Patente de corso: la identidad, un coto vedado de caza

Se ha abierto la veda, se ha dado el pistoletazo de salido y se ha marcado un objetivo en la distancia: tener una identidad. Cuanto más oprimida mejor

Foto: Estudiantes cerca de una Estelada durante la ocupación de la Universidad de Barcelona. (Reuters)
Estudiantes cerca de una Estelada durante la ocupación de la Universidad de Barcelona. (Reuters)

Podría haber sido un ejercicio de memoria encomiable. Es más: necesario. La historia de los charnegos, aquellos andaluces, extremeños, gallegos, murcianos o manchegos que acudieron en los años cincuenta y sesenta a Cataluña para buscarse la vida, no ha recibido una especial atención de historiadores, cineastas, novelistas. ¿Qué malo podía haber en dedicarles unas palabras en guisa de homenaje, un festival de cultura charnega, con ocasión, por qué no, del Día de la República?

La tormenta que se desató en Twitter fue de órdago. La que más se sorprendió, o eso dijo, fue la propia impulsora del encuentro, Brigitte Vasallo. Y eso que ella de polémicas sabe un rato; casi podría decirse que vive de ellas.

Como en las redes es habitual que los chuzos de punta llueven de ambos lados –a mí me suelen llamar islamófobo supremacista blanco y quemaconventos vendido al islam en el mismo hilo de Twitter– no sé si el grueso de las críticas consideraba la idea demasiado catalanista o no lo suficientemente catalanista, pero llamaba la atención un detalle: en la prensa más sosegada, incluso mujeres charnegas que no tienen reparo en identificarse como tales se distanciaban de la iniciativa.

Lo entendí mejor cuando encontré el título de la conferencia con la que Brigitte Vasallo inauguró aquel encuentro, casi dos semanas después de la tormenta en las redes: “Charneguismo como 'queer' nacional: ni chicha ni limoná”. La ponente se identificaba como “activista charnega y 'queer'”. A la conferencia le siguió una “mesa redonda de identidades charnegas”.

Por si ustedes no tienen muy claro lo de 'queer', se lo resumo: originalmente un término despectivo inglés para los homosexuales (con el sentido de “tipo raro”), se fue mutando en los años noventa del siglo XX en un concepto de quienes reivindicaban esa “rareza”, ese no ser heterosexual, como una identidad propia de la que enorgullecerse. Una identidad. Declararse queer era un paso consciente contra la aceptación de ser gay o lesbiana como una persona normal a la que, simplemente, le gustan las de su mismo sexo. Ser 'queer' era y es subrayar que uno no está aceptado en la sociedad, no tiene cabida en ella. Era y es marcar distancias con los demás, constituirse en minoría que se sabe oprimida. “Nación queer” era el nombre de la organización que popularizó el término en Nueva York a partir de 1990.

Nación. Han leído ustedes bien. Ya no se trata de ir mejorando la sociedad para que cada uno tenga libertad de follar con quien quiera. No. Ahora hace falta ser una nación aparte. Una copia un poco tardía de aquel activismo de los negros de Estados Unidos que, desesperados ante el racismo de la sociedad norteamericana, exigían un territorio propio, una Nacion Negra. Porque la sociedad, creían, nunca iba a cambiar. La solución: apartarse. Los blancos por un lado, los negros por otro. Porque juntos, parecía entonces, era imposible.

Si uno lee los testimonios del sistemático machaque de la población negra estadounidense en los años sesenta, probablemente lo entienda. Más dudoso es que uno entienda la necesidad de gais y lesbianas de situarse fuera de la sociedad después de pasar por una fiesta cualquiera en Cádiz, veinte años después de legalizarse la homosexualidad. Digo veinte y no cuarenta, porque no sé cómo está el tema hoy: entonces, la aspiración de gais y lesbianas era alcanzar una sociedad que no discriminara a nadie por sus preferencias sexuales.

Puede ser que hoy ya no sea así. Puede ser que hoy, la teoría 'queer' se haya impuesto en el colectivo, digo en los colectivos, y se trata de que cada uno –cada colectivo– se defina, crea su identidad, la marque con un sello o un color de la bandera del arcoriris y la exhiba. Para recordar a todos los demás que no tiene cabida en la sociedad y que debe recibir atención preferente como víctima del sistema.

Eso es precisamente lo que ha ido defendiendo Brigitte Vasallo en varias polémicas, especialmente en aquella en la que aplaudió el uso del velo y el burkini entre las mujeres musulmanas en Europa. Hacen bien, vino a decir, en enarbolar los signos visibles de su “identidad”; es una lucha –así lo llama– emancipatoria. Como colectivo, cabe concluir, porque obviamente, de emanciparse como individuo hay muy poco cuando se asume la expresa –y divina– obligación a renunciar a ciertas actividades en presencia de hombres.

La identidad catalana pasa, para unos cuantos, no tener rótulos de tienda en castellano. Y la europea, para cada vez más partidos y votantes, en no tener a inmigrantes por la calle

Porque los derechos individuales de la mujer musulmana, en esta visión, no importan: no poder bañarse en bikini en una playa pública está muy bien, si con eso se consigue mostrar que hay musulmanes en la playa pública. Estamos aquí, es el mensaje. Somos diferentes, no tenemos cabida en la sociedad. Somos oprimidos. Una sociedad que pretende que una mujer puede mostrar su pelo en la calle o su barriga en la playa oprime a los hombres que quieren prohibírselo a su mujer, a su hija, a su madre. Es más: oprime a las mujeres que necesitan que alguien, ya sea un marido, un imam o Dios en persona, se lo prohíba.

Evidentemente, así nunca lo formularán. Simplemente dirán que es su “identidad”. Con esta palabra, todo queda justificado. Nadie tendrá que explicar cuál es la ideología que expresa un velo, una vez que sirve de parapeto para la identidad. Nadie tendrá que detallar qué sentido tienen las prohibiciones y los tabúes que conforman esa identidad. Porque una identidad siempre se construye sobre prohibiciones, sobre lo que no se puede hacer. Si todo el mundo pudiera hacer de todo, no habría formas de diferenciar a los colectivos. La identidad heterosexual no es follar con los del otro sexo: es no hacerlo con los del mismo sexo. La identidad británica, dicen los del Brexit, es no formar parte de la Unión Europea. La identidad turca, hasta hace pocos años, obligaba a negar la existencia del idioma kurdo. La identidad catalana pasa, para unos cuantos, no tener rótulos de tienda en castellano. Y la identidad europea, de eso hablamos el otro día, para cada vez más partidos y más votantes consiste en no tener a inmigrantes por la calle.

Sí, lo han adivinado: “Identidad” es un concepto de la derecha, incluso la extrema derecha, para defender un colectivo determinado contra la infiltración de lo que se supone distinto. “Derecha identitaria” es el nombre con el que conocemos los partidos europeos que no admiten discusión sobre los beneficios económicos de la inmigración, alegando que ese beneficio no puede compensar lo que siente un ciudadano “enfurecido” por ver carteles en polaco, urdu y árabe en su calle (Christopher Caldwell dixit). Son partidos que rechazan toda posibilidad de encontrar un modus vivendi, una Constitución europea laica con derechos iguales y responsabilidades iguales para todos, una legislación que abarque a hijos de castellanos, rifeños, gallegos, kurdos, bávaros, sirios, alsacianos o turcos bajo unas normas universales. No: rifeños, kurdos, sirios y turcos fuera. Con ellos dentro, ya no hay identidad. De qué sirve esa identidad, en qué se basa, todo eso no se discute.

Una manifestante durante una protesta contra la canciller alemana, Angela Merkel, en Chemnitz, Alemania. (EFE)
Una manifestante durante una protesta contra la canciller alemana, Angela Merkel, en Chemnitz, Alemania. (EFE)

Lo extraño es que la izquierda haya copiado este discurso y rechaza una Constitución europea laica con derechos iguales y responsabilidades iguales para todos. Y para todas, especialmente. Porque entonces, nos dicen, las minorías oprimidas ya no pueden mostrar su identidad. Una frase que incluye una triple pirueta hacia atrás, cabeza abajo y sin red: porque esa misma izquierda promueve, acto seguido, el velo como signo de “identidad” de esas “minorías oprimidas”. Lo que exige creerse, primero, que el velo haya formado parte alguna vez de la cultura rifeña, kurda, siria o turca, lo cual es falso, y dos, que quienes hoy promueven el velo como signo de “identidad islámica” sean “los oprimidos”. No sé si los estudios de televisión por satélite en los países con la mayor renta de cápita del mundo y los mayores fondos de inversión estatales, como Arabia Saudí o Qatar, almacén del opio del pueblo, entrarían dentro de la definición que Karl Marx le habría dado al término.

Pero eso ya no importa. Se ha abierto la veda, se ha dado el pistoletazo de salido y se ha marcado un objetivo en la distancia: tener una identidad. Cuanto más oprimida mejor. Y todos se han lanzado a la carrera. Una nación 'queer' para mí. Una identidad islámica para nosotras. Una de catalanes, marchando. Por aquí una de gitanos, blindada, patentando de paso ciertas expresiones musicales como parte de la identidad, marca registrada, rechacen rosalías. Y no solo musicales: ay de quien quiera hacer un filme sobre gitanos sin ser gitano.

Recoger ahora la herencia de los charnegos merece aplausos. Querer convertirlos en un colectivo más en la carrera por una “identidad de los oprimidos”, no

Donde más adelantados están es en Francia: la patente ya no solo abarca la actualidad sino que es retroactiva por los siglos de los siglos. El Consejo Representativo de Asociaciones Negras (CRAN) ha conseguido impedir una representación de la obra Las Suplicantes del dramaturgo griego Esquilo (siglo V a.C.) porque el rol de mujeres morenas venidas de Egipto lo interpretaban mujeres blancas, maquilladas para la ocasión o con máscaras. Pero una persona de raza blanca no puede representar a una de raza negra, ha decidido el Consejo Representativo. Ni en teatro. Porque eso es colonialismo, dicen.

Al mismo tiempo han puesto el grito en el cielo porque la egiptología moderna no pinta a los faraones lo suficientemente negros: en las exposiciones aparece Tutankamón como si fuera simplemente mediterráneo en lugar de negro-negro de verdad. Eso también es colonialismo, dicen. Todo es colonialismo ahora, si no sirve al fin de tener las razas, la blanca y la negra, limpiamente separadas, cada una con su identidad, su espacio, sus roles. ¿Disfrazarse de otro? ¡Ni en el teatro!

 Un manifestante de los chalecos amarillos ondea una bandera tricolora francesa durante una manifestación en París. (EFE)
Un manifestante de los chalecos amarillos ondea una bandera tricolora francesa durante una manifestación en París. (EFE)

Aquí todo se patenta, se colocan vallas a un coto vedado de caza, por aquí todo conejo es mío. Se marca el 'claim', como los buscadores de oro en Alaska llamaban a sus prospecciones. Porque de buscar oro se trata, al fin y al cabo. El negocio de las identidades es muy rentable. En primer lugar, protege. La identidad repele las críticas mejor que una cabeza de brócoli el agua del grifo. En segundo lugar, otorga monopolio no solo sobre las artes escénicas, sino también sobre las ciencias, sean históricas o antropológicas o sociales. Es una patente de corso que faculta a hacerse con el botín de lo que quedaba de nuestros maltrechos idearios políticos.

Es en esa carrera por las identidades que Brigitte Vasallo ha metido el concepto de la “identidad txarnega”. Escribiéndola con tx –de provocar entiende– para dejar claro que se trata de una reivindicación izquierdista y, por lo tanto, no asociada a la lengua del imperio. El charneguismo como queer: es decir como algo no compatible con la sociedad dominante. Obviando el pequeño detalle que los charnegos, trabajadores humildes llegados del resto de la península, nunca habían querido diferenciarse de la sociedad catalana que los acogió. Sufrieron rechazo, sí, y tanto. Dolía, obviamente, Pero no se declararon una nación aparte. Los mayores mantuvieron su retrato de la virgen del pueblo en el salón; los hijos, muchos de ellos, votan hoy a partidos que defienden la independencia de Cataluña.

Si en alguna sociedad se ha conseguido en dos generaciones la fusión de una oleada de migrantes con la sociedad de acogida, ha sido en Cataluña. Los charnegos no tuvieron a nadie que les predicara ponerse un velo, una mantilla, un sombrero jerezano. Tampoco tenían: no eran señoritos. No necesitaban símbolos para diferenciarse del vecino. Si acaso, el puño levantado: eran trabajadores. Proletarios, como se decía antes. Recoger ahora su herencia, su callada valentía, su silenciosa contribución a una de las regiones más prósperas de España es de ley, merece aplausos. Querer convertirlos en un colectivo más en la carrera por una “identidad de los oprimidos”, no.

Ante la oleada de protestas en las redes sociales, Brigitte Vasallo no explicó cuál era exactamente su intención al ponerle al festival el titulo provocador de su conferencia. Optó por cerrar temporalmente al público su cuenta en Twitter y se atrincheró, fiel a su costumbre, en una identidad, la que tenía más a mano para negar legitimidad a las críticas: la de ser mujer. Había recibido demasiado “mansplaining”, dijo en la red. Es decir, comentarios de hombres. Y en el coto vedado que se ha marcado ella, todos los conejos son suyos.

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