Ojalá el mundo no tuviera esquinas
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Jaime M. de los Santos

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Ojalá el mundo no tuviera esquinas

Ser libre para después ser usada no es libertad. La libertad es una cosa distinta, mejor. Más grande. Más verdadera. Lo es todo

Foto: 'Mármoles Rambla', Fernando Sánchez Castillo, 2015. CA2M.
'Mármoles Rambla', Fernando Sánchez Castillo, 2015. CA2M.

Hace poco más de un año, antes de que el mundo que conocíamos se convirtiera en esta versión indeterminada, improvisada y frágil que todavía arrastramos, aún libres, en Ámsterdam se enfrentaban la pintura serena de Diego Velázquez con el naturalismo hilvanado de Rembrandt van Rijn; la luz del sur, crepitante, con la del norte, precisa. Tan iguales. Tan diferentes. En Róterdam se celebraba el cuerpo. El Nederlands Dans Theater volvía a Jiří Kylián, a tres de sus infinitas obras; 'Sometimes, I wonder'. Soterrada y cartesiana belleza. Perfección plástica. Llegué un viernes y el domingo estaba en Madrid. De vuelta. Con los ojos llenos; mejor. Me había perdido de nuevo en Malevich, con Theo Van Doesburg. Entre los anticuarios que siempre han mirado al agua. Dentro del Begijnof. Viajar pule, ilumina, ordena. Ayuda. No era mi primera vez. Ya conocía sus canales, sus puentes, sus iglesias blancas sin restos de tramoya. Su barrio rojo.

Una vez. Solo he ido una vez. Hace muchos años. Nunca el rojo me dolió tanto. Era como si Edward Hooper hubiera posado su mirar denso sobre aquellas mujeres expuestas, encerradas en su particular burbuja. En una de esas dramáticas ventanas. A veces, sus rostros maquillados se cruzaban con los nuestros, los de sus raptores. En medio de una cotidianeidad trágica. Como en los cuadros de Hooper tampoco ellas miraban. Se arrastraban sin más entre sombras. Posaban sus ojos en su propio mirar, en las pupilas gastadas que les devolvía el cristal denso. No hay peor juez que el de la propia carne. Peor penitencia que la forzada. Allí puestos éramos parte de tan macabra escena. Cómplices. Todos tenemos algo de voyeurs. También de exhibicionistas. Pero aquello era perverso. Doliente. Una afilada escalera emergía por detrás de esas caras tristes. Un peldaño tras otro, minúsculos, que conducía a una realidad distinta. Un puente entre dos vidas, que a fuerza de tumbos se acababan solapando.

placeholder 'Habitación de hotel', Edward Hooper, 1931. Museo Thyssen Bornemisza.
'Habitación de hotel', Edward Hooper, 1931. Museo Thyssen Bornemisza.

Llega la hora y trepan, como Alicia. Igual de encogidas. En busca de libertad. Vuelven al mundo con pena en los gestos. Derrotadas. Y hacen del día refugio, escondite; un lugar donde parar. Como cantaba Diane Warwick, “a house is not a home”. No siempre. Esas casas de ladrillo rojo, de ventanas abiertas, no son casas. A fuerza de envites han dejado de serlo. Son cárceles. Y el que las construyó olvidó reservar un rincón desde el que mirar las nubes. Todos necesitamos ver el día. Ellas mucho más. En su fragilidad impuesta sigue latiendo el pertinaz rechazo del hombre a liberarlas. Da lo mismo el material del marco. El color de la pared. Allí colocadas no dejan de estar congeladas, muertas. También el corazón de quien mira. De todos los que callan. Ser libre para después ser usada no es libertad. La libertad es una cosa distinta, mejor. Más grande. Más verdadera. Lo es todo.

Julia de Castro fue quien me descubrió a Ferrante Pallavicino. En Roma. En la Academia. Junto al 'Tempietto' de Bramante. Bajo el mismo cielo que también pintó Velázquez. Misógino y cínico, en 1642 publicaba su 'Retorica delle Puttane'. Un acto violento contra la mujer y un desacato a la Iglesia. Un retorcido decálogo para las que ya eran víctimas. Para las que todavía hoy lo son. Que las degradaba aún más. Fue perseguido, ajusticiado. Pero no por zaherirlas; no importaban. Por enfrentarse al poder del macho agresor. “Vivo rodeada de mujeres abolicionistas”, me dice Julia; “aprendo”. Pero a la vez se pregunta, “¿cómo es posible que hasta ahora hayan sido los hombres los que decidían qué podíamos hacer y hoy seamos nosotras las que imponemos a otras mujeres lo que pueden o no?”. Ella puede dudar. Es mujer. Yo no. Los hombres tenemos que ser firmes, críticos. Los hombres debemos ser muros. Para contener la sangría.

placeholder 'Les Demoiselles d'Avignon', Pablo Picasso, 1907. MoMA.
'Les Demoiselles d'Avignon', Pablo Picasso, 1907. MoMA.

Ojalá el mundo no tuviera esquinas. Ojalá las esquinas fueran el único problema. Hay más. Muchos más. También hay mármoles rotos como los de Las Ramblas, con los símbolos impresos de su pasión. En 2015, Fernando Sánchez Castillo rescataba de otro mutismo una laja horadada. Un lienzo casi níveo devorado por los tacones de quienes, consumidas, se curaban del frío, del miedo, de la ansiedad. Una lápida bajo sus botas baratas. Mujeres tan víctimas como esas otras de las ventanas. Condenadas a patear la acera hasta acabar con ella. Cargando con ella. A pocos pasos de esa puerta, “con el brillo del demonio”, en la calle de Aviñón, Pablo Picasso encontró a sus señoritas. Cinco mujeres dispuestas a fundirse, a desaparecer. Cubiertos sus rostros con primitivas máscaras. Y las colocó juntó a una naturaleza tan muerta como ellas. Deshechas. Invisibilizadas. Todos los días deberían ser para esas mujeres; con uno no basta. No basta una vida para resarcir el daño. La ofensa. Esa invisibilidad obligada.

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