Vox dispara el pánico de Casado y Rivera

Una derecha que se comporta como una izquierda y 11 millones de votos dispersos que podrían arrebatar Congreso y Senado a PP y Ciudadanos. Si no cooperan, quizás ninguno llegue a presidente

Foto: Acto de Vox en Santander. (EFE)
Acto de Vox en Santander. (EFE)

El pánico avanza imparable por las vísceras de la derecha, como una plaga, arrasando a Partido Popular y Ciudadanos. "Imagínate. Están acojonados. El PP catalán presenta sus candidatos en Barcelona media hora antes del acto de Vox. Las comparaciones por la asistencia pueden ser odiosas", me confiesa un popular. Ni se aman, ni cooperan. Se odian íntimamente. Santiago Abascal exhibe hoy su poderío en el feudo de Cs, Cataluña. Y Albert Rivera viaja a Ciudad Real, donde Vox tiene un gran apoyo, según los sondeos.

Es el sainete de una derecha más preocupada por frenar los trasvases de votos internos que por ensanchar su base el 28-A. "Uy, ¡y no hemos visto nada aún!", celebra un áulico de Moncloa. El nerviosismo en el PP por Vox arroja a diario estampas folclóricas —pintorescas: generales, toreros...—. "Alguien tendrá que hacer de diputado", se burla un parlamentario saliente. Las listas de Pablo Casado son ya el programa político para suplir el auge identitario 'voxita'. Y a veces sublima el esperpento, como con los patinazos de Suárez Illana con el aborto.

Por su parte, la estrategia de Rivera es desconcertante. Cs lucha desde hace semanas para frenar la fuga de votos hacia la derecha: veto a Pedro Sánchez, al PSOE e, incluso, a Ángel Gabilondo en Madrid, uno de sus candidatos mejor valorados, desembarco de Inés Arrimadas en el Congreso… A la vez, Cs rechaza las listas conjuntas al Senado con el PP. Eso hubiese sido un aval de fuego sobre su blindaje a la derecha. Incluso, complicaría la tarea de un posible Gobierno de Sánchez para presionar con el 155, en caso de controlar esa cámara. Cs sólo prevé esa coalición con el PP post 28-A. ¿Quo vadis?

En su afán de sorpasar a Casado, Rivera cree que es mejor no pactar antes con ellos. Ahora bien. La jugada les deja de facto las manos libres para acuerdos postelectorales. En un contexto de polarización, a Ciudadanos le perjudicaría que se repitieran las elecciones si la derecha no suma. La marcha de Arrimadas del Parlament deja huérfano su buque insignia: "Renunciaron a Cataluña", critica un popular. Cs apostó fuerte y se juega mucho en el hecho de ser crucial para el próximo Gobierno.

Ajeno a ello, Vox galopa con su maniobra 'made in USA'. "Buscan activar un votante que es diferente entre sí, pero que puede sentirse vinculado al rechazo por los mismos temas", analiza un estratega de Podemos. Armas, feminismo, caza, memoria histórica… El combate contra lo ‘políticamente correcto’ inocula desconfianza en los ciudadanos, sobre si los políticos de turno les mienten. Cala, pues se dirigen a sus nichos de voto directamente a través de las redes, desacreditando y evitando la tarea de los medios.

Ciudadanos apostó fuerte y se juega mucho en el hecho de ser crucial para el próximo Gobierno

Aunque es difícil vaticinar qué lugar ocupará Vox el 28-A. A corto plazo, se ve como un apéndice del PP. Y José María Aznar sale a confrontarle, a cuenta de la "derechita cobarde". En el largo plazo, hay dudas sobre su arraigo. Vox renuncia al discurso transversal de barrio obrero —que usó el Frente Nacional francés para captar voto socialista desafecto—. Si bien, su identitarismo tiene recorrido por el 'procés' y la inestabilidad política. Pero la estrategia puede cambiar a las puertas de una desaceleración económica.

En el impase, el sainete testosterónico de la derecha encumbra al PSOE. El Gobierno del relator se ha convertido en el partido de orden de la política española. "No contesta cuando le insultan, se mantiene en su sitio", dicen sobre Sánchez un grupo de señoras en el autobús. Los asesores de Moncloa explotan esa imagen de estadista. Exhibiciones de color con las banderas. Y un paquete de medidas sociales populistas que aparte el eje territorial de la campaña, pese a las meteduras de pata de Miquel Iceta­.

Una derecha que se comporta como una izquierda y 11 millones de votos dispersos que podrían arrebatar Congreso y Senado a Casado y Rivera. Si no cooperan, quizás ninguno de ellos llegue nunca a presidente. A Robert Axelrod, estudioso de la Teoría de Juegos, le valió un Premio Nobel descubrir que el egoísmo clásico del dilema del prisionero no siempre es el escenario más beneficioso. A la derecha le puede costar el Gobierno —o varios gobiernos—.

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