¿Qué nos queda del barrio?
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Jaime M. de los Santos

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¿Qué nos queda del barrio?

Hay un día, no tengo claro cuándo, que en la calle, no sé bien por qué, me llamaron maricón

placeholder Foto: Pablo Chaves y Fernando-Delgado Hierro, en 'Los Remedios'. (Luz Soria)
Pablo Chaves y Fernando-Delgado Hierro, en 'Los Remedios'. (Luz Soria)

¿Qué nos queda del barrio? Llevo años preguntándomelo. Qué me queda del barrio. Qué queda del niño. Quién soy. Años en los que he perdido de forma paulatina y silenciosa un poco de aquella esencia apocada y nerviosa, de aquella pátina, de aquel deseo. Esas ganas de hacer cosas, de ser cosas, de ver muchas cosas más. Rodeado de mujeres, siempre. Feliz. Hay un día, no tengo claro cuándo, que en la calle, no sé bien por qué, me llamaron maricón. No recuerdo quién, eso no importa, pero todo cambió; aunque todo fuera igual. Eso es lo que duele. Que tú seas distinto porque te ven distinto, pero el mundo siga igual. Y mueren las certezas. Y nace la culpa, la vergüenza; y las ganas de que todo lo que te rodea simplemente se acabe. Ese decorado a base de árboles mochos, portales llenos y fachadas con cuatro pisos y un bajo sin toldo. De sábanas al aire y restos de tarde en la acera. Creces con esa sensación, sí; que podría pasar por cainita, que te obliga a andar más derecho, con cuidado. Exiliado para algunos, raro para la mayoría. Pero creces. A veces pienso que más fuerte.

placeholder Pablo Chaves y Fernando Delgado-Hierro, en 'Los Remedios'. (Luz Soria, CDN)
Pablo Chaves y Fernando Delgado-Hierro, en 'Los Remedios'. (Luz Soria, CDN)

A Pablo, al personaje y al hombre, le llamaban maricón. Como a mí. En Los Remedios. Porque sí; nunca hay razones para agredir a otro. A nadie. Él también se estiraba. Como una garza. Era eso o meter la cabeza en la arena. Bajo la arena. Y excavar un túnel, “para extraer una fuerza oculta”. Esto escribe Lorca en 'El Público', “un poema para ser silbado”. Y que hay que “vivir en el teatro”. O destruirlo. Pablo, que dice que es arquitecto, no sabe vivir sin él. Sin el teatro. Y se muestra. De la mano del amigo que siempre lo fue y que tampoco encajaba, Fernando. Esto de encajar es terrible. Y asimétrico. Por mucho que lo intentas, hay veces que resulta imposible. Asfixiante. Es por eso, en ese instante, que huyes. O te transformas. En lo que no eras. En lo que no quisieras ser. Para casar al fin. “Sin raíces un árbol se seca”, le increpa al espejo Fernando para, de golpe, anunciar su renuncia a ese todo imperfecto, castrante. De eso va la vida; algunas vidas. La mía. La de ellos. Y la obra, que en medio de un salón que podría ser todos los salones, se abre en canal.

placeholder 'E la nave va', Federico Fellini, 1983.
'E la nave va', Federico Fellini, 1983.

“Era mi abuela la que me decía te quiero”, me recuerda Pablo. Aunque tuviera ideas falsas sobre el mundo. Aunque no le conociera. “Aunque no supiera cómo era yo de verdad”. Creo que mi abuela tampoco lo sabía. Un domingo de café soluble y suizos, le dije que quería ser actor; tenía catorce años. Se levantó de la silla, cogió un libro y me dijo, “lee”. Era el 'Don Juan' de Zorrilla. Leí. Respirando breve en las comas. No debí hacerlo mal. Desde esa tarde, a través de sus gafas bifocales, empezó a mirarme distinto. Yo, del todo, sigo sin saber quién soy. Siempre quedan rincones que cuesta cubrir, abarcar. Por eso voy al teatro. Para intentar acabar de entenderme. En Los Remedios me he reconocido. En el adolescente que escondía las manos al fondo de unos bolsillos de miedo por no parecer afectado, femenino. En el niño que desde un escenario intentaba ser solo libre. Ser libre no es fácil. No siempre. El pasado condiciona, compromete. Por eso es necesario mirarlo. Otra vez. Con ojos nuevos. Para librarlo de la culpa. Del peso. A todo esto, se oye a María Dolores Pradera. De fondo. 'Amarraditos'. “No se estila, ya sé que no se estila”. No somos ni 100 espectadores. Tarareo. Bajo la mascarilla.

placeholder 'Marcelino, pan y vino', Ladislao Vajda, 1954.
'Marcelino, pan y vino', Ladislao Vajda, 1954.

También suena la 'Marcha Ione' de Pedro Braña, con sus metales. La Semana Santa de Sevilla, la de Los Remedios, la de Pablo Chaves y Fernando Delgado-Hierro, era y es hiperbólica. Con pasos grandiosos y penitentes cubiertos, cirios y azucenas. La de mi niñez, en Madrid, sabe a canela. Y a leche. Arrancaba con la cáscara de un huevo flotando en el aceite hirviendo donde mi madre freía el pan; como esa nave que transporta al rinoceronte enamorado de Fellini. A la deriva. Todos los años veíamos 'Marcelino, pan y vino'. En blanco y negro. Todos los años a mi padre se le llenaban los ojos de agua. Y todos los años acababa mirando a otro lado, para que no le viéramos. Pero le veíamos. Alguien, un día, debió decirle que no se llora. No se estila, pensaban. No es decoroso. Ni propio de un hombre. Ser hombre no era fácil. Ser mujer mucho menos; digan lo que digan. Ellos, al menos, se creían libres. Tampoco lo eran. No del todo. Tenían prohibido sentir. Y eso es lo mismo que no ser nada.

*'Los Remedios'.

Texto: Fernando Delgado-Hierro. Dirección: Juan Ceacero.

Centro Dramático Nacional. Teatro María Guerrero.

Hasta el 18 de abril.

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