Crimen de Almonte: el misterio de la luz encendida

Una nueva hipótesis del doble asesinato sería el testimonio de un guardia civil que asegura que la luz de la vivienda se apagó sobre las cuatro de la madrugada

Foto: Francisco Javier Medina, acusado del doble crimen de Almonte, llegando a la Audiencia Provincial de Huelva. (EFE)
Francisco Javier Medina, acusado del doble crimen de Almonte, llegando a la Audiencia Provincial de Huelva. (EFE)

La Justicia española es un imposible metafísico, protocolos del siglo XIX que conviven con tecnologías del siglo XXI. En un juicio como el que se celebra en Huelva, por el doble asesinato de Almonte, hay tantos aspectos que chirrían, tantos absurdos trasnochados, que unido todo ello a las carencias materiales de la administración de Justicia española, el milagro de cada día es que, a pesar de todo, el sistema funcione y que conservemos la confianza en el Estado de derecho.

En ese caos asumido, la frustración final que se lleva el espectador es que los años de investigación realizados en un proceso penal, las pruebas recopiladas, los cientos de testimonios acumulados, acaban perdiéndose, muchas veces por mor de las estrategias o las zancadillas de las partes personadas en el juicio o por la rigidez de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, promulgada por Real Decreto de 14 de septiembre del año de 1882, cuando se descubrió el bacilo de la tuberculosis, el mundo se comunicaba por telégrafo y en la Rusia de los zares nacía Igor Stravinski. Pero hay algo que no ha cambiado desde entonces: un proceso penal como este tiene que servir para encontrar al asesino, no para señalar a un culpable. Es un principio sagrado en derecho, quien acusa tiene que probar, 'onus probandi'.

Cuando faltan pocos días para que el juicio quede visto para sentencia, lo realmente sorprendente de la vista oral ha sido cómo se ha esquivado la escena del doble crimen de Almonte para llenar la investigación de la tragedia con las especulaciones más variopintas que en nada explican lo que de verdad pudo suceder allí. Una de las reconstrucciones más pintorescas del doble asesinato fue la de Juan José Hellín Moro, un guardia civil retirado de Huelva, dicharachero, que al cabo de una vida de ejercicio en el cuerpo montó con su familia su propia agencia de investigación, con aires de CSI. En este caso, ha llegado al juicio como perito principal de las acusaciones particulares y del Ministerio Fiscal, aunque la pericial se la encargó el letrado que representa a los padres del hombre asesinado junto a su hija de ocho años, Miguel Ángel Domínguez.

Si la explicación que ofrecen los investigadores de la UCO de la Guardia Civil se quiebra por la imposibilidad de cuadrar los tiempos, el cronograma imposible, la versión de los hechos que ha aportado este perito agrava tanto esas contradicciones que acaba convirtiéndose en un cronograma irrisorio. Volvamos al origen de este caso: se trata de explicar cómo pudo Francisco Javier Medina cometer el doble asesinato del exmarido de su pareja de entonces, Marianela, y de su hija, María, de ocho años. Era sábado 27 de abril de 2013 y el crimen se comete en torno a las 10 de la noche. Las únicas acotaciones que tienen que respetarse escrupulosamente en toda hipótesis, porque son inamovibles, son dos referencias contrastadas de teléfono: las 22:03, que es cuando se está produciendo la agresión y lo oye un vecino, y las 22:09, que es cuando el acusado del doble asesinato se encuentra en otro punto de la ciudad, hablando por teléfono con Marianela.

En el bar contiguo al domicilio en el que se produjo el asesinato, había hasta tres guardias civiles fuera de servicio cuyos testimonios se han ignorado

Portal donde se ubica la vivienda del doble crimen de Almonte. (Javier Caraballo)
Portal donde se ubica la vivienda del doble crimen de Almonte. (Javier Caraballo)

Según la reconstrucción del doble asesinato que realizó el citado perito de la acusación, en esos seis minutos sucedió lo siguiente (las comillas son del propio perito): tras una intensa pelea que dura “cinco o 10 minutos”, el asesino, que era “una máquina de matar”, se va hacia el dormitorio en el que se ha refugiado la pequeña, ya con su padre abatido, y la apuñala en el suelo, tras bajarla de la cama cogiéndola por los pelos. Con posterioridad, se va hacia los dos cuartos de baño de la vivienda. En uno de ellos, “coge una toalla y se la lleva al otro cuarto de baño para limpiar el cuchillo” empleado en la masacre, “un cuchillo profesional que corta como una cuchilla”. Luego, se introduce en la ducha y se lava los zapatos y los pantalones porque los tiene “chorreando de sangre”. En el lavabo, se lava “las manos y la cara o la cabeza” y se seca en tres toallas distintas de los dos cuartos de baño. Resultado: deja su ADN pero solo en las toallas limpias, en ninguna manchada de sangre; en tres toallas limpias y solo el ADN: ninguna huella dactilar, ningún pelo o algún otro resto biológico. En la escena del crimen, aparecieron huellas dactilares y más de medio centenar de pelos, pero no se ha identificado a nadie. Por supuesto, tampoco son del acusado. ¿Quiere decir que el meticuloso asesino que iba perfectamente pertrechado para no dejar huellas, luego se lava en los dos cuartos de baño y se seca en tres toallas distintas? Según este perito, sí; la defensa mantiene que el ADN llegó a las toallas limpias a través de Marianela, con la que convivía el acusado, y se encargaba de lavar y colocar las toallas.


Sigue la versión del perito acusador: Tras lavarse, el asesino sube hasta la azotea y luego baja de nuevo. Abre una de las ventanas del piso para ver si puede salir a la calle sin que nadie lo vea y, aunque a esa hora está abierto el bar contiguo a la vivienda y es fiesta en el pueblo, logra “salir corriendo” sin que nadie lo vea. Antes, es de suponer que se ha vuelto a cambiar de ropa, se ha colocado el uniforme de Mercadona, y ha guardado el cuchillo, los guantes, los pantalones forrados, la capucha que utilizó para el asesinato y los zapatos, que aunque eran dos tallas mayores que las del acusado, sostienen que lo hizo para despistar. Nada de todo eso se ha encontrado luego. Baja a la calle, coge su coche, se dirige otra vez al supermercado y, tras un trayecto de, como mínimo, tres o cuatro minutos, aparca de nuevo, se confunde con el resto de trabajadores del Mercadona que salía a esa hora y, sin un solo atisbo de anormalidad, llama por teléfono a su pareja para quedar a cenar y alquilar una película de vídeo. Horas más tarde, “entre cuatro y seis horas después”, vuelve a la escena del crimen “para hacer las camas”. Fin de la reconstrucción del perito.

Pero, cómo, ¿qué el asesino vuelve al lugar de crimen para hacer las camas? Es un aspecto tan desconcertante que ni el propio autor de esta teoría es capaz de explicarlo: “Ni idea: en mi larga experiencia, no he visto nada igual”, dijo Hellín en el juicio. Sin embargo, algo se esconde bajo lo absurdo de esa tesis del asesinato de Almonte. Uno de los aspectos más llamativos del lugar del crimen es que en el bar contiguo al domicilio en el que se produjo el asesinato había hasta tres guardias civiles fuera de servicio cuyos testimonios se han ignorado, presumiblemente porque nada aportan. Pero sobre todo uno de ellos es, al menos, misterioso: a la hora del crimen había una luz encendida que se apagó sobre las cuatro de la madrugada. En concreto, lo que dice David, un guardia civil amigo del propietario del bar, que entonces se llamaba pub The Cavern, es que sobre las 11 de la noche en la ventana izquierda del domicilio en el que fueron asesinados el padre y su hija se veía una luz encendida, que le llamó la atención porque nunca lo estaba, y que cuando volvió a salir a la calle para tirar la basura, sobre las cuatro de la madrugada, ya estaba apagada.

¿Quiere decir eso que el asesino esperó a que fuera de madrugada, y la calle estuviera desierta, para abandonar el lugar del crimen? Sería una hipótesis, pero no se contempla porque excluiría a Francisco Javier Domínguez y la tesis exclusiva de la acusación es que todo se resolvió en 10 minutos y que después, con toda normalidad, el acusado se fue a pasar la noche con su pareja, Marianela, que ahora también le acusa, y estuvo con ella: cenaron caracoles y hallullas e intentaron ver la película que había alquilado, ‘El príncipe de Persia’, pero no les funcionó el vídeo. Se acostaron y durmieron hasta el amanecer.

Matacán

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