¿Aceptarías que tus hijos se casaran con alguien de ideas políticas diferentes a las tuyas?
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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¿Aceptarías que tus hijos se casaran con alguien de ideas políticas diferentes a las tuyas?

El brillante periodista estadounidense Ezra Klein publica 'Por qué estamos polarizados' y nosotros nos preguntamos, casi inevitablemente, ¿llegará también eso aquí?

placeholder Foto: Santiago Abascal y Pablo Iglesias, antes del debate electoral previo a las elecciones generales de noviembre de 2019. (EFE)
Santiago Abascal y Pablo Iglesias, antes del debate electoral previo a las elecciones generales de noviembre de 2019. (EFE)

Un anuncio electoral de la campaña estadounidense de 2004, pagado por un grupo conservador y pensado para desprestigiar al demócrata Howard Dean, empezaba de forma normal. Una pareja blanca y mayor le criticaba por querer subir los impuestos y aumentar el papel del Gobierno en la vida de los ciudadanos. Se trata de una crítica tradicional que la derecha hace a la izquierda. Pero luego, el anuncio adoptaba un cariz distinto. La pareja censuraba que Dean bebiera 'caffè latte', comiera sushi, tuviera un coche Volvo, le gustaran las películas de Hollywood y, por si eso era poco, fuera de Vermont, un estado del nordeste del país.

Las críticas pasaban de la política tradicional a cosas que, hasta ese momento, cabría pensar que no tenían nada que ver con la política. ¿Qué más da, políticamente, lo que comes, la marca de tu coche o el lugar del que eres? En teoría, la política moderna iba de ideologías, de la disputa entre ideas contrapuestas, pero centradas en temas como los impuestos, la política exterior, la sanidad o las pensiones. En Estados Unidos, sin embargo, desde principios de este siglo, hay cosas que aunque en apariencia no son políticas no solo son importantes: son cruciales.

placeholder 'Por qué estamos polarizados'. (Capitán Swing)
'Por qué estamos polarizados'. (Capitán Swing)

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Esa es la pregunta que se plantea Ezra Klein, un brillante periodista estadounidense, en 'Por qué estamos polarizados', su muy recomendable libro recién publicado en España por la editorial Capitán Swing. La pregunta que se hace el lector español al leerlo, casi inevitablemente, es ¿llegará también eso aquí?

Tres tipos de polarización

Como cuenta Klein, hasta mediados del siglo XX, los partidos republicano y demócrata se parecían bastante. Había progresistas y conservadores en los dos, y ambos hacían esfuerzos para que el tribalismo no afectara demasiado a la política, porque tenían muy presentes las advertencias de los Padres Fundadores contra el faccionalismo y la lucha inacabable entre los partidos. Pero a mediados del siglo XX, por varias razones, algunas de las cuales tuvieron que ver con la raza, ambos partidos empezaron a homogeneizarse: el republicano se convertiría en el partido conservador y el demócrata, en el progresista. Lo que pasó después fue una creciente polaridad ideológica. Los dos partidos no solo tenían ideologías diferentes, sino que cada vez eran más diferentes: los conservadores se fueron volviendo más conservadores y los progresistas más progresistas. Si bien eran más homogéneos internamente, los dos grupos eran cada vez más distintos entre sí.

El enfrentamiento entre ambos bandos dejó las razones ideológicas y se hizo puro sectarismo

Después, sobre todo a partir de los años noventa del siglo pasado, empezaron otras clases de polarización que, probablemente, sean más peligrosas. La primera significó que el enfrentamiento entre los dos bandos dejó de tener razones ideológicas y se convirtió en puro sectarismo: la movilización no se producía tanto por amor a una ideología como por el odio a la contraria. Si un político quería ganar unas elecciones primarias o locales, más que emocionar o inspirar a sus votantes, dice Klein, debía activar el miedo hacia el otro bando. Un político “no solo necesita apoyo. Necesita ira”, dice en su libro. Por eso, la principal tarea política es suscitarla. Ya no se trata de que mis ideas sean mejores que las tuyas, es: ¿cómo vas a permitir que te ganen esos desgraciados?

Foto: Debate de candidatos a la CAM en las últimas elecciones. (EFE) Opinión

La siguiente polarización, más reciente, es la que explica, por ejemplo, el anuncio contra Dean. Se trata de una lucha basada en la simple identidad, en la que se mezclan de manera brutal lo político y lo personal. Es lo que Klein llama una “megaidentidad”, en la que todo cuenta y todo es político. El deporte, explica, era un territorio bastante apolítico del que disfrutaban por igual conservadores y progresistas. En el caso del fútbol americano, ya no es así: las protestas de algunos jugadores negros, y la exigencia de Trump a los propietarios de los equipos de que les despidieran, lo convirtieron en un juego nítidamente político. En las universidades, aunque siempre ha habido sesgos ideológicos, se podía confiar en que existiera un cierto debate y que fueran espacios abiertos a la corrección y la experimentación: hoy son instituciones claramente políticas que oponen el pensamiento progresista a las ideas conservadoras, que considera en buena medida peligrosas.

placeholder Manifestación de QAnon en EEUU. (Reuters)
Manifestación de QAnon en EEUU. (Reuters)

“Vivir en una ciudad, ser progresista, comprar una camiseta en Trader Joe’s [una cadena de supermercados polémica por su propaganda ecologista y multiétnica] y aventurarse en la meditación zen puede que no tenga mucho que ver en términos de política pública, pero refuerza una identidad insular y esa identidad es política, o al menos se politiza fácilmente”, cuenta Klein. ¿El resultado? “Conforme nuestras muchas identidades se convierten en una sola megaidentidad política, estas cuestiones viscerales y emocionales van aumentando y con ellas nuestra disposición a hacer cualquier cosa para asegurar que nuestro grupo gana”. Ahora, a cada vez más republicanos les parecería intolerable que sus hijos se casaran con un demócrata, y viceversa. En un experimento que explica Klein, se demostró que los criterios de contratación o concesión de becas pueden depender de la ideología política de quienes toman las decisiones y los rasgos identitarios de los candidatos.

¿Y en España?

No estoy seguro de que la polarización ideológica —es decir, que la gente de derechas sea cada vez más de derechas y la de izquierdas, más de izquierdas— se haya producido dentro de los dos principales partidos españoles, PSOE y PP, pero sin duda sí lo ha hecho con los nuevos partidos surgidos a su izquierda y su derecha, Podemos y Vox. Asimismo, parece claro que la política española cada vez juega más a activar el odio hacia el rival y a crear megaidentidades que conjugan lo nítidamente político con lo que no lo es o no tiene por qué serlo. Luis Miller, profesor del CSIC y una de las personas que más sabe sobre polarización en España, afirma en el prólogo del libro de Klein que, por lo que respecta a la polarización, Estados Unidos “en la actualidad quizá no sea tan excepcional como podemos pensar”.

De acuerdo con estudios recientes, “España se sitúa como el país con una mayor polarización afectiva”, la basada en la ira contra el adversario

De acuerdo con estudios recientes, dice, “España se sitúa como el país con una mayor polarización afectiva”, la basada en la ira contra el adversario. Pero ¿por qué? Miller aventura que la polarización en España no se debe solo “a la propia política o el comportamiento de las élites, sino que también es fundamental tener en cuenta cuestiones estructurales como la desigualdad y el desempleo”. La principal consecuencia de esto, tanto en Estados Unidos como España, dice, es el “bloqueo institucional”. “Si los partidos solo están dispuestos a defender un conjunto estrecho de postulados, inasumibles por los adversarios políticos, la posibilidad de llegar a acuerdos parlamentarios disminuye considerablemente. La democracia se paraliza y los problemas sustantivos no se abordan”.

Es lo que pasa en Estados Unidos, y lo que pasa en España. Lean el libro de Klein: muchas veces, lo que cuenta es singularmente estadounidense, pero parece que, bien sea por inercia cultural o por razones estructurales, o seguramente por una mezcla de las dos cosas, acabaremos reproduciéndolo también aquí.

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