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Quiero ser peregrino
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Jaime M. de los Santos

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Quiero ser peregrino

El verano nos vuelve a muchos Goethe, buscando encontrar tierras y gentes, rescatando al nómada que nunca se fue. Mi particular Viaje a Italia está siendo aquí, por aquí, en España

Foto: Calle Ciegos. Jerez de la Frontera. (Jaime Espinar, 2022)
Calle Ciegos. Jerez de la Frontera. (Jaime Espinar, 2022)

El lunes estuve en Melilla -que es mucho más que una valla-; mirando al mar -como Jorge Sepúlveda- desde una construcción que bien podría pasar por estrella caída en mitad de un jardín -modernista y susurrado por Mari Trini-. Volé para ver teatro -del que “no se puede prescindir”, que dijo Chéjov-, y en el Hospital del Rey, en su patio porticado, Eurípides llenó el cielo; la voz de Hécuba -acariciada con mimo por Fran Antón- llenó el cielo. La ciudad autónoma es un decorado en sí misma; con sus lienzos de piedra caliza sosteniendo el agua, en talud; con un catálogo de la flora más variada -y muy poco africana- colgando de sus fachadas. Acodado en uno de los pretiles que fue defensivo -como si fuera un cañón-, junto a Fadela Mohatar -que es 'amazigh'-, pude ver una de esas procesiones que son credo y dramaturgia, la del Carmen; desde mi palco de roca dorada. Una hermandad femenil sosteniendo una talla de la madre de Dios -de uno de los dioses que allí se reza-, con sus escapularios y sus pasos pequeños, en mitad de un silencio roto por el vaivén de los abanicos -colisionando con vehemencia en los pechos descubiertos-; por el calor.

placeholder Con mis sobrinos en el barrio de Alfama. (Lisboa)
Con mis sobrinos en el barrio de Alfama. (Lisboa)

En Lisboa también hace calor. Y también rezan, pero mucho menos embridados -al no tener rejas o solo en algunas ventanas-. El jueves paseaba por el Bairro Alto, con mis cinco sobrinos; persiguiendo una sombra y un muro alicatado donde apoyar las escápulas -para sentir su frescor-, lejos de la razón esgrimida para el viaje, buscándola en un mapa arrugado. El origen de todo -que no del mundo-, de este todo, un todo pequeño, es verle la cara verdadera a Águas Livres -una arquitectura euclidiana, llena de aristas, teñida con colores planos y vistas a un mar distinto, el de las tejas rojas de los tejados-. La primera vez que la vi fue en el estudio de Juan Baraja, en Carabanchel, entre fotos de conventos y un pez desecado -casi-; la última, colgando en una sala de la Fundación ICO -y yo reflejándome, un poco, en su piel de cristal; como Narciso-. Lo que Juan fotografía no son paredes, ni ventanas -algunas largas y estrechas-; ni escaleras; ni pilastras. No, no solo. Lo que él define son emociones, momentos; el vacío que dejamos al doblar un pasillo, al cruzar una puerta, el olor que se siente, que no se va; como Hammershoi. De eso hablamos Fran Antón y yo -aún con gena embarrándole la mirada-, también; del vacío, de la necesidad de espacios sin nada para poderlo contemplar todo.

placeholder Vista de Melilla. (Javier Ramírez, 2022)
Vista de Melilla. (Javier Ramírez, 2022)

'Todo', en Lisboa, significa más cosas. Tal vez por sobredosis. Especialmente en Alfama, donde hay higueras, cuestas, corralas, sardinas, guirnaldas, capillas, gatos. Y un río. Siempre el mismo. Por detrás de más tejas, de más corralas, de escaleras, de tranvías, de fachadas -que alternan azul y blanco, cerámica y cal-, de mujeres con piernas de acero -de subir y bajar y subir y bajar-. Me siento, con mis sobrinos, en una de esas terrazas babilónicas de buganvilla y sal, cada uno en una silla que no se parece en nada, para mirar. Pido café -americano-. Corre el viento -¿o es brisa?-. Siento eso que llaman piel de pollo -que a mí me gusta siempre muy frita-. Cierro los ojos. Oigo hablar a María. Tiene diecisiete años y solo quiere ser mayor. Querría decirle lo que escribió Oscar Wilde, que “la tragedia de la vejez (…) consiste (…) en haber sido joven”. No lo hago. No lo va a entender. No estoy seguro de entenderlo ni yo. Se parece a su madre -mi hermana-; yo a la mía. Dentro de treinta días cumple setenta y seis, mi madre. Quizá ella sí que entienda a Wilde. Y a Dorian Gray. Y a Hécuba, mientras le dice al aire, “entre los afortunados, a nadie consideréis feliz hasta el momento de su muerte”. Me cuesta verme feliz en la muerte -por más que lea a San Juan de la Cruz-. Me prefiero, borroso, en las superficies pulidas de Baraja.

placeholder Águas Livres. (Juan Baraja)
Águas Livres. (Juan Baraja)

Miro el suelo bajo mis pies descalzos -no hay espejos, ni cristales, ni escaparates donde encontrarme-; hay un mosaico. A los pueblos se les conoce por sus aceras -también-. Las de París son macadán contenido, reparable; y los franceses miran al cielo, quien sabe si en busca de sol o de una de esas deidades que moran Melilla. En Lisboa son fantasías, juegos de tacos reproduciendo ondas, lazos; en todas las calles; brillantes. Y bajar la vista se vuelve un gozo. En parte -por qué no-, las sociedades avanzan como sus calles, se han ido ordenando a la vez que sus aceras. Y a veces, solo a veces, embelleciéndose para expresar un ánimo distinto, mejor -como el del Campidoglio-. Mirar una ciudad desde arriba -tan alto como Petrarca, Yahvé o Alá-, debe parecerse mucho a un juego, uno de esos de piezas que siempre casan, aunque no encajen, de todos los colores. Cuando era pequeño, mi madre las guardaba al fondo de un tambor de detergente. Yo las derramaba con su olor a jabón, con ánimo constructor, definiendo plantas nuevas; siempre imposibles. Nunca les puse una valla, ni una frontera, ni un foso. Solo el horizonte natural de una alfombra persa roja con algunos nudos deshechos; el parqué de pino acuchillado en verano. Lo añoro. Y el tren que atravesaba una montaña de papel con musgo pintado en la maqueta que me legaron los reyes -y que había construido para mí el hermano mayor de mi madre, esa figura profética que, en un tiempo, me asustaba-.

placeholder Pavimentos de Lisboa.
Pavimentos de Lisboa.

Ahora el que va en un tren soy yo -“vagón de silencio”; invento necesario-, a través de túneles de hormigón ahumado. A Jerez de la Frontera. A sentir flamenco -“porque el flamenco ni se ve ni se escucha, se siente”, dice siempre Aída Gómez-. Me quieren llevar a la peña de Luis de la Pica, otro patio -que fue de colegio- y hoy se encapota con una malla verde con ínfulas de parasol. En el escenario, improvisada tarima con sillas de enea y lunares, canta y baila una familia que se sigue pareciendo a las de los cuadros de Gutiérrez Solana. Todas las edades para un mismo fin, postrarse ante el altar de la belleza -que es otro dios diferente, infinito-. El verano nos vuelve a muchos Goethe, buscando encontrar tierras y gentes, rescatando al nómada que nunca se fue. Mi particular Viaje a Italia está siendo aquí, por aquí, en España. Y es que, lo mismo que Cecilia, “quiero ser peregrino”.

El lunes estuve en Melilla -que es mucho más que una valla-; mirando al mar -como Jorge Sepúlveda- desde una construcción que bien podría pasar por estrella caída en mitad de un jardín -modernista y susurrado por Mari Trini-. Volé para ver teatro -del que “no se puede prescindir”, que dijo Chéjov-, y en el Hospital del Rey, en su patio porticado, Eurípides llenó el cielo; la voz de Hécuba -acariciada con mimo por Fran Antón- llenó el cielo. La ciudad autónoma es un decorado en sí misma; con sus lienzos de piedra caliza sosteniendo el agua, en talud; con un catálogo de la flora más variada -y muy poco africana- colgando de sus fachadas. Acodado en uno de los pretiles que fue defensivo -como si fuera un cañón-, junto a Fadela Mohatar -que es 'amazigh'-, pude ver una de esas procesiones que son credo y dramaturgia, la del Carmen; desde mi palco de roca dorada. Una hermandad femenil sosteniendo una talla de la madre de Dios -de uno de los dioses que allí se reza-, con sus escapularios y sus pasos pequeños, en mitad de un silencio roto por el vaivén de los abanicos -colisionando con vehemencia en los pechos descubiertos-; por el calor.

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