan de industrialización de la UE
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Miguel Otero

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Europa desarrolla musculo estratégico: el plan de industrialización de la UE

El proceso es gradual y casi imperceptible, porque la búsqueda de consensos es difícil, está además escondido bajo un manto de burocracia y tecnocracia casi impenetrable

placeholder Foto: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE)

En el último lustro se ha producido un giro copernicano en cómo las élites europeas ven la relación entre el estado y el mercado. Estamos ante una corriente de fondo hacia una mayor cultura estratégica en la Unión Europea que es muy positiva y que se está analizando poco. Todo lo contrario, impera el derrotismo. Hay una sensación generalizada de que Europa va a salir más débil de la recesión provocada por la pandemia del covid que los EEUU y China. La percepción dominante es que la Unión está demasiado dividida, y que está actuando con lentitud y sin el sentido de urgencia y audacia que requiere la situación de crisis actual.

China, sin embargo, se ve cada vez más fuerte, con una visión estratégica clara a la hora de invertir recursos para convertirse en una potencia tecnológica. EEUU, desde que llegó Biden a la Casa Blanca, también se ve con envidia. Los tres planes de gasto e inversiones (el de estímulo, el de empleo y el de familias) propuestos suman 6 billones de dólares, o sea, más del 25% del PIB, y seguramente harán la economía estadounidense más resiliente. Una necesidad si la mayor potencia mundial quiere seguir siéndolo en el futuro.

Hasta ahora los planes solo están sobre el papel mientras que las capitales sudan tinta para obtener el visto bueno de Bruselas

La Unión Europa, en cambio, parece inmóvil. Casi ha pasado un año desde la euforia tras la aprobación del plan de recuperación Next Generation EU (un hito histórico), y hasta ahora los planes solo están sobre el papel mientras que las capitales sudan tinta para obtener el visto bueno de Bruselas. Peor aún, mientras que en EEUU se habla de crear empleo y crecer, siendo este año quizás el primero desde hace décadas en que la economía americana crezca más que la china, en Europa ya surgen las primeras voces a favor de empezar a reducir los planes de estímulo y prepararse para una mayor inflación. El debate está casi más en las nuevas reglas fiscales que en cómo poder crecer y competir con EEUU y China. Esto es muy frustrante para muchos, y es comprensible.

Sin embargo, aunque no lo parezca, la Unión se ha transformado en los últimos cinco años. El proceso es gradual y casi imperceptible, porque la búsqueda de consensos es difícil, está además escondido bajo un manto de burocracia y tecnocracia casi impenetrable que no genera grandes titulares, pero la realidad es que, en solo cinco años, desde el referéndum del Brexit y la compra de la robótica alemana Kuka por la china Midea en 2016 hasta hoy, la Unión ha pasado de ser una confederación anclada en su mercado único a ser una comunidad política cada vez más federal con creciente músculo estratégico. Esta conversión no ha sido fácil. Primero hubo que resarcirse de la salida del Reino Unido de la Unión. El país con más cultura y capacidades estratégicas junto con Francia. Y después hubo que lidiar con las embestidas de Trump. La Unión, un proyecto liberal desde sus cimientos, de repente se vio sumida en un contexto internacional anárquico, marcado por la rivalidad entre grandes potencias para la que no estaba preparada, ni material ni ideológicamente.

Foto: El líder de la política exterior europea, Josep Borrell. (EFE)

Pero desde entonces ha intentado ganar músculo estratégico y lo ha hecho de manera discreta. Primero convenciéndose a sí misma de que había que hacer un esfuerzo y después generando un nuevo marco normativo. Vale la pena resumir lo que se ha conseguido. El 28 de febrero de 2017, un mes después de llegar Trump a la Casa Blanca, la Comisión Juncker organizó el primer día de la industria europea con 600 participantes y en septiembre de ese mismo año publicó una comunicación abogando por una “industria inteligente, innovadora y sostenible” para lograr una “estrategia de política industrial renovada para la UE”. En ese mismo documento se apostaba por aumentar en los años venideros el Fondo Europeo de Inversiones Estratégicas (EFSI por sus siglas en inglés) hasta los 500.000 millones de euros, con una aportación del sector privado de dos tercios, y también se exhortaba a la implementación de Importantes Proyectos de Interés Común Europeo (IPCEIs), que bajo el amparo de las excepciones que ofrece el marco de ayudas de estado de la Unión, podían canalizar fondos públicos a proyectos paneuropeos de valor estratégico.

También en 2017 los ministros de economía de Alemania, Francia e Italia animaron a la Comisión Europea a establecer un mecanismo europeo de supervisión de inversiones extranjeras, similar al Comité de Inversión Extranjera de los EEUU (CFIUS), y en 2018 la Comisión presentó el primer plan de coordinación europeo para la inteligencia artificial (IA). Un año después, en 2019, se produjo un giro importante en Alemania. En enero la influyente Federación de Industrias Alemanas (BDI por sus siglas en alemán) publicó un papel diciendo que la única manera de competir con el capitalismo de estado chino era uniendo las fuerzas del sector público y privado y que se necesitaba una política industrial europea.

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Poco más tarde el ministro de Economía de Alemania, Peter Altmaier, presentaba su borrador de Política Industrial para el 2030 donde justamente defendía el mismo argumento. Esto fue un 'shock' para la clase política y empresarial alemana, siempre alérgica a la intervención del estado. Altmaier fue tachado de “dirigista”, francés y hasta chino, al defender tesis que para algunos se asemejaban a una economía planificada. Su homólogo francés Bruno Le Maire, que había firmado un manifiesto a favor de una política industrial europea con Altmaier poco antes, veía todo eso con estupor. Pero después de intensos debates en septiembre de ese mismo año se publicó finalmente la estrategia alemana, insistiendo en el rechazo al proteccionismo y dirigismo de otras potencias (para aplacar los ánimos) pero dejando claro que Alemania y Europa se enfrentaban a un “nuevo capítulo en la creación de valor industrial” y que eso necesitaba “de la mayor iniciativa privada posible, pero también del apoyo estatal que sea necesario”. También ahí se apostaba por los IPCEIs para sortear la prohibición de ayudas de estado.

Durante todo este periodo, y con Trump usando el arma de los aranceles y la extraterritorialidad del dólar a su antojo, la burbuja de Bruselas empezó a convencerse de que había que cambiar de paradigma e integrar mejor la política económica con la de exteriores. Ese fue el argumento central del papel que publicaron en junio de 2019, entre otros, Mark Leonard y Guntram Wolff, directores de Bruegel y el Consejo Europeo de Asuntos Exteriores (ECFR) sobre soberanía económica. Poco a poco empezaban a calar también las tesis de Mariana Mazzucato a favor de un estado más emprendedor que se propusiese “misiones” concretas para 'cocrear' mercado y no solo resolver sus fallos, pese a las reticencias iniciales de muchos actores en los departamentos económicos en Bruselas y las capitales.

La burbuja de Bruselas empezó a convencerse de que había que cambiar de paradigma e integrar mejor la política económica con la de exteriores

Todo este contexto llevó a la Comisión Europea de Ursula von der Leyen a llamarse 'geopolítica' y a integrar, entre otros asuntos estratégicos, un mayor análisis de prospectiva bajo el comisario Maroš Šefčovič, de los vicepresidentes menos conocidos. Su dirección general publicó precisamente el primer informe anual de prospectiva de la UE en septiembre de 2020, en plena segunda ola del covid, alentando además a los países miembros a pensar más en el largo plazo (elemento clave para desarrollar músculo estratégico). La unidad de prospectiva de Moncloa, y el informe recién publicado de España 2050, se enmarcan precisamente dentro de este proceso. Quizá más importante todavía, en marzo de 2020 la Comisión presentó su 'Nueva Estrategia Industrial para Europa'. Algo estaba cambiando incluso antes del covid.

Lógicamente, la pandemia ha acelerado el pensamiento estratégico en la Unión y ha ayudado a superar las reticencias a una mayor participación del estado en la economía. La visión francesa empieza a dominar. A poco de empezar la guerra contra el virus, la Comisión suspendió las reglas fiscales y todos los estados miembros, con Alemania a la cabeza, empezaron a distribuir ayudas públicas para sostener el tejido empresarial. Inmediatamente también se hicieron patentes las vulnerabilidades de nuestras sociedades al depender de productos básicos como mascarillas y paracetamol producidos fuera de la Unión, principalmente en China, y al ver, además, que la propia China con su capitalismo de estado, y otros países asiáticos democráticos, pero con estados bien dotados, como Japón y Corea del Sur, gestionaban mejor la pandemia.

Foto: (iStock) Opinión

Frente a la terrible gestión de la Administración Trump y una China valentonada, la Unión empezó a acelerar los tiempos. En septiembre del año pasado 22 empresas y organizaciones (11 alemanas y 11 francesas) lanzaban oficialmente el proyecto de nube europea Gaia-X y en octubre se puso en marcha el mecanismo europeo de supervisión de inversiones con un intercambio de información entre los países miembros, ahora constante, inimaginable hace cinco años. En enero de este año, además, la Comisión aprobó un segundo IPCEI (el primero se había otorgado en diciembre de 2019) para generar una cadena de valor europea de baterías eléctricas. Entre los dos proyectos presentados por la Alianza Europea de Baterías estamos hablando de más de 20.000 millones de euros de inversión pública y privada y en el segundo hay dos empresas españolas (aunque más de una veintena de italianas).

En 2021 el impulso estratégico ha aumentado. La Comisión ha presentado nuevas propuestas para proteger el marcado único de la competencia desleal de empresas extranjeras que reciben ayudas públicas, después de presentar ya un libro blanco en febrero, ha desarrollado todo un marco normativo para una inteligencia artificial humanista acorde con los valores europeos (el primer intento de regular este sector a nivel mundial), ha actualizado su estrategia de política industrial, porque la del año pasado se vio superada por el covid, y además ha publicado un primer estudio sobre las dependencias de la Unión con respecto al exterior. Este documento condensa la cultura estratégica que está desarrollando la Unión. El 'modus operandi' es eminentemente técnico y de abajo-arriba ('bottom up'). Primero se estudia lo que falta y después se piensa cómo lograrlo.

El modus operandi es técnico y de abajo-arriba ('bottom up'). Primero se estudia lo que falta y después se piensa cómo lograrlo

Los expertos de la Comisión analizaron más de 5.000 bienes importados y concluyeron que la UE tiene ciertas dependencias estratégicas en tan solo 137 bienes, de los cuales 34 (un 0.6% del valor importado) connotan vulnerabilidad porque son difíciles de producir y/o la diversificación de fuentes de importación es limitada. La mitad de estos productos vienen de China, sobre todo los relacionados con las tierras raras y productos farmacéuticos y del ámbito sanitario, pero curiosamente, si se analizan solo los bienes, EEUU tiene mayor dependencia de la UE que viceversa. EEUU depende de 260 productos de la UE (por un valor de importaciones del 3.1%) mientras que la UE solo depende de 15 productos americanos (lo que supone el 0.1% del valor de bienes importados). En bienes, EEUU es más dependiente de China y del resto del mundo que la UE.

Por supuesto, eso cambia en tecnologías avanzadas. Ahí la Comisión concluye que la UE lidera en manufacturas, incluido el internet de las cosas, nanotecnología, y en materiales de última generación, pero va por detrás en inteligencia artificial, 'big data', nube, ciberseguridad, biotecnología, robótica y microelectrónica (incluidos los semiconductores). Sobre esta base, y justamente para lograr una mayor autonomía estratégica, la Comisión indica que habría que invertir más en áreas claves tanto para la transición digital como la energética como son: materias primas críticas, baterías, ingredientes farmacéuticos activos, hidrógeno, semiconductores, nube y tecnologías de frontera como la IA.

Foto: EC.

Además, resalta que los fondos Next Generation EU así como los IPCEIs van a ser instrumentos determinantes para lograr estos objetivos. Es aquí donde el músculo estratégico se combina con el financiero y el del buen gobierno. Gracias a poseer la segunda divisa más demandada del mundo, la UE podrá endeudarse hasta los 750.000 millones de euros los próximos años para fortalecer las economías de sus estados miembros. En sí esto es un acto de federalismo en acción. Los equipos de Bruselas y de las capitales están en contacto diario para perfilar los mejores planes y que se ejecute el dinero lo mejor posible. Esto también es una revolución estratégica y silenciosa. Y, si sale bien (estamos solo en los comienzos) es muy probable que esta lógica de recursos por reformas se afiance, y que atraiga todavía más inversión pública como privada.

En este contexto más estratégico, para España es muy importante diseñar bien los Proyectos Estratégicos para la Recuperación y Transformación Económica (PERTEs), pero también estar en los IPCEIs (como el que hay sobre microelectrónica y donde no hay ninguna empresa española) y eso implica tener visión estratégica y tomar decisiones a largo plazo. Una de las primeras quizá sea qué hacer con el litio que está bajo el suelo de Extremadura. Ahí lo ideal no solo sería extraer la materia prima, sino crear toda una cadena de valor de baterías sobre la misma. El giro copernicano se ha logrado, ahora hay que aprovecharlo. No solo en colaboración con las grandes empresas, sino también con las pymes, y bajo cuatro principios básicos que marcan la política industrial moderna: priorización, mejorar el capital social, cocreación público-privada y evaluación independiente.

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