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Nochebuena: solo una vez al año. Pero qué vez. Pero qué año
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Ángeles Caballero

Ideas ligeras

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Nochebuena: solo una vez al año. Pero qué vez. Pero qué año

Las entrañables comidas de Navidad siempre generan momentos de tensión que he decidido convertir en risa y en artículo desde hace años

Foto: Foto: Pixabay/jplenio.
Foto: Pixabay/jplenio.

Yo también criticaba a las madres de España por darle vueltas y más vueltas a la cena de Nochebuena. Y este año me he visto tres semanas antes haciendo cola en La Carpetana, una tienda de San Lorenzo de El Escorial, con la sana y firme intención de llevarme dos botellas de vermú que una vez vaciadas en estas entrañables fiestas nos servirán de jarrón de lo bonitas que son. Porque la estética y el hígado son compatibles. Y tengo el congelador lleno de gambas, merluza, una gallina troceada, carrilleras por si acaso. Quién me ha visto y quién me ve.

En la puerta de esa tienda de la sierra de Guadarrama encontré a una señora con el pelo muy largo, muy teñido, muy rubio. Una mujer cuya cara era la mezcla perfecta de Josele Román y María Jiménez, de esos rostros gastados de haber bebido, vivido y cuantos participios sean posibles.

Foto: Fuente: iStock.

Llevaba un abrigo de pieles hasta los pies, el pijama por debajo y unas botas UGG viejas y rotas. La acompañaba un perro enorme, precioso, negro, de esos que tienen la lengua morada y que no parecen precisamente la alegría de la huerta. Para amenizar la espera, sacó su móvil del bolsillo, puso canciones de Abba y arrancó a bailar.

Yo la miraba con una mezcla de envidia y temor esperando a que entrara en la tienda, pero se giró y me dijo: “Pediré desde la puerta porque soy negacionista y no me dejan entrar. Menudo cuento os han contado”. A continuación, pidió un poco de cecina y queso y la dependienta le pidió que se alejara de la puerta porque estaba ahuyentando a los clientes. Volvió a girarse y me dijo: “Vaya porquería de hombres los de hoy. A ver si conozco a alguno que por lo menos me saque al perro”. Cogió su paquete, lo pagó y siguió su camino.

Afortunadamente, esa señora no cenará conmigo en Nochebuena. Aunque, con la escasez de bailones en la familia, no me vendría mal que alguien me acompañara.

Foto: ¡Comienza la batalla contra el 'cuñadismo'!

Las entrañables comidas de Navidad siempre generan momentos de tensión que he decidido convertir en risa y en artículo desde hace años. Por ejemplo, siempre está ese familiar agorero y gruñón al que todo en general le parece una porquería. Engloba todo en su crítica feroz, aunque con la segunda o tercera copa de sidra o lambrusco afinará el tiro y sus intenciones.

Brindará por la marcha de Pablo Iglesias, continuará con el bilduetarrismo, el independentismo y terminará diciéndote que somos todos unos borregos, que nos está bien empleado. Tú dirás que sí a todo aunque no sepas a lo que se refiere, porque eres izquierdita cobarde y ni siquiera te atreves a desengrasar mencionando el nuevo buen cutis de Pedro Sánchez.

Total, para qué, se trata de que te dejen recoger pronto los platos y ponerte cómoda para la partida de chinchón de después. O el Cluedo —el Risk es demasiado largo—, un parchís. El polvorón de Estepa, el chocolate, la dieta de piña del día después, las sobras con las que empezarás el año.

Foto: Foto: Reuters.

También, si nada lo remedia, tendrás sentada a la mesa a esa otra criatura en plena edad del pavo, pura revolución hormonal, a la que todo cuanto digas y hagas le parecerá rancio, casposo, del Pleistoceno. Contestará a todo con un “uff” y, cuando menos te los esperes, pedirá que el mundo explote cuando ese alguien que puede ser tu cuñado, tu suegro o hasta tu tía se eche unas risas a costa de decir “todes” o haga el ya clásico: “¡Es que ahora no se puede decir nada, estáis todas en un plan!”.

Y donde antes había pausa dramática, complicidad incluso, ahora ellos, adolescentes perdidos, se levantarán de la mesa y dirán: “Pues sí, ¿qué pasa?”. Tú, derechita cobarde esta vez, levantarás el plato con los pimientos de piquillo y la ventresca como bandera blanca, mirarás al cielo y darás las gracias por la salud del abuelo de 88 años y, sobre todo, por su cada vez más evidente sordera. Buscarás cualquier excusa para levantarte, ir a la cocina y te dirás a ti misma: “Es solo una vez al año. Pero qué vez. Pero qué año”. Volverás, te sentarás y verás que el tema de conversación ha cambiado. No necesariamente a mejor.

Porque está esa otra persona de la familia a la que consideras pura templanza, un ejemplo para el resto. Esa con la que conectas desde siempre, desde que empezó a salir con tu hermano. Pero algo ha pasado este año. Te dirá, mientras devora el lomo embuchado, que ha sido mala idea vacunar al niño porque a saber lo que lleva eso que le han metido en el cuerpo. Te dirá que ella tiene las dos dosis, pero que, salvo que la obliguen, no se pondrá la tercera.

Foto: Comida de Navidad. (EFE) Opinión

Dirá como argumento —mientras ataca el jamón esta vez— que no quiere que dentro de 20 años le digan que tiene una enfermedad por aquello que le inocularon. Tú te callarás, sonreirás porque es lo primero que se te ocurre y sabes que es cuestión de esperar al momento soñado. Cuando todas esas personas se vayan y pases la aspiradora a toda velocidad para bajarte de los tacones que no sabes llevar y pongas los pies en alto. Dirás que el año que viene nada de ibérico, que con cebo van que se matan. Promesa que, como siempre, no cumplirás.

Porque tú has hecho todo con la mejor de las intenciones y con esa especie de altruismo por egoísmo. Porque sabes que de ahí tienes material suficiente para varias columnas y 12 meses de conversaciones matrimoniales. Y solo por eso bastaría. Pero no has pedido tanto.

Sabes que de ahí tienes material suficiente para varias columnas y 12 meses de conversaciones matrimoniales. Y solo por eso bastaría

Por eso te acuerdas de la madre que trajo a ese otro ser de luz que le pone pegas a todo. Al que te dice que has hecho una cena poco sostenible, ese que te reprocha la pesca intensiva mientras chupas la cabeza de una gamba, ese otro que te dice que todos los años los mismos entrantes y los mismos salientes.

Foto: El roce hace el cariño... y las peleas. (Hans Neleman/Corbis)

Y tú, cuyo cuerpo amaneció oliendo a guiso y ahora destila brillos y perfumes, tienes ganas de decirle que puede meterse su creatividad por donde le quepa, pero, con elegancia exquisita, copa de vermú en la mano, le dices que el próximo año quizá puede ayudarte con la compra, también con los entrantes y los salientes. Mientras, confirmas el sitio del salón en el que colocarás la botella vacía desde ahora convertida en jarrón y miras la mesa sobre la que reposa tu móvil.

En la pantalla, un mensaje. Es tu amiga Raquel, que está a lo importante. Ya sabe los nombres de quienes le han puesto esa piel de porcelana al presidente del Gobierno. “Prepara la cartera”, añade. Lamento no haberla sentado a la mesa.

Que ustedes lo pasen bien. Feliz Navidad.

Yo también criticaba a las madres de España por darle vueltas y más vueltas a la cena de Nochebuena. Y este año me he visto tres semanas antes haciendo cola en La Carpetana, una tienda de San Lorenzo de El Escorial, con la sana y firme intención de llevarme dos botellas de vermú que una vez vaciadas en estas entrañables fiestas nos servirán de jarrón de lo bonitas que son. Porque la estética y el hígado son compatibles. Y tengo el congelador lleno de gambas, merluza, una gallina troceada, carrilleras por si acaso. Quién me ha visto y quién me ve.

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