La UE tiene adversarios: esta debe asumirlo y enfrentarse a ellos
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Ramón González Férriz

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La UE tiene adversarios: esta debe asumirlo y enfrentarse a ellos

Lo peor que puede hacer la UE es asumir la dialéctica nacionalista y, al igual que los gobiernos nacionales, echar la culpa a los demás cuando algo sale mal

Foto: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE)

Tras el fiasco de la compra masiva de vacunas —la primera ocasión en que la Unión Europea asumió una responsabilidad sanitaria más propia de las políticas nacionales—, la UE empezó a comportarse como un país normal: le echó la culpa de sus errores a todo el mundo. La culpa fue del fabricante AstraZeneca por el retraso en la producción, dijo Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. Pero no solo: en parte, la culpa también fue de Reino Unido, señaló, que había puesto en riesgo la seguridad del proceso de vacunación. Solo al final, ante el Parlamento Europeo, aceptó que la Comisión en su conjunto había hecho las cosas mal.

Fue una actitud llamativa porque, a diferencia de las naciones, la UE es particularmente reacia a responsabilizar de sus fiascos a adversarios exteriores. Es algo que le honra: sus principios consisten en rehuir y superar el nacionalismo, confiar en el poder agotador del diálogo y la negociación para superar conflictos y apelar al pragmatismo y la buena voluntad para evitar males mayores. Pero su incapacidad habitual para señalar adversarios y hacerles frente también tiene algo de patología.

Foto: Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (EFE)

El ejemplo más evidente es el de Rusia. Durante su viaje a Moscú de hace unos días, Josep Borrell sufrió una humillación —nada personal, solo negocios— que debería haber provocado que la respuesta de la UE no se limitara a un comunicado más duro de lo habitual. Pero era imposible: aunque el Gobierno alemán conoce bien el comportamiento de Rusia en el este de Ucrania y le repugna el trato dado al disidente Alekséi Navalni, no quiere renunciar al gaseoducto Nord Stream 2 promovido por Rusia y Alemania (no ayuda que el proyecto esté presidido por un excanciller, Gerhard Schröeder).

Armin Laschet, sucesor de Angela Merkel como líder de los conservadores y probable canciller tras las elecciones de septiembre, es partidario de seguir adelante con el gaseoducto y de una política de conciliación con Rusia. Emmanuel Macron, jupiterino para lo que le conviene, tiene una actitud similar: como decía esta semana el 'Economist', su percepción de que Rusia es demasiado grande para acosarla y está demasiado cerca para ignorarla se parece mucho a resignarse a no hacer nada, más allá de entablar un diálogo sin resultados.

Foto: El alto representante junto al ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov. (EFE)

El siguiente ejemplo es China. La UE la considera un "socio" para la cooperación y la negociación y, al mismo tiempo, un “competidor económico” y “rival sistémico”. Es probable que esta postura sea una muestra admirable del pragmatismo europeo, pero también es un sofisma. La economía de la UE, y en especial la alemana, sigue dependiendo tanto de la china que las autoridades europeas temen molestar a los líderes del Partido Comunista. La dependencia es tal que, hace pocos meses, firmaron un acuerdo comercial, el Acuerdo de Inversiones UE-China, para mejorar la capacidad de las empresas europeas para operar en el país asiático (el acuerdo tiene defensores y críticos).

Es sabido que China se salta sus compromisos bilaterales, como ha hecho recientemente con Australia, pero la UE sigue confiando en que un acercamiento gradual a China permita no solo la convivencia, sino la apertura paulatina de la dictadura más poblada del mundo. Naturalmente, conoce la brutalidad del régimen, la represión de los uigures y su creciente actividad propagandística y agresividad diplomática en Occidente. Ha experimentado también sus intentos de dividir la Unión intentando atraerse a los países del este de manera individual. Pero ya saben: demasiado grande para acosarla, demasiado cercana (comercialmente) para ignorarla.

Foto: Foto: Reuters. Opinión

En cierto sentido, para la UE, el adversario ideal eran los Estados Unidos de Trump. Los vínculos culturales y económicos entre ambos son tan fuertes que nadie podía acusar a la UE de racismo, sentimiento de superioridad o revanchismo si declaraba públicamente que las decisiones del expresidente en materia de defensa o comercio le convertían en cierto modo en un adversario. La profunda antipatía que la mayoría de europeos sienten por Trump habría podido convertir ese reconocimiento en algo políticamente rentable. Pero aparte de algunos movimientos simbólicos de respuesta a los aranceles estadounidenses, la UE se limitó a implorar durante cuatro años a los votantes estadounidenses que echaran a Trump. Cuando lo hicieron, la sensación de alivio de las autoridades europeas fue tan física que, vista de cerca, producía cierto pudor. ¡Acababa de desaparecer un adversario que en realidad nunca habíamos reconocido que existiera!

Por no hablar de Turquía. Nos irritan las actividades militares impulsadas por Erdogan en el Mediterráneo oriental que desafían la soberanía griega de las aguas, y somos plenamente conscientes de que ha convertido su mandato en una dictadura represora, pero le damos dinero para que contenga el paso de refugiados a Europa.

Foto: Foto de archivo del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan durante una cumbre de la OTAN en diciembre de 2019. (Reuters)

Esto no es un llamamiento para que la UE adopte necesariamente una postura agresiva con todos estos países. Es muy probable que su debilidad militar y su dependencia económica no le permitan hacerlo; aunque, francamente, un poco más de dureza con Rusia y sus constantes intromisiones en la política continental sería de agradecer: Rusia es un país mucho menos poderoso de lo que transmite su actitud. Es de agradecer que una entidad política de la envergadura de la UE crea de veras en las reglas del diálogo. Pero en ocasiones resulta exasperante su infinita tolerancia ante quienes se enfrentan a ella, no porque existan motivos de legítimo interés comercial, sino porque saben que —aunque es muy grande y está muy cerca— se la puede acosar e ignorar.

Es de agradecer que la UE crea en las reglas del diálogo. Pero en ocasiones resulta exasperante su infinita tolerancia ante quienes se enfrentan a ella

Lo peor que puede hacer la UE es asumir la dialéctica nacionalista y, al igual que los gobiernos nacionales, echar la culpa a los demás cuando algo sale mal. Sería particularmente ridículo convertir Reino Unido en ese adversario al que odiar porque nos pidió un divorcio contra nuestra voluntad y luego nos dejó sin vacunas y sin turistas. Sin embargo, las autoridades europeas deben asumir que no se puede ser un gigante económico y político sin tener una capacidad de respuesta real, más allá de la retórica, frente a quienes abusan de tu creencia sincera, firme y admirable en que no hay nada que no arregle una nueva ronda de diálogos bilaterales.

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