Los riesgos del desprestigio del esfuerzo

La libertad por sí misma genera desigualdad y ese es, precisamente, el problema de la igualdad, que solamente es posible limitando mucho la libertad

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Libertad e igualdad son los dos valores fundamentales que cualquier sociedad necesita combinar adecuadamente para poder aspirar a un futuro exitoso. Pero, al mismo tiempo, libertad e igualdad son dos valores que llevados al extremo se excluyen entre sí. Cuando se piensa que la convivencia entre ellos es posible, las cosas suelen funcionar mejor, pero cuando se lleva la oposición al extremo surgen los problemas. De hecho, la crisis ideológica que está viviendo Occidente tiene mucho que ver con la ruptura del modelo que ha generado la crisis financiera del 2008.

Aristóteles ya nos dijo que cualquier virtud es “una cumbre entre dos abismos” y, de la misma, que ser valiente llevado al extremo te puede convertir en un loco; la libertad y la igualdad como aspiración necesitan algún mecanismo de control.

La libertad como modelo económico, incentiva el emprendimiento y la asunción de riesgo, pero, en la medida que las cosas les vayan bien a los que se arriesguen o a los que se esfuercen, empezará a establecerse una diferencia con los que no lo hagan. La libertad por sí misma genera desigualdad y ese es, precisamente, el problema de la igualdad, que solamente es posible limitando mucho la libertad.

Durante décadas en las que se han conseguido logros muy importantes, desde el punto de vista de calidad de vida y bienestar generalizado, que todo el resto del planeta quiere copiar, Occidente ha usado dos elementos de corrección para poder asumir las desviaciones: la igualdad de oportunidades y la garantía de un nivel mínimo de protección. Y el Estado (los distintos estados) debería haber sido el garante de esos elementos de ajuste.

Alcanzado este punto, dependiendo de la interpretación que hagamos y de cómo decidamos asimilar lo que está pasando, nos estaremos clasificando dentro del espectro ideológico. Si creemos que ha habido un problema de abuso o de mala gestión y pretendemos que se arregle, seremos reformistas, pero si consideramos que ha pasado lo que forzosamente tenía que pasar, nuestro alineamiento estará con aquellos cuyo objetivo será cargarse el sistema.

La libertad por sí misma genera desigualdad y ese es, precisamente, el problema de la igualdad, que solamente es posible limitando mucho la libertad

Pero, mientras se debate sobre cuál es un nivel de protección mínimo adecuado y sobre el nivel más eficiente de participación del Estado, hay un tema, relacionado con la igualdad de oportunidades, que cada vez está surgiendo más y que me preocupa especialmente. Se trata de la campaña de desprestigio del mérito y del esfuerzo como justificación de las diferencias económicas.

De alguna manera, en su planteamiento más radical, la tesis es que educar en una cultura del esfuerzo puede generar una frustración y hasta un sentimiento de culpa en los entornos más desfavorecidos e, incluso, que este enfoque culpabilizador actuará como freno a la hora de establecer las políticas de ayuda.

Resulta curioso que, cuando estas diferencias se llevan a otros ámbitos distintos al laboral y profesional como es el deporte, estos argumentos no apliquen. Incluso, sabiendo que el deporte, el arte u otros campos parecidos, también son “profesionales”, su contenido económico es indiscutible y, además, las diferencias que conseguir el éxito genera son muchas veces mucho mayores que en aquellos casos donde el esfuerzo se critica y se trata de desincentivar.

[Atrapados en el tiempo, pero sin tiempo]

En el límite y en este caso hablando exclusivamente de dinero, se puede resultar más tolerante desde el punto de vista de legitimidad con alguien a quien le hayan tocado cinco millones en la lotería, que con un empresario que haya conseguido ese capital después de toda una vida de trabajo y de esfuerzo.

Y, si este es el estado de las cosas, ¿qué tenemos que recomendarles a nuestros hijos?

Probablemente esta sea la pregunta más relevante y la forma más práctica de desafiar a nuestras propias creencias. Todos queremos que les vaya bien, pero no sabemos muy bien cómo va a ser el mundo en el que van a vivir. De hecho, tenemos muchas dificultades para entender nuestra propia realidad.

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Si fueran a competir en algún deporte no tendríamos opción. Si su objetivo fuera ser el mejor en algo no tendríamos duda en pensar que deberíamos convencerles de hacer todo el esfuerzo posible. Pero pensemos también en ser un virtuoso de un instrumento musical, correr una maratón o subir una montaña.

Por otro lado, tendríamos que tener cuidado, también, con la gestión de las expectativas, ya que, si le decimos a todo el mundo que puede llegar a ser cualquier cosa si se esfuerza suficiente y se lo llega a creer y luego no tiene las capacidades, o la suerte, o la constancia adecuadas, se podría generar un nivel de frustración importante.

Pero ¿qué pasaría en una sociedad donde el esfuerzo y el mérito no se tuvieran en cuenta, estuvieran incluso mal vistos y las posibles ventajas que pudieran generar, recortadas por un sistema de desincentivos?

Volviendo al corredor de maratón, ¿cuánto le interesaría entrenar si cada diez horas de entrenamiento le obligaran a llevar un kilo más de peso el día de la carrera?

La palabra meritocracia debe su existencia a un libro de contenido satírico y distópico escrito por el británico Michael Young, en donde se le daba un sentido peyorativo que, afortunadamente, no cuajó en las últimas décadas, pero si no nos preocupamos un poco, podemos correr el riesgo de volver ahí.

Desnudo de certezas
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