"¡Que le corten la cabeza!": morir por leer libros prohibidos en el siglo XXI
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María Ferreira

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"¡Que le corten la cabeza!": morir por leer libros prohibidos en el siglo XXI

Hay muchos países en los que se prohíbe cierto tipo de literatura. Hay muchos hogares, incluso en Europa, en los que hay libros que son culturalmente rechazados

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Nuzul quran celebration during ramadan in malaysia

“Gibreel empezó a comer lo más aprisa posible, metiéndose en la boca con tanto afán los cerdos muertos, que las lonchas de tocino le colgaban de las comisuras de los labios” — Salman Rushdie

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"Tengo un secreto que me puede matar”, confiesa Nadia, estudiante de ingeniería en Arabia Saudita. "Leo libros prohibidos".

Cuesta trabajo digerir verdades tan atroces como esta; en pleno siglo XXI aún hay personas que arriesgan su integridad física por coger un libro y ponerse a leer.

"Cuando tenía catorce años sólo había leído el Corán y libros islámicos”, cuenta. "Un día, una amiga del colegio me dejó un libro que sus padres le habían traído de Europa. No recuerdo el título. Antes de que pudiera empezar a leer, mi padre me descubrió, cogió el libro y me golpeó con él hasta romperme la nariz. Dijo que me estaba protegiendo del mal". El amor como paliativo.

Foto: Una protesta en Karachi, Pakistán, contra Charlie Hebdo. (EFE) Opinión

Hay muchos países en los que se prohíbe cierto tipo de literatura. Hay muchos hogares, incluso en Europa, en los que hay libros que son culturalmente rechazados. Lugares en los que tipos inquisitivos leen con recelo, buscando qué pecados salpican las páginas, qué palabras vienen cargadas de ideas foráneas, qué tentaciones. Probablemente ajenos a que el ‘mal’ reside en sus ojos, solo en sus ojos.

Frente a la censura, internet se llena de refugios clandestinos; pequeños paraísos de libros prohibidos, espacios en los que poder hacer ese tipo de preguntas que provocan que mamá te llame desvergonzada, que papá amenace con prohibirte seguir estudiando.

Nadia modera uno de estos grupos literarios desde Arabia Saudita. “Nos tomamos muy en serio la seguridad de los miembros del grupo”, explica. “Los libros digitales jamás aparecen con su portada original y llevan títulos que jamás llamarían la atención.”

Grupos en los que, por ejemplo, se pueden encontrar copias en formato 'pdf' de ‘Los versos Satánicos’ escrito por Salman Rushdie, llevando el título falso de ‘Análisis de los hadices de Sahih al-Bukhari’. Grupos formados por lectores que leen entre el placer y el desasosiego. Lectores que hacen de la ficción consuelo.

Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carrol

Samia viajó a Alemania por primera vez cuando tenía quince años. Le fascinó encontrar calles con pequeñas estanterías llenas de libros que la gente dejaba ir. Una tarde, encontró un libro en inglés: una versión de bolsillo de “Alicia en el País de las Maravillas” y “A través del espejo''.

En la portada aparecía Alicia con un cerdo en brazos.

Samia terminó de leer en cuestión de dos días; ella era aquella niña que perseguía un conejo hasta una madriguera por la que llegaba a un mundo en el que la lógica desafiaba toda verdad.

Foto: Niños juegan con armas de juguete en la celebración de ruptura del ayuno tras el ramadán en Peshawar, Pakistán. (EFE) Opinión

Su padre adoptó el papel de la ‘Reina de Corazones’, ordenando que le cortaran la cabeza a todo aquel que cuestionara sus órdenes. El día que sorprendió a su hija leyendo, rompió el libro y lo tiró a la basura de la habitación de hotel que Samia compartía con su hermana. Entre unas cáscaras de mandarina y envoltorios de caramelos podía distinguirse un trocito de la ilustración del gato de Cheshire y su inquietante sonrisa. Samia aprendió que había libros que podían no estar prohibidos por ley, pero sí por la cultura, por lo doméstico. “¡Esto va en contra del islam!”, gritaba el padre. “Los animales no hablan, ¡qué sarta de blasfemias!”

A los veinte, Samia volvió a Alemania para estudiar durante tres meses. Lo primero que compró fue una copia de “Alicia en el País de las Maravillas”. Aquel libro fue su madriguera, su entrada, su escape a la ficción.

"Me quedé en Europa, sola, para poder decidir qué vida vivir"

Aquel libro laberíntico le hablaba de paisajes familiares. Invocaba al desorden frente a una sociedad jerarquizada, como de la que ella venía, en la que la voluntad estaba siempre subordinada al otro: al padre, al jeque, al rey. Y de pronto, Samia descubría que la autoridad podía ser cuestionada y desobedecida.

Nunca regresó a su país, a pesar de las amenazas del padre, a pesar de que la madre amenazara con quitarse la vida. “Decir que me quedé en Europa para poder leer suena románticamente estúpido e irreal”, dice. "Me quedé en Europa, sola, para poder decidir qué vida vivir".

La vida de Samia se llenó de espejos, conejos blancos, flamencos, naipes, reinas furiosas. Y entendió que limitar nuestra experiencia a la ficción, que prohibir la literatura, también era violencia.

Lolita. Vladimir Nabokov

“Crecí con la familia de mi padre”, cuenta Sakina. “Siempre me contaron que mi madre se suicidó después de romper el honor de la familia. Al cumplir la mayoría de edad, mi abuelo me confesó que su delito había sido leer un libro “ilícito”; un libro ruso sobre una niña pequeña que seducía a su padrastro”.

Sakina comparte su historia en uno de los grupos clandestinos de literatura prohibida. Se refiere a “Lolita”, el libro que su madre leía y que fue el motivo de que su padre la repudiara y la echara de casa. El motivo de que fuera también expulsada del hogar de sus propios padres. Y, finalmente, fue el motivo de que después de dos días en las calles de Karachi decidiera suicidarse.

Enterró a 'Lolita' en Karachi, para tener un lugar en el mundo en el que decir: "Aquí descansa mi madre"

Sakina lee Lolita.

"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas".

Sakina comete el mismo pecado que su madre, como acto intimísimo; como si al leer el libro que la condenó se recogiera en su regazo. Leyó el libro de un tirón y al terminar lo cerró como se cierra una tumba. Lo enterró en Karachi, para tener un lugar en el mundo en el que decir: “Aquí descansa mi madre”.

Goat Days. Benyamin

Najeeb, el protagonista de Goat Days, aspiraba a trabajar en algún país de Oriente Medio para poder mandar dinero a casa. Sin embargo, su sueño se torna en una realidad tormentosa cuando se ve obligado a pastorear cabras en medio del desierto. El libro, que ha sido prohibido en Arabia Saudí y otros países árabes, relata los abusos que sufren muchos trabajadores inmigrantes en los países del Golfo. Una realidad que en ocasiones cuesta narrar, por su crudeza.

Malaika, de nacionalidad keniana, leyó el libro después de haber estado dos años condenada a una vida esclavizada en Jeddah, Arabia Saudí. “En esos dos años no salí de casa más que para acompañar a la señora”, relata. "No tenía acceso a mi pasaporte o a mi dinero. Trabajaba todo el día, menos las seis horas que tenía para dormir y los diez minutos para comer. Vivía con guantes de látex porque no me estaba permitido tocar absolutamente nada de la casa con mis manos negras".

Foto: Una camioneta transporta migrantes en el desierto libio. (Reuters) Opinión

La pandemia de covid-19 ayudó a que Malaika pudiera ser repatriada a su país de origen, Kenia. "Tengo conocidas que aún no han logrado volver a casa; una amiga murió por alguna enfermedad sin que la familia para la que trabajaba la llevara al hospital".

Una vez en Kenia, Malaika leyó que habían prohibido un libro que hablaba de una situación parecida a la suya. El escalofriante relato, con el que se sentía identificada, le inspiró a luchar contra las redes de tráfico de personas en el este de África y Oriente Medio. Recomendó que se leyera el libro en los colegios, para que los jóvenes atraídos por las promesas de dinero y trabajo fácil en los estados del Golfo se lo pensaran dos veces.

Un día le pegaron una paliza mientras caminaba por el centro de Nairobi, a plena luz del día. Entonces Malaika se refugió en el anonimato de Internet, porque entendió que seguir exponiéndose acabaría con su vida, y una vez muerta la lucha acabaría. Hoy en día, Internet llega a todos los rincones de Kenia. Malaika tiene la esperanza de que compartiendo este libro, junto a su testimonio, pueda convencer a algunos jóvenes de que las mafias de tráfico de personas son un problema extendido y real en el este de África. Y que se alimentan de sueños y hambre.

Malaika dejó atrás una vida en la que sus manos negras provocaban rechazo. Ahora salva con esas manos. Escribe el asco con esas manos. Esa es la recompensa.

Los versos satánicos. Salman Rushdie

"Mi madre llamaba a Salman RushdieSalman must die’ (Salman debe morir)”, recuerda Mohammed, desde su casa de Alemania. “Para mí ver una foto suya era estar mirando al mismísimo demonio".

El libro de 'Los Versos Satánicos' ha conseguido el hito de ser odiado, rechazado y temido por la comunidad musulmana en general, sin que exista la necesidad de ser leído en primer lugar.

Cuando Mohammed se casó y empezó a vivir con su mujer, descubrió que esta tenía un ejemplar de 'Los Versos Satánicos' en la biblioteca del salón. Durante seis años de matrimonio forjaron una rutina no verbalizada en torno al libro de Rushdie. Mohammed le daba la vuelta para no tener que ver el título y su mujer volvía a ponerlo en su lugar. Al sexto año, Mohammed comenzó a tolerar su presencia. Una noche decidió leerlo. No pasó nada. Perder miedo a la ficción solo le hacía más libre.

Foto: “Sigo estando muy orgulloso de 'Los versos satánicos”

"He perdido treinta años de mi vida teniendo pánico a un libro, a un libro brillante", le dijo a su mujer. Y entonces, cogió el libro y leyó en alto: "Para demostrarse a sí mismo la no existencia de Dios, ahora estaba en el comedor del más famoso hotel de la ciudad, dejando que los cerdos le resbalaran por la cara". Esa fue su rebelión. Así desmontó treinta años de pecados ilusorios.

Miró a su mujer y añadió: "El mundo sigue girando".

El mundo siguió girando a pesar de que su madre le aseguraba desde niño: "La literatura profana es una puerta al infierno". "La obediencia es un don de Alá". "Los libros son medios que utiliza el diablo para llegar a ti". “Salman must die. Salman debe morir".

El Ateo Musulmán. Ali A. Rizvi

“Leer a Rizvi fue como si un amigo estuviese respondiendo a todas las preguntas que jamás he podido hacerle a mis padres”, confiesa Hakim.

En el grupo clandestino de literatura prohibida en Pakistán todos coinciden: los padres tienden a regirse por una regla no escrita que consiste en educar a los hijos en la idea de que hay preguntas que atraen el mal. Preguntas sobre religión, sobre sexo, sobre el status quo.

Ali A.Rizvi contesta a todas esas preguntas reprimidas durante generaciones en un libro honesto, directo, sin pretensiones. Un libro prohibido, quizá no por el gobierno, pero sí por la sociedad. Un libro que no entra en un hogar musulmán sin que la paz salte por los aires.

“Leí este libro cuando mi madre llevaba cuatro años sin hablarme por haber abandonado el islam”, confiesa Hakim. “Y sabiendo que mi propio padre podría denunciarme en cualquier momento por blasfemia".

Foto: Una familia rompe el ayuno del Ramadán en Pakistán. (Reuters)

El libro de 'El Ateo Musulmán' recorre Islamabad en secreto, como un lobo bueno que trata de liberar al pueblo de los corderos sádicos y complacientes. Apoyando a la emancipación de la fe de unos, combatiendo letargos de otros. Sembrando preguntas. Siendo el amigo, el padre y el confidente que hace falta cuando uno decide formular preguntas en torno a la cuestión de la fe islámica y es tachado de necio.

"Me echaron de la universidad en Islamabad por decir que El Corán era mi obra de ficción favorita”, escribe Saleem. “No lo dije en una clase, lo comenté en la cafetería mientras comía con un amigo. Alguien debió oírlo y al día siguiente estaba fuera. Por eso necesitamos libros como el de Rizvi. Libros que nos golpeen con la absurdez que supone destrozar la vida y la libertad de los individuos en nombre de la religión".

“El resto es silencio”

Puede ser que se sigan prohibiendo libros para tener cierta sensación de poder. Hoy en día es imposible controlar la exposición al sexo, a las ideas críticas con los gobiernos, a los movimientos antireligiosos, a la información controvertida disponible en Internet.

Que haya países perdiendo el tiempo en censurar literatura es un intento patético de proteger una cosmovisión teocrática, en la mayoría de los casos, y que solo consigue dirigir la atención hacia aquello que tratan de destruir. Muchos libros deben su popularidad a la censura a la que se han visto sometidos. Porque al ser humano le atrae lo prohibido desde mucho antes de que el relato sobre Eva fuese escrito.

Sobrecoge pensar, al entrar en una biblioteca, que alguno de los libros ahí expuestos puede ser puerta, ventana, madriguera, luz. Que hay alguien en el mundo escondiéndose para llenar su realidad de Drácula, Alicia, Sherezade, Sherlock Holmes. A pesar del peligro.

Sobrecoge pensar, también, que alguno de esos libros, puede estar siendo una condena a muerte para alguien, en algún país. En este momento.

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