Los tres entierros de Francisco Franco

El tercer entierro del dictador, el propagandístico, me produce un tedio infinito, que contrasta con el jolgorio con que se han autojaleado quienes lo han organizado

Foto: Operarios introducen el féretro con los restos de Francisco Franco en el helicóptero para su traslado al cementerio de El Pardo-Mingorrubio. (Reuters)
Operarios introducen el féretro con los restos de Francisco Franco en el helicóptero para su traslado al cementerio de El Pardo-Mingorrubio. (Reuters)
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"Nunca enterrador alguno conoció tan alto honor, dar sepultura a quien era sepulturero mayor". Joaquín Sabina, 'Adivina adivinanza' (1981)

Hace unos días, Carlos Alsina pidió a Arturo Pérez-Reverte su opinión sobre el desentierro de Franco. El escritor respondió: “Franco dejó de ser mi problema hace 40 años, ahora ya me importa un bledo lo que hagan con él”.

Personalmente, me identifico con esa posición, y sospecho que es también el sentir más extendido entre aquellos para quienes Franco vivo sí fue un problema dramático. He percibido poco entusiasmo —más bien desazón— entre los antifranquistas acreditados por su edad y trayectoria ante el espectáculo circense de los últimos meses en torno al cadáver de Franco.

En realidad, Franco dejó de ser mi problema el día en que se aprobó la Constitución, aunque admito que volvió a serlo durante unas horas el 23-F. Aquel puede considerarse su segundo entierro, el político, porque fue entonces cuando se desanudó para siempre lo que él quiso dejar “atado y bien atado”. Fue un éxito resultante de dos fracasos: el de los antifranquistas para derrocar la dictadura y el de los franquistas para perpetuarla. Esa doble frustración hizo necesario que el entierro político de Franco y de su régimen lo concertaran entre los herederos del franquismo y sus víctimas. Dadas las circunstancias, no habría sido posible hacerlo de otra forma.

El primer entierro de Franco, el físico, fue en Cuelgamuros cuatro días después de su muerte. El acto reunió todos los ingredientes de abyecta fealdad propios de aquel régimen clerical-autoritario, empezando por el siniestro lugar elegido para la ocasión (Joaquín Sabina lo satirizó años más tarde con una letra deliciosa). Los suyos lo homenajearon a gusto, pero nosotros lo celebramos más a gusto aún, y nos quedamos tranquilos sabiendo que el bicho quedaba en una montaña a 50 kilómetros de Madrid, sepultado bajo una piedra de 1.200 kilos. En el primer y en el segundo entierro de Franco, se agotaron las existencias de champán.

Concentración en Mingorrubio para recibir el cuerpo de Francisco Franco. (EFE)
Concentración en Mingorrubio para recibir el cuerpo de Francisco Franco. (EFE)

Este tercer entierro de ayer, el propagandístico, me produce un tedio infinito, que contrasta con el jolgorio con que se han autojaleado quienes lo han organizado 'ad maiorem gloriam suam'. Comprendo que los actuales dirigentes no tuvieron la ocasión de festejar el entierro de un dictador cuando tocó hacerlo, y eso salen ganando. Pero así es la vida: yo tampoco estuve en le descubrimiento de América y ello no me hace vestirme de Cristóbal Colón el 12 de octubre.

La generación que hoy gobierna es la primera en siglos que no ha conocido una guerra ni una dictadura. Es un hecho excepcionalmente venturoso en la historia de España, del que debemos felicitarnos y esperar que dure mucho tiempo. Pero la peor forma de hacerlo perdurar es organizar un gaudeamus sacando a pasear los huesos del extinto legionario para mayor lucimiento del patrocinador del evento.

Produce una mezcla de asombro y perplejidad contemplar a esta generación de políticos de la izquierda convirtiendo en eje de su programa político la revisión vindicativa del pasado, mientras el presente agobia y la mayoría de sus contemporáneos perciben el futuro como una amenaza vital. Igual que estremece escuchar a una joven presidenta autonómica de la derecha escupir una injuria sobre la quema de iglesias.

En el siglo XXI, la gloria no se obtiene de desenterrar a los fascistas muertos, sino de hacer frente a los nacionalpopulistas vivos. O al menos, de confraternizar menos con ellos.

Algunos dirigentes socialistas repetían este jueves la consigna de que este había sido “un acto de valentía”. No veo la valentía por ningún lado. Puede ser, si así lo desean, un acto conveniente, oportuno, incluso obligado una vez que el Parlamento mandató al Gobierno para que lo realizara. Pero que alguien explique dónde está, a estas alturas, la heroicidad del asunto.

Heroico fue lo de quienes se jugaron la libertad y la vida por tumbar la dictadura, aunque hubo que esperar a que el tirano se muriera de puro viejo. También fueron heroicos los líderes políticos que, a veces contrariando a sus bases partidarias y sociales, construyeron el consenso que nos trajo la libertad. Pero esto, de ser algo, ha sido más bien una farfolla (“cosa de mucha apariencia y poca entidad”, según la RAE).

Ya que nos hemos metido en el lío, podríamos debatir y precisar en qué consiste exactamente la memoria histórica. Franco murió ejerciendo el poder, y lo enterraron con honores en un monumento doblemente espantoso, por su estética abominable y por la forma en que se construyó. Eso forma parte de la memoria histórica, y no está mal que el adefesio y su truculenta cruz permanezcan ahí para que no se nos olvide. Como está bien que Azaña siga en Montauban y Machado en Collioure, por el mismo motivo: para que no se nos olvide. Está bien que se vean los tiros de las metralletas de Tejero en el techo del Congreso, para que no caigamos en la tentación de olvidarlo.

Y está muy bien que Auschwitz siga siendo Auschwitz y que por las calles de Berlín una raya pintada en el suelo nos recuerde por dónde pasaba el Muro, para que nunca se olvide. Preservar la memoria histórica no consiste en borrar pudibundamente las huellas del horror. El Valle de los Caídos en Cuelgamuros jamás podrá ser otra cosa que el panteón funerario del franquismo.

El Valle de los Caídos, durante la exhumación de Franco. (Reuters)
El Valle de los Caídos, durante la exhumación de Franco. (Reuters)

El ritual de este entierro de pandereta (la ministra, el nieto y la momia en el helicóptero y todo lo demás) habría hecho las delicias de Azcona y Berlanga. De la declaración institucional de Sánchez (desde que se convocaron las elecciones, no faltan un par de ellas cada semana), solo me irrita el abuso de la palabra 'reconciliación'. Afortunadamente, los españoles nos reconciliamos hace mucho tiempo. Menudo negocio si hubiéramos tenido que esperar a que llegara alguien como Sánchez para reconciliarnos.

Se habla del impacto de esta pieza de 'show business' necrológico sobre las elecciones del 10-N. Zarzalejos lo resumió este jueves: “La derecha extrema de Vox recibirá un suministro adicional de votos, que los restará al PP”. Añado por mi cuenta que, desde hace varias semanas, la campaña de Sánchez va exactamente de eso. La próxima semana se lo explico con números. Ah. Hace horas, supimos que lo del empleo vuelve a ir mal en España. Pero ¿qué importa eso el día en que enterramos a Franco por tercera vez?

Una Cierta Mirada
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