Así se convirtió la capital mundial del narco en la ciudad más 'inteligente' del planeta

Asediada por narcos y guerrilleros, la Medellín de los noventa era la sucursal del infierno en la tierra. Hasta que la ciudad decidió volverse 'inteligente'. ¿Cómo? Escuchando a sus ciudadanos

Foto: Medellín, de noche. (Reuters)
Medellín, de noche. (Reuters)

Eran las 9:20 de la noche cuando reventó el pájaro. El animal, de dos toneladas de bronce, llevaba en las tripas más de 11 kilos de dinamita de mecha lenta programada para estallar en pleno festival. Era sábado y cientos de personas abarrotaban la plaza atraídos por los olores de los puestos de comida y el ambiente veraniego. Vendedores ambulantes, artesanos y familias se movían al ritmo de ‘Los cariñosos del ballenato’, hasta que la detonación convirtió el cuerpo del ave en un aspersor de metralla y esquirlas. Murieron 24 personas, entre ellos seis niños y una madre embarazada.

'El pájaro herido', de Fernando Botero. (Wikimedia)
'El pájaro herido', de Fernando Botero. (Wikimedia)

El atentado del 11 de junio de 1995 en el Parque San Antonio de Medellín nunca tuvo un responsable oficial. Primero se sospechó de una venganza del cartel de Cali después de que su capo, Gilberto Rodríguez Orejuela, hubiera sido arrestado horas antes atrincherado en un pequeño armario. Parecía un mensaje para Fernando Botero Zea, entonces ministro de Defensa de Colombia e hijo del artista medellinense Fernando Botero, autor de la oronda escultura ‘El pájaro’, utilizada para esconder los explosivos.

Luego el foco pasó a las FARC y la amalgama de guerrillas comunistas, que mandaron un comunicado atribuyéndose el ataque como protesta por los 800.000 dólares que costó la obra, pagados “con el producto de la explotación” del pueblo. Las líneas de investigación también contemplaron a narcos de menor estofa, disidentes terroristas y otros grupúsculos criminales. Al final, nadie fue condenado por la masacre. Pero el mero elenco de potenciales asesinos ilustra cómo la ‘ciudad de la eterna primavera’ se había convertido en la sucursal del infierno en la tierra.

Asentada en el valle de Aburrá, Medellín había seguido la senda de otras pequeñas urbes latinoamericanas, desbordadas por una migración rural acelerada desde mediados del siglo pasado. En apenas 100 años, pasó de menos de 100.000 habitantes a más de 2,5 millones, la segunda mayor ciudad del país. La aglomeración creció sin orden ni concierto, escalando las inestables laderas de la montaña para cumplir esa extendida contradicción latinoamericana de que cuanto más alto vives, más abajo estás en la pirámide social.

Ese cinturón de miseria fue cantera para una generación de jóvenes al servicio de la droga, el sicariato, la guerrilla o el paramilitarismo. De la mano de su famoso cartel, Medellín se convirtió en el lugar más peligroso del país más peligroso del mundo. En 1991, dos años antes de que el tristemente célebre Pablo Escobar fuera abatido en el barrio de Los Olivos —apenas cuatro kilómetros al oeste del Parque San Antonio—, la capital antioqueña rompía récords con una tasa de homicidios de casi 400 por cada 100.000 habitantes, casi el triple que la ciudad que encabeza hoy la lista (Tijuana, con 140 homicidios por 100.000 habitantes en 2019, según el índice de la ONG mexicana Libertad, Justicia y Paz).

Con una pobreza cercana al 50%, alimentada perennemente por los desplazados del conflicto interno, parecía que la ciudad —y el país— no tenía remedio. “Medellín es una ciudad muy bonita, pero construida sobre un cementerio. Esto está lleno de muerto, fue una orgía de sangre”, la llegó a definir Popeye, no el forzudo marinero de las espinacas, sino el desgraciado sicario de la cocaína.

Pero algo sucedió. En apenas 25 años, la pobreza se redujo casi 30 puntos y los homicidios un 80%. Poco a poco, la ciudad fue cayendo en las listas de ciudades más violentas y escalando en las de destinos turísticos más apetecibles. Medellín no solo aprovechó el auge económico colombiano de la primera década del siglo XXI para modernizar sus infraestructuras, financiar programas sociales y atraer inversiones; fue más allá. Se transformó.

¿Su secreto? Convertirse en una ‘ciudad inteligente’. Pero, a diferencia de esas otras ‘smart cities’ de abolengo —como San Francisco, Singapur o Barcelona— que aspiran a flotas de taxis autónomos, ambiciosos programas de inteligencia artificial o proyectos Blockchain; la revolución tecnológica de Medellín tuvo más que ver con escuchar a sus ciudadanos y poner sus necesidades en el centro de debate. Datos y tecnología para dar soluciones a problemas estructurales en vez de fuegos de artificio.

Soledad García-Ferrari y Robert Ng Henao.
Soledad García-Ferrari y Robert Ng Henao.

Y funcionó. En 2013, Medellín ganó el título de ciudad innovadora del año, del Urban Land Institute en asociación con Citi y el 'Wall Street Journal', un galardón disputado por otras 200 metrópolis, incluyendo pesos pesados del panorama tecnológico como Nueva York o Tel Aviv. En 2016, ganó el Lee Kuan Yew World City Prize, que celebra los esfuerzos en innovación urbana sostenible; y en 2019, los Momentum Awards de Newsweek a la ciudad más inteligente del planeta.

Para comprender la prodigiosa transformación de Medellín conversamos con Soledad García-Ferrari, profesora de arquitectura en la Universidad de Edimburgo y experta en desarrollo urbano; y con Robert Ng Henao, profesor de economía y director del departamento de ciudades inteligentes en la Universidad de Medellín.

PREGUNTA. Medellín ha sido reconocida y premiada como ejemplo de ‘ciudad inteligente’. ¿Qué es lo que da 'inteligencia' a una ciudad?

RESPUESTA (Soledad García-Ferrari). El concepto de ‘ciudad inteligente’ aglutina diferentes perspectivas y aproximaciones, pero todas tienen en común el uso de la toma de datos, la comunicación y varios mecanismos digitales para entender los desafíos de la ciudad, desde el transporte al movimiento de personas, los servicios públicos o la planificación urbana. Analizando esos datos una ciudad puede entender cómo invertir en estrategias de transformación. Eso es lo que la hace inteligente. El caso de Medellín es único por los resultados de una serie de iniciativas innovadoras vinculadas con el urbanismo social que llevaron a una transformación radical de la ciudad, que pasó de ser capital global del crimen a ser una de las ciudades más innovadoras del mundo. Ese contraste y ese contexto llevó a Medellín a tener la importancia que tiene.

P. Pero ¿en qué se diferencia de otras ciudades que llevan la etiqueta inteligente?

R. (Robert Ng Henao). En Medellín, nos hemos desligado de la visión tradicional que se asocia al concepto anglosajón de ‘smart city’, basado netamente en un determinismo tecnológico. Nosotros consideramos la tecnología como un elemento importante pero supeditado al bienestar de los ciudadanos. Medellín rompe ese paradigma de tecnificación, hiperconectividad y automatización y opta por una visión más antropocéntrica de la ciudad. Una ciudad no es inteligente, quien es inteligente es el ciudadano.

En el caso de Medellín, no fue el nivel de tecnología sino la inclusión: quiénes utilizaban estos sistemas y con qué objetivos

P. ¿Cuándo comenzó este proceso de transformación?

R. (SGF). Es significativo que el punto de partida fueron unas reuniones, unos comités llamados 'consejería para la ciudadanía' de carácter multidisciplinar, donde había no solo políticos, sino académicos, profesionales, trabajadores sociales, afectados, vecinos, invitados internacionales. Comenzaron en los 90 para diseñar una serie de estrategias para transformar la ciudad y resolvieron que lo más importante era empezar desde en las áreas más pobres y vulnerables.

El modelo de ciudad inteligente más extendido es el que está vinculado con la idea de supertecnologías en procesos que van normalmente de arriba hacia abajo e implementadas en áreas urbanas que ya están conectadas, que tienen acceso y recursos para la tecnología. En el caso de Medellín no fue el nivel de tecnología de los sistemas, sino la inclusión: quiénes utilizaban estos sistemas y con qué objetivos. Se buscaba conectar a la ciudad. El cambio tecnológico empezó a principios de los 2000 con algo tan sencillo como los Wifi públicos y gratuitos. Este vínculo de conexión, de comunicación, fue muy importante. La tecnología no es puntera y la conocemos todos, pero es esa idea de tener al ciudadano como lo más importante de la ciudad. Así comenzó todo.

P. Que el ciudadano esté en el centro del sistema suena muy bien sobre el papel, pero ¿cómo se traslada esto a la realidad?

R. (RNH). En Medellín, rompimos los paradigmas que se venían trabajando alrededor de los modelos teóricos de gestión de ciudad. Utilizamos este modelo de participación y empoderamiento que recogen nuestra Constitución y nuestras leyes y lo llevamos a la acción a través de un proyecto urbano integral: un sistema municipal de planeación, planes de desarrollo local y presupuesto participativo. Medellín está estructurada en 16 comunas y cinco corregimientos —en total, 21 territorios—. Cada uno cuenta con un plan de desarrollo local, que tiene como principales actores en su diseño, gestión y supervisión a sus propios habitantes. Son ellos, a través de las comunas y asociaciones comunales, los responsables de diagnosticar sus problemas y necesidades y, al mismo tiempo, priorizar sus proyectos. Hoy día tenemos una ciudadanía completamente activa, que propone, que participa y que decide.

P. Y cuándo a la gente se le dio voz y voto, ¿cuáles fueron sus ideas?

R. (SGF). Confiar en el concepto de innovación ciudadana permitió lanzar plataformas de cocreación, que generaron nuevos mecanismos de participación. Se incorpora a los ciudadanos en la identificación de desafíos y soluciones, interactuando con las administraciones, expertos y organizaciones. Así se impulsaron o fortalecieron proyectos como el ‘metro cable’ (el emblemático teleférico que conecta los barrios de las montañas con el sistema de transporte público), las escaleras mecánicas (también en barrios humildes aislados de la ciudad), los parques y las bibliotecas, que fueron fundamentales para democratizar el conocimiento.

P. ¿Puede darnos algunos ejemplos de la tecnología que hace a Medellín inteligente?

R. (RNH). Desde hace más de una década, los esfuerzos de tecnología y ciencia se han venido concentrando en el llamado distrito de la innovación, que lo que ha hecho de la ciudad un ecosistema de la innovación reconocido mundialmente. Hay cientos de proyectos. Te pongo algunos ejemplos:

Colombia es el tercer país del mundo con más niños vinculados a la guerra, para transportar armas, mensajes o ser campaneros (vigías). Es un problema con poca visibilidad por falta de información y datos, así que una empresa creó un modelo de analítica avanzada para cuantificar el riesgo para niños y adolescentes y utilizar los resultados para tomar las decisiones.

Otro proyecto desarrolló una aplicación sobre calidad del aire, vital para Medellín que está en un valle. Utiliza drones e inteligencia artificial para monitorear el tráfico y las partículas tóxicas en el ambiente. Otra empresa patentó un brazalete para embarazadas en zonas de difícil acceso. Toma los signos vitales, como ritmo cardíaco, temperatura, presión, y los envía al ordenador del hospital para adelantarse a posibles problemas. Y cuenta con GPS en caso de emergencia.

P. ¿Y cómo se financian estos planes, obras e iniciativas?

R. (SGF). Medellín tiene algo único. La municipalidad es dueña de la compañía de servicios eléctricos de la ciudad. Parte de ese ingreso va al Gobierno nacional, otra al local y una proporción va este tipo de proyectos de desarrollo. Lo que sucede es que hasta el gobierno del alcalde Sergio Fajardo (2004-2007) los planes no seguían una agenda de integración social. Además, los ciudadanos cuentan con una herramienta fundamental para influir en la agenda como son los presupuestos participativos.

P: ¿Cuáles han sido los resultados tangibles de ser una ciudad inteligente?

R. (RNH). El éxito de Medellín se puede resumir en cuatro puntos. Primero, la gobernanza. Hemos impulsado una política pública de desarrollo local basada eso en la especialización en seis sectores clave: moda y confección avanzada, energía verde, hábitat sostenible, el turismo de negocios, negocios digitales y servicios odontológicos y de salud. El segundo es el capital humano. Tenemos más de 30.000 jóvenes en programas de educación superior en los sectores clave y contamos con un centro para la innovación y la enseñanza de maestros. El tercero es la administración urbana, donde se ha trabajado en la mitigación de los riesgos asociados al cambio climático. Durante los últimos cinco años hemos recuperado algo más de 500.000 metros cuadrados en espacio público y se han desarrollado seis corredores verdes que recorren la ciudad. Y, por último, el bienestar ciudadano. En los últimos cinco años se han instalado en Medellín más de 173 empresas de 25 países, lo que se han trasladado en inversiones directas en la ciudad y generando 27.000 plazas de trabajo de calidad.

P. Y el modelo de Medellín, ¿se puede exportar?

R. (SGF). Se corre el riesgo de copiar ideas sin entender el contexto y las características específicas donde sucede. Hay que recontextualizarlas porque algunos programas estrella se intentan repetir en otros lugares y es difícil que se pueda copiar. Pero sí se puede aprender mucho. Sobre todo, a entender que necesitamos modelos de planificación urbana híbridos que faciliten el diálogo entre diferentes de gobierno y promuevan estrategias innovadoras de participación ciudadana. Solo así se puede salvar a una ciudad.

Fuera de lugar
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