¿Qué papel desean los Estados Unidos —o, más precisamente, el republicanismo norteamericano representado por Trump y el movimiento MAGA— para Europa? En el año transcurrido desde su toma de posesión, además de los vislumbres perceptibles durante su primera Administración, el designio empieza a perfilarse con creciente nitidez.
El objetivo primordial es la división. La UE se ha convertido en un escollo cada vez más incómodo para el mantenimiento y ejercicio del poder norteamericano tal como es concebido por su actual presidente. Cobra sentido el apoyo que prestó la primera Administración Trump al triunfo del Brexit, y se entiende el aliento constante que reciben las fuerzas políticas europeas muy críticas respecto al proyecto de integración continental en su línea actual: no sólo las que están integradas en los grupos Patriotas por Europa y Conservadores y Reformistas, sino incluso las que se encuadran en el grupo Europa de las Naciones Soberanas, que propugnan la restauración de la soberanía y autodeterminación de las naciones europeas o, en otras palabras, el final de la UE.
También se comprende mejor el cambio radical respecto a la guerra de Ucrania: se promueve un acuerdo que ponga fin al conflicto, pero se hace privilegiando las tesis rusas, aunque luego ese primer impulso sea corregido por sectores menos ortodoxos de la ideología MAGA en el seno de la Administración Trump. Una conclusión de la guerra acorde con los planteamientos de Putin —el control total del Donbás, aunque el control último de Kiev se haya postergado de momento— ayudaría quizá a que los rusos reconsideraran su estrecha alianza con China y podría ser el inicio de un realineamiento ruso-norteamericano. Asimismo, Putin es un inmejorable aliado en la faena de desmantelamiento de la UE, de la que recela por motivos diferentes a los norteamericanos MAGA y cuya estrategia de demolición introduce un método adicional: el del uso de la fuerza militar o la amenaza de su uso, así como el empleo de estrategias híbridas.
¿Qué inconvenientes ofrece una Europa unida para un liderazgo irrestricto de Estados Unidos en el campo occidental en su confrontación con China, esto es, en que solo primen los intereses norteamericanos con absoluto desdén de los que puedan tener los aliados? Varios: una política comercial común, que le permite negociar, desde una posición de igualdad, aranceles y cualquier otra traba al libre comercio, incluida la resolución de los irritantes comerciales; la creación de estándares y normativas con efecto extraterritorial por la importancia del mercado único (el llamado "efecto Bruselas"), particularmente importante en la carrera por la supremacía de la IA; una política de competencia común que le permite imponer multas multimillonarias a empresas de terceros países que operan abusivamente en el seno de la UE; un marco de cooperación industrial que fomenta la creación de empresas europeas como Airbus, capaz de competir con éxito con los rivales norteamericanos en la aviación comercial; una moneda única, con el potencial, si se lo propusieran los europeos, de erosionar la supremacía del dólar como divisa de pago en las transacciones internacionales; la utilización potencial de medidas de presión y retorsión excepcionales, a través del llamado instrumento anticoerción; la posibilidad del desarrollo de una defensa común que pudiera sustituir a la defensa compartida en el seno de la OTAN.
Esta última posibilidad había sido hasta hace poco un mero ejercicio de laboratorio, pero la neutralidad de la actual Administración en la guerra de Ucrania y, sobre todo, las amenazas de recurrir al uso de la fuerza para anexionarse Groenlandia han provocado un debate perentorio entre los europeos sobre una defensa colectiva que haya dejado de depender de los Estados Unidos. Y si la OTAN se disolviera, muchos aliados cuestionarían la utilidad de mantener en su territorio bases militares de un país tercero que habría dejado de contribuir a la defensa compartida.
Si se hace un balance de lo conseguido por la actual Administración en su estrategia de confrontación con China —al fin y al cabo, la única otra potencia capaz de cuestionar la hegemonía norteamericana—, no es desde luego muy halagüeño para Trump. El semanario The Economist ha escrito recientemente que China dobló el pulso a Estados Unidos en la guerra arancelaria declarada por Trump en 2025 haciendo uso, entre otras herramientas, de su control sobre la extracción y refino de las llamadas tierras raras.
El repliegue de Estados Unidos en el seno de Naciones Unidas —tanto presupuestario como en la formalización de la retirada de algunas agencias, organismos especializados y programas de la organización— está siendo aprovechado por China, que, en el marco de su iniciativa sobre la gobernanza global, está ganando posiciones en una organización que nació por iniciativa de los Estados Unidos en la posguerra. Las amenazas anexionistas de Groenlandia, además de provocar una honda crisis de confianza con los aliados europeos, han puesto el foco de atención en Taiwán y se ha instalado la duda sobre la credibilidad de Estados Unidos para impedir una eventual anexión militar de Taiwán por parte de China, a la que por otra parte la comunidad internacional reconoce títulos legítimos para aspirar a la reunificación, aunque por medios pacíficos (no es otra cosa la política de una sola China, que Estados Unidos suscribió cuando estableció relaciones diplomáticas con la RPC en 1979).
Pero quizá lo más llamativo sea la prodigalidad con que la Administración Trump está dilapidando uno de los activos en que Estados Unidos tenía una ventaja indiscutible sobre China: el número, solidez y cualidades de sus aliados. Es cierto que China ha conseguido en la última década una implantación y presencia internacional sin precedentes en su historia, de la mano de su crecimiento económico y sus logros en materia industrial y tecnológica, plasmados en su condición de primer inversor y socio comercial con innumerables países, y ello articulado en una visión encuadrada por iniciativas como la de la Franja y la Ruta (2013) y la ya mencionada de la gobernanza global (2025).
Pero esta presencia e influencia no se traducen necesariamente en alianzas estables por una serie de razones: si los intercambios no son equilibrados los déficits comerciales crecientes se convierten en un problema y los socios buscan rebajar su dependencia extrema mediante la diversificación; el endeudamiento excesivo por algunas de las infraestructuras financiadas con capital chino puede llevar a la quiebra de las finanzas públicas: los casos de Sri Lanka y Zambia han sido paradigmáticos, pero hay otros países que también han contraído préstamos impagables. Las alianzas más sólidas y sostenibles —dejando a salvo, claro está, los proyectos de integración del tipo de la UE— son las que se acompañan de un componente militar en que se permite la instalación de bases del aliado en el propio territorio, y aquí China sólo cuenta con una sola base militar reconocida, en Yibuti, en claro contraste con la cincuentena de aliados en los que Estados Unidos dispone de bases.
Otra piedra de toque importante para juzgar la profundidad de las alianzas internacionales es el estado de relaciones con el entorno inmediato: los recelos que provoca China entre todos sus vecinos, con la excepción quizá de Corea del Norte y alguna república centroasiática, contrastaban hasta hacía poco con la apuesta de Estados Unidos de integración de Norteamérica en NAFTA, renegociado por la primera Administración Trump como T-MEC/USMCA. Una relación conflictiva con los vecinos abre la puerta a que estos traten de equilibrar su inseguridad derivada de su inferioridad militar, económica y poblacional con acuerdos de cooperación o alianzas con la potencia rival. Es el caso de las alianzas militares de Estados Unidos con Corea del Sur, Japón y Filipinas, en los que mantiene bases, a los que se podría añadir Tailandia, sin bases pero coorganizador con Estados Unidos del ejercicio militar anual Cobra Gold. Con la India se había reactivado en 2017 la iniciativa Quad, junto con Australia y Nueva Zelanda.
Estas relaciones se complementaban con una iniciativa de poder blando como era el Acuerdo Transpacífico de libre comercio (TPP) firmado en 2016, que incluía a cinco países asiáticos y había impulsado la Administración Obama. Una de las primeras decisiones de Trump en su primera Administración fue retirarse del TPP en 2017. Tres años más tarde, China firmaba el Acuerdo de Asociación Económica Integral Regional (RCEP) junto a los 11 países miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y los otros cuatro países, además de China, con que ASEAN tiene acuerdos de libre comercio (Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda). Como hiciera al inicio de su primera Administración en lo que concernía al comercio transpacífico, en el inicio de la segunda adoptó una decisión que no se ha entendido desde el punto de vista de su rivalidad con China: la imposición de aranceles a la India tuvo como uno de sus efectos que Modi mantuviera el primer encuentro con Xi Jinping en siete años al asistir a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shangai, tres años después del conflicto transfronterizo de 2020, un acercamiento que podría cuestionar el futuro del Quad.
Pero no sólo se ha malgastado el capital político en el vecindario inmediato de China, lo que esta está sabiendo aprovechar. Más grave aún es el destrozo ocasionado con sus dos grandes vecinos norteamericanos, primero con la imposición de aranceles, después con una política antiinmigración de muy difícil digestión en México y, lo más grave de todo, con su voluntad anexionista de Canadá y Groenlandia. China no ha debido de dar crédito a esta implosión de un marco de cooperación que ya hubiera querido con sus vecinos inmediatos y, sin hacer nada, se encontró con la visita del primer ministro canadiense buscando intensificar las relaciones entre los dos países.
Vuelvo a la hostilidad de la Administración Trump hacia Europa después de esta breve panorámica en otras regiones del mundo sobre el malbaratamiento estadounidense de su capital más preciado como son las alianzas con terceros países. Es cierto que Europa, o la UE para ser más concreto, no es una potencia comparable a Estados Unidos o China en el mundo que se perfila, caracterizado por el poder descarnado, transaccional, con olvido de valores y en búsqueda de áreas de influencia en la persecución del exclusivo interés nacional.
Lo era, sin embargo, en un esquema internacional basado en normas, en que su peso económico y su política comercial, de desarrollo o de sostenibilidad medioambiental le garantizaban una voz en cualquier negociación de impacto mundial. Ahora la UE ha dejado de ser percibida como tal, porque carece de los instrumentos que definen el poder fuerte y, sobre todo, porque aparece como muy vulnerable ante las embestidas de Rusia y, más aún, de Estados Unidos. Una alianza que parecía tan sólida como la euroatlántica se basa en la confianza compartida, que parte de la premisa de que, en caso de ataque externo, el resto de los socios acudiría en ayuda del agredido. Si el posible ataque proviniera del aliado más poderoso, la desprotección es máxima, y se necesita al menos una década para desarrollar los instrumentos que permitan una defensa autónoma, siempre que se den las condiciones de una mayor unidad que propicie este giro. A esto está contribuyendo la Administración Trump con un celo inaudito, y es difícil que una nueva Administración pueda revertir el proceso una vez que la quiebra de confianza ha sido tan profunda, ante el riesgo de que se repita en el futuro. ¿Cuáles son los pasos esperables del proceso ya iniciado? Resumo los más decisivos:
El reforzamiento de las capacidades militares europeas, que está ya en curso. La agresión rusa de Ucrania y el pivote hacia Asia que adoptó la Administración Obama en 2011 habían convencido a los aliados europeos de que era imprescindible aumentar el gasto militar y que el dividendo de la paz por el fin de la Guerra Fría era cosa del pasado. Si Estados Unidos no hubiera dejado en la estacada a Europa frente a la agresión rusa —por no hablar de las amenazas de anexión de Groenlandia— habría sido de esperar que el aumento del gasto se tradujera en más compras de armamento estadounidense, para el que Europa es el mejor cliente. La tendencia ahora será la disminución de las compras a Estados Unidos en la medida en que la producción propia lo permita.
Menos complicado que sustituir el armamento norteamericano, abundante en los ejércitos europeos y con una ventaja comparativa indiscutible, es evitar una nueva dependencia en la que se presenta como la tecnología más disruptiva de la Edad Contemporánea, la IA. Vuelvo a citar a The Economist, que en su número de 24 de enero de 2026 incluía un editorial de revelador título: Europe’s DeepSeek Moment, en que afirmaba que "en el caso de la IA China podría ser, si se aborda juiciosamente, una bendición". Antes de la llegada de Trump al poder, las gestiones de la Administración Biden para evitar la presencia china en infraestructuras críticas entre los socios europeos estaban dando frutos, por lo que el cambio de actitud sugerido por el semanario británico difícilmente podría ser más radical. La hostilidad máxima de los tecno-oligarcas hacia la UE, con sus estándares y su política de competencia, es comprensible: las inversiones multimillonarias que están llevando a cabo están lejos de arrojar beneficios conmensurables. De hecho, el que esta tecnología, con las dependencias que comporta, termine siendo rentable depende en buena medida de su adopción ilimitada por Europa.
El principal atractivo estadounidense sobre el resto de los aliados europeos, más aún que su contribución a la defensa colectiva, era el poder blando ejercido en todos los ámbitos, ya fuera el cine, la música, las tecnologías digitales, pero, sobre todo, el modelo de democracia liberal, que Estados Unidos contribuyó decisivamente a implantar y proteger a partir de 1945, con hitos posteriores en los años 70 en el sur de Europa y en los 90 en Europa central y oriental. El asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 fue un shock para los europeos, que quisieron pensar que se trató de un descalabro rápidamente solventado y que no volvería a repetirse. Sin embargo, la aparente deriva hacia el iliberalismo en Estados Unidos no parece que sea flor de un día. Por mucho que proliferen los mensajes surgidos del universo MAGA alertando sobre el declive irreversible de la civilización europea, lo que los europeos presencian más bien es un enfrentamiento interno en el seno de la sociedad norteamericana de una violencia y gravedad sin parangón con la situación actual en Europa. Las suspicacias de la opinión pública europea empiezan a extenderse incluso a los sectores ideológicos más afines al trumpismo y que más apoyo habían recibido de éste, también en el Reino Unido.
El que la desconfianza hacia Estados Unidos esté calando en casi todos los sectores de la sociedad europea supone también un riesgo enorme para ese país que, paradójicamente, los más hostiles hacia Europa entre el sector MAGA no aciertan a entrever. Así como el número de turistas europeos a Estados Unidos ha caído notablemente, de manera espontánea el inversor europeo, ya individual, ya representado por fondos de inversión, podría perder la confianza en el mercado norteamericano, empezando por sus bonos del Tesoro. El déficit estadounidense sería inasumible para cualquier otra economía que no tuviera las dos ventajas de Estados Unidos: el dólar como principal divisa de reserva y transacción internacional y la confianza plena en la solidez de su economía por parte de la opinión pública de los países aliados. Los intentos de socavar la independencia de la Reserva Federal no ayudan, como tampoco la perspectiva de que su industria armamentística o los servicios digitales y de IA dejen de tener terreno abonado en Europa y otros aliados.
La diversificación de las potencias medias y emergentes, tal como la describió el primer ministro canadiense Carney en Davos, está en marcha y parece imparable. No sólo buscando un difícil equilibrio entre Estados Unidos y China, sino, especialmente, promoviendo otras relaciones que ahora se quieren intensificar. En el caso de la UE, ello se ha visualizado con la firma de sendos acuerdos de libre comercio con Mercosur y la India en apenas dos semanas.
Algunas voces hablan del fin de Occidente, lo que es a todas luces exagerado si por tal se entiende el zócalo civilizacional en que se fundan las naciones de tradición judeocristiana. Sin embargo, si nos referimos a Occidente en términos geopolíticos, esto es, como la alianza entre Estados Unidos, Europa —al principio sólo limitada a su parte occidental— y otras naciones afines que surgió al principio de la Guerra Fría, entonces hemos de reconocer que está siendo sometida a una tensión grave, innecesaria e irresponsable y que, suceda quien suceda a Trump, ya nada volverá a ser igual.
¿Qué papel desean los Estados Unidos —o, más precisamente, el republicanismo norteamericano representado por Trump y el movimiento MAGA— para Europa? En el año transcurrido desde su toma de posesión, además de los vislumbres perceptibles durante su primera Administración, el designio empieza a perfilarse con creciente nitidez.