Iglesias y el silencio de los intelectuales progresistas

La alarma que tendría que activarse con este episodio va mucho más allá del turbio origen de los hechos, se rebela en los silencios que han surgido tras la tentativa de intimidación y sometimiento

Foto: El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)

“El libre intercambio de información e ideas, el alma de la sociedad liberal, está siendo restringido diariamente. Podíamos esperar esto desde la derecha radical, pero la lógica de la censura se está extendiendo también en nuestra cultura: intolerancia hacia las opiniones opuestas, olas de humillación pública, ostracismo, tendencia a reducir la complejidad política en certezas morales y cegadoras. Defendemos el valor de un debate robusto en todos los ámbitos, incluso cáustico en ocasiones. Sin embargo, ya son demasiado comunes las llamadas a castigar severa y velozmente, las acusaciones de transgresión en la expresión y el pensamiento”.

Estas palabras son un aldabonazo en la conciencia democrática norteamericana. Vienen escritas en primera persona del plural, firmadas por muchos de los tótems del pensamiento progresista occidental. Conforman una denuncia en toda regla.

El texto publicado en 'Harper´s' es para enmarcar. Resulta valioso por su coherencia y por su valentía, porque supone una toma de posición costosa en una sociedad enfermada por el populismo y porque transmite lealtad, civismo y patriotismo. Amor a los valores fundamentales de las sociedades liberales.

Por todo eso y por una razón más. Esa carta también nos es útil a nosotros. Puede trasladarse al lado de acá, a esta orilla del Atlántico. No, no hablo solo de Hungría o de Polonia. Me refiero a mi propio país, a esta España que sale del primer tramo de la crisis sanitaria con más división y crispación, en lugar de con más unión y voluntad de entendimiento. Me refiero, muy especialmente, a la insoportable gravedad de lo que hemos tenido que ver: todo un vicepresidente del Gobierno poniendo en la diana a periodistas. La nueva normalidad debe ser esto, invitaciones para agredir a quienes informan y opinan libremente. La cotidianidad iliberal.

La alarma de riesgo democrático que tendría que activarse con este episodio va mucho más allá del turbio y cutre origen de los hechos, se revela en toda su dimensión en todos los silencios que han surgido tras la tentativa de intimidación y sometimiento.

No hay duda en los motivos que han llevado a Sánchez a dar la callada por respuesta. Ni siquiera es interesante a estas alturas, el viejo PSOE de las luces se apagó en 2014. La cuestión de fondo es otra. La pregunta candente es por qué no han levantado la voz los intelectuales progresistas, por qué tras el intento de coacción de Iglesias lo único que hemos oído es el silencio de los corderos.

¿Dónde está la generación de intelectuales de izquierdas que contribuyó a levantar nuestra democracia cuando hoy se pone a periodistas en el punto de mira del poder? ¿Dónde está la siguiente hornada? ¿Y dónde la mía? ¿Hay alguien sensato entre los que vienen detrás?

Iglesias y el silencio de los intelectuales progresistas

Todos los que no están más allá del mal y del bien están bajo las piedras. En buena medida porque en España, y ya desde hace tiempo, está actuando un progresismo iliberal tan peligroso como el otro. Y también puede desembocar en autoritarismo, porque es igual de reaccionario que el de la extrema derecha. Igual de falsario. Iguales en el método, iguales hasta en el vocabulario.

Por la izquierda del espectro político español patrulla la policía del pensamiento. Antes circulaban en las milicias de la red, ahora también hacen la ronda por los pasillos del sistema. Llevan uniformes más caros y van también mejor armados.

Son los vigilantes de la ortodoxia, los sargentos de la pureza, los capitanes que reparten certificados de buena conducta y multas por herejía, los tenientes que distribuyen bulas y canonjías. Tienes que pensar así. Tienes que escribir así. Tienes que informar de esta manera. Y si no, pues ya sabes: anatema. Anatema por machista, por españolista, por fascista en cualquier caso.

En la izquierda como en la derecha, los administradores de la moral ajena tutelan la verdad política y social como hace siglos se velaba por la verdad religiosa. Sin margen a la interpretación, a los matices, a las dudas. Pero con total hipocresía, porque su comportamiento privado encaja mal con su discurso público. Eso sí, ahí no se puede entrar. En tu cabeza sí, en su chalé no.

Los propietarios del dogma de esta izquierda disecada, vaciada, transforman la cima de su vertedero ético en una atalaya de superioridad moral. Y desde allí vigilan al sospechoso de pensamiento crítico, tratan de controlar la información y el conocimiento. Y cuando cae la noche, señalan. Antes se levantaban antorchas para las cazas de brujas, ahora la jauría humana se ilumina con las luces de los teléfonos móviles.

En la izquierda, la generación de los mayores se rajó por vanidad hace tiempo. Se cagaron en sus propias neuronas desde el primer instante en que decidieron someterse a lo políticamente correcto. Lo hicieron porque tuvieron pánico a que se les tachase de desfasados. Abandonaron el lenguaje y luego lo demás. Confundieron lo reciente con lo moderno, plegaron velas, ni siquiera se atrevieron a preguntar. No quisieron molestar cuando la cuestión de clase, la causa de la justicia social, se sustituyó por lo que parecía una fiesta y acabó siendo un choque entre identidades.

Iglesias y el silencio de los intelectuales progresistas

Los que ahora callan, la gran mayoría, como ocurre entre los que contamos las mismas décadas, no levantan la cabeza porque tienen miedo o porque están subvencionados. Miedo al discurso del odio. Subvenciones a precio de tertulia o de factura en la universidad. Es humano, tan inevitablemente humano, que casi no hay más remedio que aceptarlo.

Quizá lo más trascendente no sea eso, no sea la vida sino la historia. En términos históricos, gran parte de lo que defendió la cultura liberal está siendo ideológicamente derrotado por el populismo.

Como ocurre en la derecha, la izquierda está comprando los valores, los métodos y el lenguaje del populismo. Todo. El vencimiento no se ha decantado todavía hasta los números. Da igual, si los más jóvenes no lo remedian, solo es cuestión de tiempo.

La prueba está en que dentro de cada uno de los bloques los extremos condicionan y someten moral y verbalmente a los dóciles moderados.

La demostración está en que los intelectuales que se consideran de izquierdas han visto a Iglesias amenazar a un puñado de hombres libres y, en lugar de poner el grito en el cielo, están dando las gracias porque el rayo ha caído en otro lado. Gracias, pero sí, calladitos. Por si acaso.

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