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El título que no fue
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Jaime M. de los Santos

Íncipit

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El título que no fue

En esta vida, lo confieso, quiero seguir siendo un hombre; a la siguiente le reservo lo de ser mujer

Foto: Firmando libros. (Pedro González)
Firmando libros. (Pedro González)

Mi primera novela, 'Si te digo que lo hice', tendría que haberse llamado 'Oyama'. Rosa Pérez, mi editora, me lo desaconsejó. "Poco comercial", me dijo. Obedecí. Pero, en mi escritorio, a solo una carpeta de mis 'Íncipit', sobre ese fondo azul marino buenas noches salpicado de ventanas amarillas, nunca dejó de existir —y existe— un archivo donde rezaba el título que no fue. 'Oyama' se decía a quienes en el teatro kabuki se vestían de mujer. Hombres menudos que cubrían su rostro con afeites blancos hasta sepultar su vello, su nuez; que repetían gestos suaves para parecer ligeros, sumisos. En la novela 'Oyama' es Cristóbal, el que toca el piano sobre los sueños de Elvira —la niña que atraviesa la historia—, el que hubiera querido ser mujer. 'Oyama' soy yo. Y no porque haya buscado en la primera persona la manera de abrirme el pecho —o no solo— sino porque también —como Cristóbal— de niño me encerraba en el baño y dibujaba sobre mis ojos una línea negra fina. El lápiz era casi siempre de mis hermanas. La luz fría. Las ganas, solo de volar. Me enmarcaba los ojos y pensaba en teatro. Cada tarde atravesaba el umbral de una escuela con platea y nombre de cantautor —Víctor Jara—. Por la mañana la de un colegio bautizado como el poeta —Miguel Hernández—. Doña Blanca me enseñó a mirar la historia. Don Julio se ocupaba de que un día pudiéramos formar parte de ella. Él se acaba de marchar; “que lo acompañe Caronte”.

placeholder 'Oyama'.
'Oyama'.

En esta vida, lo confieso, quiero seguir siendo un hombre. A la siguiente —ya se lo dije a Sara Medialdea— le reservo lo de ser mujer. Y mientras tanto quiero seguir defendiendo a "esa mitad del género humano" —que decía Clara Campoamor— para que, cuando me llegue el turno, nadie me silencie, ni me arrincone ni me intente hacer desaparecer. Para que nadie me mate al creerme débil. Para que nadie piense que soy peor; ni siquiera distinta. Porque no lo seré, no como algunos airean. Ser diferente es muchas veces una oportunidad. Para crecer desde otro sitio, con metas distintas, sin bridas —menos—. En la diferencia, en la asimetría, en el envés se ocultan visiones del mundo que lo complementan. Solo seres con luz son capaces de proyectar sombras; a veces mucho más que alargadas. Y en mi novela están todas esas sombras, las de una España —la de posguerra— que mutiló el derecho a ser libre, que condenó a los márgenes a quienes sentían mucho; como si el corazón, además de una bomba para la sangre, lo fuera de destrucción masiva.

placeholder 'Niños madrileños sobre la estatua de La Cibeles'. 29 de marzo de 1939. Santos Yubero. (Archivo Regional de Madrid)
'Niños madrileños sobre la estatua de La Cibeles'. 29 de marzo de 1939. Santos Yubero. (Archivo Regional de Madrid)

En la madrugada seca del 37, los obuses nazis asolaban Madrid. Para exterminar a quien no sintiera igual que ellos —los que disparan—. Para conquistar por la fuerza. A la diosa Cibeles —la de Ventura Rodríguez— se le fabrica una montaña artificial que la proteja; una montaña mágica como la de Thomas Mann. Una suerte de caparazón de intenciones buenas y ladrillos rojos. Acaba la guerra del odio y a Cibeles le dejan que al fin respire. Y asoma tímida la cabeza; como la Winnie de Samuel Becket en su tercer acto; como si empezaran Los días felices. Pero lo que se inicia entonces, con la paz de la dictadura, es el teatro de la muerte —que se superpone al de la guerra—; el del llanto y la necesidad. Necesidad de todo; también de abrazos. Y a los que son como Oyamas se les obliga a ceder, a no ser, a disfrazarse, pero de lo que nunca fueron; hombres envueltos en pana —y pena—. Y a los que sueñan con maquillarse los ojos —y la boca— se les encierra, se les acusa, se les mata —porque no ser tú es no vivir—. Y vuelven el miedo y los bolsillos inmensos —solo para manos que se entierran por no errar; porque pan, no hay con qué llenarlos—.

placeholder Presentación de 'Si te digo que lo hice'. (Pedro González)
Presentación de 'Si te digo que lo hice'. (Pedro González)

La novela del título que no fue, sale de aquí, de estas líneas, de mis 'Íncipit' —que son suyos, de ustedes—. Se la debo en parte a Nacho Cardero —que me leyó de seguido antes que nadie—. La Rosa del pensamiento práctico —y comercial— también me encontró aquí, en este Diario; y trató de seducirme. A través de un correo escueto que decía: “Nunca has pensado en escribir?”. Casi como en un anuncio por palabras. Y le dije que no. Le mentí. Siempre había deseado juntar más de ciento cincuenta caracteres; y que me leyeran. Pero los que de verdad leen. Los que no se ocultan tras de máscaras funestas, los que no agreden con sus letras que son como obuses —también—. Mientras que lo que llaman redes nos atrapa —y lincha—, los libros siguen siendo oportunidades ganadas, verdades absolutas —hasta cuando mienten—; porque son vida. Para Claudio, el marido de Elvira —que ha dejado de ser niña—, ejemplo de salvación. “Si hubiéramos colocado, de canto, todos sus libros, uno detrás de otro, habrían llegado a Rusia. No teníamos cuadros porque lo ocupaban todo. No tuvimos que pintar las paredes porque sencillamente no existían; lomos de todos los colores las colmataban”. Así describe ella su casa —que es de los dos—, su intimidad, su mundo. Como una biblioteca infinita. Como una ventana; permanentemente abierta. Aunque no lo sepa.

'Si te digo que lo hice'. 2022. Jaime de los Santos. Editorial Espasa.

Mi primera novela, 'Si te digo que lo hice', tendría que haberse llamado 'Oyama'. Rosa Pérez, mi editora, me lo desaconsejó. "Poco comercial", me dijo. Obedecí. Pero, en mi escritorio, a solo una carpeta de mis 'Íncipit', sobre ese fondo azul marino buenas noches salpicado de ventanas amarillas, nunca dejó de existir —y existe— un archivo donde rezaba el título que no fue. 'Oyama' se decía a quienes en el teatro kabuki se vestían de mujer. Hombres menudos que cubrían su rostro con afeites blancos hasta sepultar su vello, su nuez; que repetían gestos suaves para parecer ligeros, sumisos. En la novela 'Oyama' es Cristóbal, el que toca el piano sobre los sueños de Elvira —la niña que atraviesa la historia—, el que hubiera querido ser mujer. 'Oyama' soy yo. Y no porque haya buscado en la primera persona la manera de abrirme el pecho —o no solo— sino porque también —como Cristóbal— de niño me encerraba en el baño y dibujaba sobre mis ojos una línea negra fina. El lápiz era casi siempre de mis hermanas. La luz fría. Las ganas, solo de volar. Me enmarcaba los ojos y pensaba en teatro. Cada tarde atravesaba el umbral de una escuela con platea y nombre de cantautor —Víctor Jara—. Por la mañana la de un colegio bautizado como el poeta —Miguel Hernández—. Doña Blanca me enseñó a mirar la historia. Don Julio se ocupaba de que un día pudiéramos formar parte de ella. Él se acaba de marchar; “que lo acompañe Caronte”.

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