El 'procés' eterno

Lo que hoy tenemos no es una reacción fulminante ante la DUI, sino un abstruso debate hermenéutico en el bloque constitucional sobre la interpretación de las palabras de Puigdemont

Foto: Independentistas, en los alrededores del parque del Parlament. (EFE)
Independentistas, en los alrededores del parque del Parlament. (EFE)

“Nosotros, representantes democráticos del pueblo de Cataluña, en el libre ejercicio del derecho de autodeterminación,

CONSTITUIMOS la República catalana, como Estado independiente y soberano.

DISPONEMOS la entrada en vigor de la ley de transitoriedad jurídica y fundacional de la República.

INICIAMOS el proceso constituyente.

AFIRMAMOS la voluntad de abrir negociaciones con el Estado español. Las negociaciones habrán de ser, necesariamente, en pie de igualdad.

LLAMAMOS a los estados y a las organizaciones internacionales a reconocer a la República catalana como Estado independiente y soberano.

INSTAMOS al Gobierno de la Generalitat a adoptar las medidas necesarias para hacer posible la plena efectividad de esta declaración de independencia”.

Esto figura en el texto que ayer, tras la sesión del Parlament, firmaron solemnemente los 72 diputados independentistas. Lo rubricaron como “Los legítimos representantes del pueblo de Cataluña”, negando esa condición a los otros 63 diputados que forman la Cámara. Lo firmaron los del PDeCAT, los de ERC y los de la CUP. El texto tiene la evidente vocación de quedar para la historia y de que mañana se lea y se enmarque en todos los centros públicos de Cataluña, colegios incluidos.

El 'procés' eterno

Hay que querer estar muy ciego, tener un voluntarismo a fuerza de explosión nuclear o ser tan cínico como Pablo Iglesias para sostener que esto no es una declaración de independencia. Hasta la estructura y la redacción ampulosa y sobrecargada son una penosa imitación del texto histórico que creó Thomas Jefferson hace 241 años.

Sin embargo, la noticia para dirigentes políticos, medios informativos y líderes de opinión es que ayer no hubo una declaración de independencia en el Parlamento de Cataluña; o que si la hubo, fue inmediatamente suspendida para dar paso a una noble, sincera y generosa oferta de diálogo y negociación por parte del muy honorable presidente Puigdemont, que antes de ayer era calificado de golpista, fanático y trapisondista por los mismos que hoy se hacen lenguas de su moderación y espíritu de pacto. Para que luego hablen de la posverdad. Nunca fue más cierto aquello de Marcel Proust: “La convicción crea la evidencia”.

Seguro que soy yo el sordo o el equivocado. Pero lo que humildemente escuché en el discurso de Puigdemont fue lo siguiente:

Primero, que el 1 de octubre en Cataluña hubo un referéndum de autodeterminación válido y vinculante a todos los efectos.

Segundo, que procede que “Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república". Para añadir, por si no estaba claro: “Esto es lo que HOY corresponde hacer”.

Tercero, que “proponemos que el Parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos un diálogo”. Un diálogo, puntualizó, basado, “de manera imprescindible”, en los resultados del supuesto referéndum.

Es decir: declaramos que Cataluña es independiente a partir de hoy, pero aplazamos los efectos de esa declaración (no la declaración misma) para mostrar espíritu de diálogo. No un diálogo sobre independencia sí o no, que eso se da por supuesto, sino sobre cómo llevarla a cabo.

La fórmula está calcada del ejemplo esloveno (obviando púdicamente el hecho de que allí hubo que pasar por una guerra con muertos), pero reproduce lo del Brexit: anunciamos que nos vamos y eso ya no se discute. Ahora, vamos a discutir durante una temporada sobre el reparto del ajuar.

Con un discurso innegablemente hábil, Puigdemont mató varios pájaros de un tiro. Blanqueó concienzudamente la contaminada imagen del secesionismo catalán ante la opinión pública europea, irritada ante un conflicto territorial tan perturbador como incomprensible. Hizo parecer que su descalabrado partido resucitaba para torcer la voluntad de sus socios extremistas. Asumió personalmente el coste de la DUI, asegurándose de que, en su caso, será él y no otro quien tenga el honor de ingresar en la trena flanqueado por dos tricornios. Comenzó a recuperar el papel de interlocutor válido en una eventual negociación. Suministró a la dupla Colau-Iglesias el pretexto que necesitaban para seguir enganchados al carro soberanista. Y, sobre todo, introdujo de nuevo la semilla de la división en el bloque constitucional, tratando de enervar —o al menos, de hacer mucho más costosa la adopción de medidas excepcionales para restaurar la legalidad en Cataluña—.

Tampoco sale mal servido Junqueras, verdadero jefe del estado mayor independentista. Deteriora a sus dos socios/rivales a la vez: consigue que sea Puigdemont quien cargue con la decepción de los que ayer esperaban el santo advenimiento y comienza a sacudirse el molesto chantaje de la CUP, avanzando en su carrera presidencial. Y gana tiempo para seguir estirando y prolongando el 'procés' 'ad aeternum', que es lo que busca desde el principio.

El verdadero ganador de la jornada fue Iglesias. Ayer comenzó a recibir los primeros frutos del acuerdo que selló con Junqueras en la famosa cena

Pero a mi juicio, el verdadero ganador de la jornada fue Pablo Iglesias. Ayer comenzó a recibir los primeros frutos tangibles del acuerdo estratégico que selló con Junqueras en la famosa cena en casa de Roures. Ahora tiene un discurso para sus muy desorientados votantes, que empezaban a no entender nada de lo que hacía su líder, y una palanca para seguir apretando a Pedro Sánchez. Es lo que tiene lo del diálogo, que cunde mucho como marca. Especialmente si no hay que explicarlo.

Lo que hoy tenemos no es una reacción fulminante ante la declaración de independencia, sino un abstruso debate hermenéutico en el bloque constitucional sobre la interpretación de las palabras de Puigdemont. Una vez más, goleada independentista en el campo de la narrativa y la comunicación.

Mientras tanto, el añorado Javier Fernández nos recuerda que lo primero es restablecer el orden constitucional y después, solo después, dialogar. Porque el orden importa. De hecho, ahora mismo es lo que más importa.

Lo que hizo ayer Puigdemont fue cobrarse su mitad del salchichón, y ahora le toca a Junqueras irnos cortando rodaja a rodaja la otra mitad

Felipe González, en sus tiempos de presidente, describía la experiencia de negociar con los sindicatos como el reparto de un salchichón. Ellos, decía, comienzan llevándose a la bolsa su mitad de la pieza; y luego negocian sobre tu mitad. Pues bien, extrapolando la imagen, lo que hizo ayer Puigdemont fue cobrarse su mitad del salchichón, y ahora le toca a Junqueras irnos cortando rodaja a rodaja la otra mitad. Y nosotros, felices porque dialogamos.

Me dicen que los de Planeta escucharon el mismo discurso que yo y dicen que todo muy hermoso, pero que ellos se largan. Esta tarde sabremos qué discurso escuchó Mariano Rajoy.

Una Cierta Mirada

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
30 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios