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¿Quién los cuidará?
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Jaime M. de los Santos

Íncipit

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¿Quién los cuidará?

A los que hace un segundo han tenido que decidir qué coger de sus armarios —que son un poco el reflejo de sus vidas— para escapar en su coche, ¿quién los cuidará?

Foto: Monasterio de San Miguel, Kiev.
Monasterio de San Miguel, Kiev.

Últimamente duermo peor. No, peor no; menos. Anoche, muy tarde, vi un episodio antiguo de 'Las chicas de oro'. Uno de la temporada cinco. Uno en el que todas acuerdan, sexagenarias, sentadas en ese sofá con base de mimbre naranja y estampados veraniegos —porque en Miami todo es verano—, vivir juntas siempre. Hasta el final. Con risas enlatadas y pendientes de plástico. Entre palmeras pintadas. Al sol. Después de un silencio que es cómplice, Rose interviene —con cara de sorpresa— y pregunta, “y a la que quede la última, ¿quién la cuidará?”. Se miran. Suspiran. Cae el telón —la cortinilla—. Suena la sintonía —ahora, sin voz—.

Eso, egoísta, sin hijos, también me lo pregunto yo. Muchas veces. ¿Quién me cuidará? ¿Dónde? Cuando lo que debería preocuparme es a quién tendría que estar cuidando ya. Y como estoy desvelado —o en vigilia—, miro las noticias con el miedo afilado y los ojos entreabiertos, para no ver una guerra que parece doler más porque está cerca. Que es igual de terrible que todas. De injusta. Y me pregunto, encogido: a ellos, a los que hace un segundo han tenido que decidir qué coger de sus armarios —que son un poco el reflejo de sus vidas— para escapar en su coche, ¿quién los cuidará? Y a los que ni siquiera tienen coche —ni caminos—, ¿cómo los salvarán? E intento imaginar lo que debe ser huir de tu casa con miedo. Entre otros coches con una sola marcha. Nevando. Por unas carreteras colapsadas. Con el azul y el oro —tan distinto al de la casa de Blanche— del Monasterio de San Miguel como esperanza; en sordina. Pero no lo consigo. Es demasiado trágico. Demasiado verdad.

placeholder 'Las chicas de oro', 1985-1992.
'Las chicas de oro', 1985-1992.

La que se agarró a la vida casi un siglo fue ella. Justo ella. Betty White. Rose Nylund. De Illinois y de Saint Olaf. Que un día de la temporada segunda le escribió a Gorbachov una carta. Mientras cocinaba comida de Escandinavia. Porque tenía miedo a la guerra. Ella también. Ya entonces. Como si fuera una niña. El enemigo era el mismo. Y las víctimas. Los que lo pierden todo sin haber decidido nada; por haber nacido a un lado de unas líneas —muchas veces cambiantes. Finas. Arrugadas— que llamamos fronteras, que cuesta mucho cruzar. Los que pelean por estar vivos con toques de queda y cristales rotos. Entre llanto y gritos. En túneles excavados para otro fin, en paz. Acaban de volar la torre de televisión de Kiev. Da lo mismo de qué plataforma cuelgue la historia de estas mujeres valientes. No podrán verlas. En Ucrania no. Y todo porque alguien ha decidido que una vida importa menos que no sé qué salida al mar; al Negro. Por no sé qué intereses sin fundamento; porque nunca los hay cuando mueren niños —ya se cuentan 14—. Y hay un malo: el que ha decidido apretar el 'botón'. Como en las historias que cuando era pequeño me atormentaban solo lo justo porque había un mayor —casi siempre mi madre— que me aseguraba que esas cosas nunca ocurren. Mentía —mi madre—. Lo hacen. Ocurren.

placeholder Gorbachov besa a Erich Honecker, 1986.
Gorbachov besa a Erich Honecker, 1986.

A Rose lo que le da miedo es precisamente eso, que un malo apriete el 'botón' y empiece el apocalipsis —el de san Juan o el de Bergman—. Y como ella, yo también entiendo que debe haber botones que si se tocan se inicia una guerra. Y estoy seguro de que hay malos de verdad. A cubierto. En sus búnker de piedra roja y cúpulas bulbosas. Impertérritos. Durante años, en esa infancia ilusa y amparada en besos, creí que los malos eran solo una mano enfundada en hierro y acariciando un gato, con voz de cráter. Hace mucho comprobé que detrás de ese puño siempre hay un brazo. Y un hombro. Y un cuerpo sin corazón; con ideas erradas y acciones asesinas. Sin ojos. Sin piedad. El de ahora hiela la sangre y mata. No es el único. Hay más. Y no podemos mirar a otra parte. Ni callar. Porque nosotros sí que somos más. Muchos más. Y nos reclaman.

Por eso, lo mismo que Rose, escribo este 'Íncipit' como si fuera una carta. Sabiendo que quien me escuche —que quien me lea— tendrá mis mismas ganas de que paren las bombas. Y el dolor. Seguro de que, en la otra orilla, también hay quienes lo que quieren plantar son flores en la boca de los cañones; jardines completos; edenes. No es posible que en ese margen nadie tenga orejas. Las mías lloran con cada línea que describe el asedio, con cada sirena que rompe el silencio. Y busco entre mis libros uno que se llama ' Poemas de guerra '. Y releo. “Yo soy, amigo mío, al que mataste”. Ahí describe Wilfred Owen, aún vivo, la vida en una trinchera; sin vida —ni aire—. Así se convierte en siempre. Aunque nada, dicen, sea para siempre. Esperemos que tampoco la guerra.

placeholder 'El séptimo sello', Ingmar Bergman, 1957.
'El séptimo sello', Ingmar Bergman, 1957.

*'Poemas de guerra'. Wilfred Owen. 1918. Ed. Acantilado.

Últimamente duermo peor. No, peor no; menos. Anoche, muy tarde, vi un episodio antiguo de 'Las chicas de oro'. Uno de la temporada cinco. Uno en el que todas acuerdan, sexagenarias, sentadas en ese sofá con base de mimbre naranja y estampados veraniegos —porque en Miami todo es verano—, vivir juntas siempre. Hasta el final. Con risas enlatadas y pendientes de plástico. Entre palmeras pintadas. Al sol. Después de un silencio que es cómplice, Rose interviene —con cara de sorpresa— y pregunta, “y a la que quede la última, ¿quién la cuidará?”. Se miran. Suspiran. Cae el telón —la cortinilla—. Suena la sintonía —ahora, sin voz—.

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