Tenemos que hablar de España
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Francisco Igea

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Tenemos que hablar de España

En España, hay territorios que se sienten representados por sus partidos nacionalistas y territorios que parecen estar siempre relegados a la voluntad de las ejecutivas de los partidos nacionales

Foto: Vista del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)
Vista del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)

Ciudadanos surgió en su día como proyecto político destinado a superar la nefasta influencia del chantaje nacionalista en la vida política española. Un proyecto de intelectuales que creían, esencialmente, en la igualdad de derechos, la separación de poderes y los pilares de la democracia liberal. Un proyecto jacobino, que aborrecía del espíritu tribal y supremacista del nacionalismo catalán. A este planteamiento se pueden añadir muchos más matices, pero fue, sin duda alguna, este espíritu, junto al agotamiento de la política corrupta y clientelar del bipartidismo, lo que nos animó a muchos a unirnos al proyecto.

Desgraciadamente, cuando nos enfrentamos a nuestro momento histórico, el día en que ¡por fin! podíamos obtener una mayoría amplia y estable, una que no dependiese del nacionalismo, ese día... fracasamos. Fracasamos estrepitosamente. Es, sin lugar a dudas, el mayor error de la política española en los últimos 40 años. Dos no bailan si uno no quiere, es bien cierto, pero también lo es que ninguno quiso. Dejamos España, nuevamente, a los pies de quienes desde hace más de un siglo solo viven para alimentar su inagotable egoísmo.

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Como consecuencia, durante estos últimos tres años hemos asistido al peor Gobierno en el peor momento. Un presidente, vacuo y vanidoso hasta rozar el ridículo, dispuesto a cualquier cesión para mantenerse en la pasarela del poder. La última Conferencia de Presidentes fue buen ejemplo del dilema al que nos enfrentamos. El lendakari vendió cara su presencia con cesiones fiscales conocidas y otras cesiones aún por conocer. El 'president' humilló nuevamente a todas las autonomías, negándose a rebajarse a nuestro nivel, en esto consiste la España multinivel. A cambio, obtuvo 1.700 millones de euros que añadir a las múltiples cesiones, indultos aparte, a su deslealtad.

Esta situación no augura nada bueno para la inmensa mayoría de la España olvidada. La España que no tiene capacidad de condicionar las mayorías parlamentarias. La España siempre leal. Esta España puede ver, en los próximos meses, cómo vuelve a resultar la perdedora de este juego de suma cero. La financiación autonómica, el reparto de los fondos europeos y el desarrollo de las infraestructuras de nuestro país volverán, sin duda, a condicionarse por la debilidad parlamentaria de nuestro Gobierno. Esto no ocurriría si todos nuestros representantes en las Cortes representasen a sus territorios, no solo a sus partidos. Este es, sin duda, el nudo gordiano de la cuestión territorial en España.

Foto: Tomás Guitarte, el primer diputado de la historia de Teruel Existe. (A. V.)

En España, hay territorios que se sienten representados por sus partidos nacionalistas y territorios que parecen estar siempre relegados a la voluntad de las ejecutivas de los partidos nacionales. Nuestros parlamentarios, todos, también los nacionalistas, deben su lealtad en exclusiva a su partido y no a sus electores. De hecho, nuestros partidos han diseñado el sistema de tal forma que nadie pueda eludir esa lealtad. A quienes tal osan se les aplica una moderna 'ley de fugas' denominada pacto antitransfuguismo. Nada puede escapar al control de las ejecutivas nacionales de los partidos. El sistema de listas cerradas y bloqueadas, así como la configuración cesarista y piramidal de todos nuestros partidos, hace imposible que nadie espere de nuestros parlamentarios que se salten la disciplina de partido para defender el interés de sus electores en su territorio. Es cierto que los partidos deben de mantener una disciplina mínima que impida que un representante pueda obviar el programa, o los valores, que ofrecieron a sus electores, pero no lo es menos que estos sistemas de control no deberían extinguir el sagrado vínculo entre representantes y representados. Es a ellos, a los votantes, no a los partidos, a quienes los diputados deben lealtad.

Esta perversión democrática prácticamente solo existe en nuestro país. Nuestro Parlamento se ha convertido en un circo de autómatas donde todo es siempre previsible, donde los diputados se han perdido a sí mismos todo el respeto. Nadie ha visto, nadie verá, que un diputado por Cáceres, por Lugo o por Burgos se niegue a votar, contra su partido, unos Presupuestos, o una financiación, que castiguen a sus electores. Los dos grandes partidos nacionales defienden el interés de las comunidades olvidadas únicamente mientras se encuentran en la oposición. Sin embargo, lo olvidan inmediatamente cuando el poder está en juego y dependen de los nacionalistas. Lo hemos visto demasiadas veces. Esto era lo que nosotros queríamos evitar, pero nuestros dramáticos errores nos llevaron a la irrelevancia política.

Foto: Un elector deposita el sobre con las papeletas en una urna en el CEIP Ortega y Gasset de Madrid. (EFE)

¿Es posible otro estado de cosas? Por supuesto que sí. Incluso en un sistema bipartidista. Solo deberíamos aprender de otros sistemas parlamentarios y políticos más avanzados que el nuestro. Para empezar, debería ser normal dar libertad de voto en asuntos como los Presupuestos o la financiación autonómica. Esto obligaría a buscar consensos territoriales más amplios dentro de los propios partidos nacionales y abriría la posibilidad de acuerdos que evitasen el chantaje nacionalista. Todo el mundo sabe en Estados Unidos que tiene que defender los intereses de su territorio cuando se habla de inversiones o infraestructuras. Nadie espera del senador demócrata por California que acepte sin rechistar lo que Biden proponga si esto afecta a su estado.

La actividad legislativa en el Parlamento debería, también, estar sometida al menos a la deliberación democrática dentro de los propios grupos parlamentarios, de tal manera que fueran los propios diputados, y no las ejecutivas, quienes conformasen habitualmente el sentido del voto como representantes electos que son de los ciudadanos. Es cierto que, para que esta circunstancia se diera con total legitimidad, el sistema de elección de nuestros representantes debería de asegurar que son los ciudadanos quienes eligen a sus representantes por sus características personales y su trayectoria, no solo por su pertenencia a unas siglas. Esto es así en la inmensa mayoría de los parlamentos del mundo civilizado. El modelo anglosajón de candidatos únicos por circunscripción así lo asegura, pero no es este el único sistema. En la Europa del norte existen, también, múltiples sistemas que combinan el sistema proporcional, que asegura la pluralidad política, con las listas desbloqueadas, que permiten la elección personalizada. De esta manera se aseguran la pluralidad y se garantizan también que el control lo tienen los ciudadanos y no los partidos al configurar las listas.

Foto: Congreso de los Diputados. (EFE) Opinión

Finlandia es un buen ejemplo de ello. Los votantes votan a quien quieren, dentro de la lista del partido de su elección. El reparto del número de escaños correspondientes a cada partido se realiza con el sistema D'Hondt, asignándose estos escaños a quienes más votos han obtenido dentro de esa lista desbloqueada de ese partido. Por otra parte, son los comités locales, o los simpatizantes del partido en el distrito, quienes determinan democráticamente quiénes van en esa lista. Esto asegura una vinculación mucho más fuerte entre los representantes electos y los habitantes del territorio. Esto estimula a velar estrechamente por los intereses de quienes te han elegido, si es que quieres continuar en la vida política. Es así de simple, si te elige el partido debes gratitud al partido, si son los ciudadanos se la debes a ellos. Créanme que sé bien de lo que les hablo. Estos sistemas permitirían que nuestros diputados ejerciesen, con legitimidad y autonomía suficiente, su deber de representar a sus representados en su territorio, no solo a su partido. Evitaríamos así esta sensación de abandono que hoy cunde en esta España olvidada.

En resumidas cuentas, si no empezamos a hablar en serio de nuestro problema de representación política y territorial, si no empezamos a ofrecer soluciones distintas a los mismos problemas de hace un siglo, continuaremos arrastrando este chantaje. Muy probablemente en breve florecerán, ya lo están haciendo, multitud de partidos locales que aplicarán la misma política egoísta que tan pingües beneficios está dando al nacionalismo catalán y vasco. Tendremos entonces un país ingobernable. Tenemos que hablar de España, es urgente. Tenemos que hablar de toda España.

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