El inexistente cordón sanitario con que sueñan aislar a Vox

Algunas democracias consolidadas europeas arrinconan a la extrema derecha, mientras en otras ha llegado a tocar poder. Ahora no lo ejerce, pero ha dejado un poso antiinmigración y anti islam

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal, arropado por diputados de su grupo en las afueras del Congreso. (EFE)
El líder de Vox, Santiago Abascal, arropado por diputados de su grupo en las afueras del Congreso. (EFE)
Autor
Tags
Tiempo de lectura5 min

Manuel Valls no quiso subirse al podio, el 10 de febrero de 2019, para salir en la famosa foto de la madrileña plaza de Colón en la que posaron juntos los entonces tres líderes de la derecha española, Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal. Juntos habían convocado también, bajo el lema 'España unida', una manifestación de rechazo al independentismo catalán.

Valls, ex primer ministro de Francia y entonces candidato de Ciudadanos al Ayuntamiento de Barcelona, fue fiel a la tradición republicana de no codearse nunca con la extrema derecha, que en este caso encarnaba Abascal, el líder de Vox. No en balde, la idea del cordón sanitario procede de una expresión francesa que se refiere a medidas de aislamiento para impedir la propagación de enfermedades infecciosas, pero que hoy en día se aplica más en política y en diplomacia.

El discurso el jueves de Pablo Casado, el líder del PP, en el Congreso, en el que prácticamente rompió con la formación de Abascal, traslada la impresión de que los conservadores españoles van a seguir a partir de ahora la senda de otros partidos europeos tradicionales de derechas y aislar a los ultras.

Motivos tenía Casado para actuar así después de que, en un discurso salpicado de mentiras, Abascal llegase a comparar la Unión Europea, “un megaestado federal”, con “la República Popular China, la Unión Soviética o la Europa soñada por Hitler”, quizá porque Alemania se ha erigido en la primera potencia económica del continente.

Abascal es, dentro de Vox, un moderado. Los cabecillas de su partido adoptan en público en lugares pequeños un discurso aún más radical. Cuando afloran sus chats privados, como sucedió en Ceuta a principios de año, su lenguaje asusta. “De momento, la batalla la vamos a plantear en el terreno electoral, pero (…) no es extraño que al final haya que combatir militarmente”, rezaban los mensajes desvelados por El Foro de Ceuta. “La Tercera Guerra Mundial tendrá que comenzar algún día y será contra el islam”, añadían. “¡Fuera moros!”, fue el grito lanzado por un militante en un mitin en Mallorca, en febrero de 2019, y los asistentes le aplaudieron a rabiar.

El cordón sanitario para arrinconar a la ultraderecha del que se vuelve a hablar ahora solo está vigente en una minoría de países europeos, es verdad que son los más importantes y aquellos con más influencia en España. El primero es la vecina Francia donde, en las presidenciales de 2002, hasta una fracción de la extrema izquierda pidió el voto para el neogaullista Jacques Chirac con tal de derrotar en la segunda vuelta a Jean-Marie Le Pen, candidato del Frente Nacional.

El siguiente es Alemania, donde la extremista Alternativa por Alemania (AfD) se ha convertido desde 2017, cuando obtuvo el 12,6% de los sufragios, en el primer partido de la oposición. La canciller, Angela Merkel, rehusó pactar con ellos y por eso formó con los socialdemócratas una gran coalición. Su rechazo a los acuerdos, o incluso a tomar un café, con los líderes de la AfD y también con los excomunistas de Die Linke, convierte la gobernanza en Alemania en un ejercicio complicado en muchos de los 'Länder', donde resulta harto difícil formar mayorías.

Para gobernar prescindiendo de unos ultras en auge, como lo son Demócratas de Suecia (SD) —17,5% de los votos en 2018—, seis partidos tradicionales suecos de izquierdas y derechas alcanzaron hace seis años un acuerdo en el que se comprometían, por ejemplo, a no votar contra el presupuesto que presentase el Gobierno, formado hoy en día por socialdemócratas y verdes. En Bélgica, el Vlaams Belang (Interés Flamenco), que llegó a obtener en Flandes el 18,65% de los sufragios, es también un apestado.

Estas fórmulas a la sueca conllevan riesgos, porque una franja de la opinión pública puede acabar considerando que la única oposición es la que encarna la extrema derecha. Los franceses, por ejemplo, opinan mayoritariamente que el azote del presidente, Emmanuel Macron, es ahora Reagrupamiento Nacional, como ha sido rebautizado el Frente Nacional, y no ya la izquierdista Francia Insumisa, de Jean-Luc Mélenchon.

Hay, sin embargo, países europeos de consolidada tradición democrática en los que la extrema derecha ha respaldado con sus votos en el Parlamento coaliciones de centro derecha, como sucede en España en las comunidades de Andalucía, Murcia o Madrid. En los Países Bajos, el actual primer ministro, Mark Rutte, se apoyó durante dos años (2010-2012) en el extremista Partido de la Libertad, de Geert Wilders, para gobernar en minoría. Ese mismo Rutte fue el que, en julio pasado, manifestó, en vísperas de la cumbre europea, su “gran preocupación” por la evolución de Hungría y Polonia, dos recién llegados al club europeo, que tienden a alejarse del Estado de derecho.

Hay, por último, democracias maduras donde la extrema derecha ha gobernado aupada al Ejecutivo por otros populistas —la coalición 5 Estrellas y La Liga en Italia en 2018-19— o por la derecha convencional. En Finlandia, fue esta última la que la introdujo en el Ejecutivo entre 2015 y 2017, pero es en Austria donde el Partido de la Libertad (FPÖ) formó, casi en pie de igualdad, una coalición con los conservadores del Partido Popular que duró 18 meses, hasta mayo de 2019.

Los escándalos de corrupción, sus pronunciamientos xenófobos o su merma en las urnas han desbancado a los ultras de los Ejecutivos de las democracias de Europa Occidental, no así de las del Este. Noruega, que no forma parte de la UE, es la excepción, porque están en el Gobierno ininterrumpidamente desde 2013.

Cuando ejercieron el poder, los extremistas de derechas modificaron su discurso, renunciando a reivindicaciones territoriales, edulcorando su antieuropeísmo y matizando su escepticismo ante el cambio climático. Mantuvieron, sin embargo, su orientación identitaria y su rechazo a la inmigración, especialmente a la musulmana. Ese legado ha trascendido la extrema derecha y es un debate vigente en muchas sociedades europeas. Cuando acabe la pandemia, probablemente se recrudecerá. Las previsiones de los ministerios de Interior y de los servicios de Inteligencia europeos apuntan a que la inmigración irregular va a rebrotar con fuerza.

La historia no acaba aquí
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
33 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios