¿Cómo ser más pobres?

Buscamos la manera de imputar a las empresas los costes de todo aquello que queremos corregir como si tuvieran recursos ilimitados y no compitiesen en un mercado global

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Tengo una manera peculiar de entender el crecimiento económico. Considero que las empresas son el génesis y motor de la economía. Lo hacen trabajando para las personas y/o para otras empresas. Hacen algo útil para alguien y cobran por ello.

La actividad de las empresas crea puestos del trabajo (empleados), demanda para otras empresas (proveedores) y necesita de capital y financiación (inversión). Cada euro que ingresa una empresa se convierte en el ingreso de otro. Puede ser vía salarios, pago de aprovisionamientos, intereses o dividendos. Además, la actividad empresarial origina la base de recaudación de todos los principales impuestos (IVA, rentas del trabajo, rentas del capital, impuesto de sociedades y cotizaciones sociales).

Sin embargo, en lugar de fomentar a las empresas, las estamos haciendo responsables de todos los problemas de la sociedad (desigualdad de renta, medioambiente, conciliación familiar, igualdad de género, sostenibilidad del sistema de pensiones, etcétera). Buscamos la manera de imputar a las empresas los costes de todo aquello que queremos corregir como si tuvieran recursos ilimitados y no compitiesen en un mercado global.

Tiene sentido que algunos de esos costes los asuman directamente las empresas, el problema es que no se prioriza. Se les imputa todo lo que se puede, sin buscar soluciones alternativas y sin ser conscientes del coste organizativo que se les está trasladando.

[Cuando a las empresas les suben los costes]

Se hacen estimaciones de cuánto supone para las empresas la subida de salarios, el incremento de las cotizaciones sociales o el aumento en la tasa efectiva del impuesto de sociedades. No obstante, a menudo se considera que medidas como el aumento de la baja de paternidad no tienen coste para las empresas porque lo asume la Seguridad Social. Sin embargo, el coste organizativo para las empresas no es despreciable.

Especialmente grave es el trato que reciben en todos estos aspectos las grandes empresas. Hacemos una distinción entre emprendedores y empresarios, socialmente los primeros son héroes y los segundos villanos, cuando apenas hay diferencia. De la misma manera, no tratamos igual a los autónomos o pymes que a las grandes empresas. Parece que los primeros se merecen todo el apoyo y las grandes empresas todo el castigo divino. A pesar de que las segundas son las que remuneran mejor a sus empleados, las que mejor cumplen sus obligaciones, las que más exportan y las que más invierten en investigación y desarrollo. Además, cuando se decide tratar peor o exigir más a las grandes compañías se está desincentivando el crecimiento de las empresas.

Los crecientes costes sociales directos e indirectos que están asumiendo las empresas están reduciendo su competitividad. Al principio todo parece funcionar porque ninguna empresa quiebra de la noche a la mañana por estos aspectos, lo malo viene después. La competición de las empresas no es de velocidad, sino de resistencia. Poco a poco la mayor carga soportada va haciendo inviables sus negocios frente a las empresas extranjeras que no asumen esos costes.

La consecuencia es evidente: mayor pobreza. Los emprendedores preferirán crear sus empresas fuera. Economías más amables con las empresas como Irlanda, Estados Unidos o países asiáticos se llevarán los frutos de la creatividad empresarial doméstica. Los trabajadores e inversores les seguirán en busca de mejores oportunidades de desarrollo profesional e inversión. Las empresas ya establecidas crecerán menos, se estancarán o quebrarán. Los efectos de segunda ronda son también claros: menor renta, menor demanda, menor recaudación de impuestos, peores servicios sociales, peor educación y menores oportunidades futuras. Se trata de una espiral realmente negativa de la que es muy difícil salir.

Al principio todo parece funcionar porque ninguna empresa quiebra de la noche a la mañana por estos aspectos, lo malo viene después

No quiero quitar un ápice de importancia a los retos sociales a los que nos enfrentamos. Creo que debemos trabajar para mejorar en todos esos aspectos, pero en mi opinión no podemos seguir cargando los costes en las empresas de la misma manera. Como analista de la salud de las empresas considero muy preocupante el camino que estamos siguiendo.

Rumbo Inversor
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