Culto a la juventud y síndrome de Peter Pan: qué hay tras la expresión 'ok, boomer'

Ideada en principio como reproche a los 'baby boomers', la expresión se ha liberado de su lastre y vuela como una avispa directamente hasta tu cara sea cual sea tu generación

Foto: Silueta de Peter Pan. (Imagen de Lalelu2000 en Pixabay)
Silueta de Peter Pan. (Imagen de Lalelu2000 en Pixabay)

Mis lectores, siempre atentos como cazadores masáis, habrán notado que desde hace semanas se puso de moda responder con 'ok, boomer' en las redes a cualquier cosa que suene como si la pudiera escribir Javier Marías en un artículo. La Fundéu eligió esta expresión el martes para su recomendación diaria, y la tradujo como 'calla, viejo'. Los 'memes' del abuelo de los Simpson gritando a las nubes o del carcamal que Michael Scott expulsa de Dunder Mufflin con la puerta en las narices, escenas paradójicamente creadas por 'baby boomers', sirven para lo mismo: para decir con elocuencia a los viejos que cierren el pico, porque cualquier cosa que suelten provoca la vergüenza y el hastío de los más jóvenes.

'Ok, boomer' es lo que le responderías, por ejemplo, a tu profesor de historia de la literatura española si se le ocurre explicarte que los poetas del Barroco no deben ser considerados machistas ni racistas porque ni el machismo ni el racismo se identificaron como tales hasta una pila de años más tarde. 'Ok, boomer' es lo que disparaban sin piedad, en la tontuna tuitera del miércoles, los fans de la trapera Bad Gyal a los de AC/DC, jebis encanecidos y panzudos cuya música favorita se percibe hoy como la quintaesencia del pollaviejismo. 'Ok, boomer' es, en definitiva, lo que me van a decir a mí cuando se publique este artículo.

Ideada en principio como reproche a los 'baby boomers', esa generación que recogió los frutos sembrados en la bonanza y mimó a sus hijos justo antes de entregarlos a la calamidad financiera de nuestros días, la expresión se ha liberado de su lastre y vuela como una avispa directamente hasta tu cara sea cual sea tu generación. Yo, que paso demasiado tiempo en Twitter observando el vuelo de las moscas, he llegado a ver a verdaderos 'baby boomers' que espetaban la muletilla contra chavales que no habrían cumplido ni los 20, por tuitear cosas fachas.

Lo de siempre

Llevo unos días pensando en esto y creo que detrás de esta expresión se esconde algo mucho más viejo que los señores que nacieron en el 'baby boom'. Es la eterna batalla entre las generaciones, que estalla cuando el aire nuevo, aprisionado por la falta de espacio que dejan los mayores, empieza a soplar huracanadamente para desplazar hasta el nicho a sus antecesores. 'Ok, boomer' es lo que espetaba con otras palabras, “corta el rollo”, el fan de AC/DC a su padre cuando este le exigía que bajase el volumen del radiocasete o le cascaba en el coche la cinta de Manolo Escobar.

Detrás de esta expresión se esconde algo mucho más viejo que los señores que nacieron en el 'baby boom'. Es la eterna batalla entre las generaciones

'Teenage: la invención de la juventud' es el monumental libro de Jon Savage sobre los primeros jóvenes identificados como humanos específicos, distintos del niño y del adulto. Allí viene la crónica de las modas juveniles devorándose unas a otras desde los tiempos de Werther hasta las juventudes hitlerianas. Es una lectura que te enseña que ninguna juventud ha sido verdaderamente nueva, y que lo único que cambian son los chascarrillos, las preferencias musicales, los peinados y cosas así. Que todos los 'boomers' de hoy fueron jóvenes ayer, y se enfrentaron a sus propios 'boomers' con las mismas armas, y que nunca la resistencia de los viejos logró frenar el ímpetu de la siguiente generación.

Yo, en esta batalla, la verdad es que siempre he sido esquirol. Desde que era pequeño tenía ganas de ser viejo. En el colegio me llevaba mejor con los profesores que con los niños, en la universidad me pasaba lo mismo, y mis novias solían ser algo mayores que yo. No fue hasta que rebasé los 30 que empecé a considerar más en serio la posibilidad de tener amigos de mi edad. Claro: en estos años, he tenido la ocasión de comprobar que los mayores no son, como creía de niño, gente sensata y cultivada, así que ahora me gusta que se me acerquen los estudiantes porque entiendo que la brillantez individual no sabe leer calendarios.

No me despertó simpatía la nueva política porque la vendieron desde el principio como si ser nuevo fuera algo bueno, y respecto al viejo Régimen del 78, le he encontrado siempre muchos fallos pero envidio la templanza de los que lo sacaron adelante. Hace unos meses, leyendo el libro de Gregorio Luri 'La imaginación conservadora', le envié un breve mensaje al autor para decirle que, para mi sorpresa, había descubierto que pese a ser un puto progre y votar cosas de rojos soy, al mismo tiempo, un espíritu conservador.

El (in)culto a la juventud

Lo que tenemos ahora, y hasta cierto punto es una novedad, es el lugar predominante que la vieja sociedad ofrece a los jóvenes, y el hecho de que se valore a algunos de forma extraordinaria simplemente por su ímpetu juvenil. El caso de Greta Thunberg es paradigmático (tanto como la furia insensata de los señores mayores que la odian), y también el de las películas de superhéroes, que llenan las salas de cine de viejóvenes y que provocan los artículos más flipados en gente obsesionada con no perder el tren.

Por mi parte, no necesito fingir que estoy a la última: reivindico mi derecho al desinterés y encuentro ridículos a los cuarentones que van por la vida con un discurso propio de niñatos y una gorra simbólica del revés. Me gustan los libros y las películas viejas, y prefiero a Frank Zappa antes que a Rosalía. Tampoco me llevo mal con las cosas nuevas: simplemente, acepto que no las entiendo todas. Pienso que la cultura y la historia son las dos cabezas del puente más sólido entre las generaciones, y la costumbre de leer me ha hecho amable con los muertos y descreído hacia el culto a la juventud.

Reivindico mi derecho al desinterés y encuentro ridículos a los cuarentones que van por la vida con un discurso de niñatos y una gorra del revés

En este sentido, creo que voy en dirección contraria al rumbo de los tiempos. A mi mujer le digo siempre que no me importa que nos hagamos viejos y feos, sino que estoy más preocupado por que no nos volvamos gilipollas. Percibo la juventud como un estado transitorio por el que todos los seres humanos están obligados a pasar, y estoy esperando con impaciencia el momento en que otra hornada de jóvenes decida que montar un boicot a una conferencia, como hacen algunos chicos de hoy, es lo más facha y más carca del mundo.

Cómo dejar de ser joven

Lo que sí ha cambiado, aunque no es la primera vez que ocurre, es que mucha gente está obligada a seguir siendo joven después de los 25 años. Por una parte, la sociedad de consumo excreta el producto viejo y malogrado y nos induce a perseguir la eterna juventud con toda clase de potingues y pantalones demasiado ceñidos. Por otra, casi nadie puede permitirse tener hijos hasta pasados los 30 y dar el paso definitivo a la 'viejunez': hay mujeres que, hasta después de dar a luz, siguen compartiendo piso como si fueran estudiantes. No lo hacen por infantilismo, sino por los sueldos de miseria y el precio enloquecido del alquiler.

Si hay una razón para declarar una guerra generacional, es el mundo laboral que dejaron los mayores a los jóvenes de hoy

Como venía a decir Ana Iris Simón el otro día en uno de sus estupendos artículos, si hay una razón para declarar una guerra generacional, es el mundo laboral que dejaron los mayores a los jóvenes de hoy. La paradoja de esta guerra es que el impulso renovador tendrá que pasar necesariamente por mirar atrás: por rebuscar en el pasado.

Sospecho que la solución para el futuro no está en los tuits ingeniosos ni en los 'memes', sino en los viejos papeles polvorientos. Dado que el progreso es despiadado y va en mochilas de Glovo, los cambios tendrán que desprender, necesariamente, un cierto aire reaccionario como el que deja Slavoj Zizek al pasar. Paradójicamente, para dejar de ser joven después de los 30, necesitamos replantearnos la forma de leer nuestro pasado. Y esto pasa, necesariamente, por destripar cuanto antes el culto consumista a la eterna juventud.

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