Se nos rompió el tiki-taka de tanto usarlo

Con la eliminación de España del Mundial de Rusia 2018 llega otra etapa dentro de la Piel de Toro. Del tiki-taka al zasca-zasca. No habrá paz para tanto 'malvado' como saldrá

Foto: Koke siendo consolado por sus compañeros Piqué y Busquets. (EFE)
Koke siendo consolado por sus compañeros Piqué y Busquets. (EFE)

Lo bueno de esta eliminación es que no deja nada a lo que agarrarse. No cabe hablar de mala suerte, ni quejarse del arbitraje. No recibimos ni una mala patada. Y tampoco puede decirse que los rusos parecieran dopados, terminaron fundidos pero sin agobios. La parte positiva está en que estamos sin excusas: nuestra Selección no merece estar entre las ocho mejores del mundo. Y ya está.

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Tenemos ahora la ocasión de practicar otro deporte en el que siempre destacamos: buscar culpables, señalar chivos expiatorios y colgar sambenitos. En eso los españoles siempre fuimos temibles.

Unos apuntarán a la portería. De esa caza de brujas se encargarán los que santificaron a Iker Casillas antes de pedir su descenso a los infiernos. De Gea era el futuro, decían. Pero ya no, ya no se mueve. Viene de ser el mejor de toda la Premier League haciendo la estatua jornada tras jornada. Se veía venir, acabarán contando.

Otros comentarán lo ocurrido con el respeto del que masca chicle en el tanatorio. Ya se sabe que el fútbol es el mejor de los terrenos para los profetas del pasado. Resulta que llegamos al Mundial llevando a cuestas una generación acabada. Tipos que no pueden con las botas y que, sin embargo, no se cansan de ganar. Doblete en copa y liga de a pesar de Iniesta, Busquets y Piqué. Histórico campeonato del City, a pesar de las 26 victorias de Silva en 29 partidos.

El sentido del deber de Hierro

Además, claro, casi todos pondrán el foco sobre Hierro. Es fácil. Ha cometido el pecado de estar donde se le ha pedido en un momento de máxima gravedad. Pudo haber sido víctima de un autosugestión imprudente y humanamente comprensible. Es posible que su sentido del deber le ocultase lo evidente: la responsabilidad le venía grande.

Sin embargo no ha dejado de ser imprescindible, por lo menos para una persona. Es curioso, quien le nombró le necesita estos días mucho más que mientras hubo Mundial para España. Rubiales sabe que el seleccionador no puede irse demasiado pronto porque es el único cortafuegos que le queda tras haber tomado una decisión dictada por el ego en lugar de por la razón.

Lo cierto es que Lopetegui, por capricho del destino o por cálculo en la Castellana, sale indemne de la catástrofe. Supongo que sentirá ahora la mezcla de tristeza y alivio de quien, por incidente de última hora, no sube al avión que acaba estrellándose.

Lo inesperado, salvo para el hijo que nunca había visto un fracaso de estas dimensiones, no era la eliminación. La conmoción viene de haber jugado tan rematadamente mal ante un equipo así de mediocre. Llegamos a la prórroga habiendo olvidado que la portería contraria existe, con más de mil pases acumulados y nada más que cinco tiros, esto es, doscientos por disparo.

¿Puede volver a ocurrir lo mismo?

La cuestión es si detrás de esa cifra hay un ejercicio de barroquismo o un problema no del todo identificado. En ese caso, la pregunta resultaría inevitable. ¿Puede volver a ocurrir lo mismo?

Hay motivos para temerlo. Hubo episodios en el encuentro ante Rusia –también frente a Irán o Marruecos- en los que vimos a un equipo secuestrado por su propia nostalgia, intentando ser lo que fue aunque ya no se puede. Tiene lógica, casi siempre el pasado nos pesa más de lo que pensamos.

Revivir en lugar de vivir. Como sucede en Benidorm cada vez que suena una canción del Dúo dinámico. Como nos pasaba en el deporte hasta Barcelona 92 cuando evocábamos 'la furia española' que emergió en Amberes 1920

Cuando fuimos los mejores

Eurocopa 2008. Mundial 2010. Eurocopa 2012. A veces pasan amores que nos dejan enganchados y no hacemos más que tirar y tirar de nuestro propio sedal. Fuimos los mejores y estuvo mejor que bien. Pero ya está terminado.

En algún momento habrá que darse cuenta de que volcamos lo mejor de nosotros para prolongarlo y no bastó. Dejemos atrás el autoengaño. En este deporte, podremos volver a ser una potencia mundial cuando nos demos cuenta de que ya no lo somos, cuando seamos capaces de ver que lo más valioso del recuerdo está en lo que no puede doler, en el inicio.

Hace algo más de diez años, hubo un comienzo. Un tipo cargado de años y propenso al mal humor fue capaz de borrar la pizarra entera. Luis Aragonés no era un esteta, pero sí un míster práctico y audaz. Miró y comprendió que los mejores jugadores españoles no destacaban por ser los más altos, los más duros o los más rápidos del mundo; sino por tocar y mover la pelota como nadie. El estilo de juego nació de la materia prima y no al revés.

Ya no están Xavi, ni Xabi –por citar únicamente dos-, pero todavía continuamos empeñados en jugar como si estuviesen todos ellos. En parte por añoranza, en parte por comodidad intelectual.

Tener la posesión o dominar al rival

Pensamos que España sólo puede jugar de una manera. Por una especie de tiranía ideológica hemos llegado a convencernos de que la única forma de jugar bien pasa por tener la posesión. Hasta tal punto es así, que nos decimos “hemos dominado a Rusia”, cuando todo lo que hicimos fue tocarla sin parar, sin velocidad, de izquierda a derecha y vuelta a empezar.

El 'guardiolismo' es un dogma, una intelectualización del estilo, que empobrece al espectador y al jugador. Uno puede y debe disfrutar viendo a un equipo defendiendo como lo hace Uruguay, aplaudir la verticalidad de Bélgica, o emocionarse con los contraataques que despliega Francia. Hay belleza, por supuesto que sí, también ahí.

El día en que todos pasemos página al brillante pasado de la Selección podrá comenzar a escribirse una página nueva y distinta. Una historia diferente con lo mejor que tengamos. Arte como el de Isco, que no es poco. La otra posibilidad, ahora que queda constatado que se nos rompió el amor de tanto usarlo, es seguir como si no hubiese ocurrido nada. Seguir perdiendo en el marcador, derrotándonos en la mirada, pero creyéndonos muy superiores a los demás. Todo el rato.

Esplendor en la hierba
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