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Un día en la boca de Echenique
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Javier Caraballo

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Un día en la boca de Echenique

Nada puede igualarse a la sensación gélida de pensar en este hombre, embebido en su constante bregar contra todos los fascistas del mundo

Foto: El portavoz de Unidas Podemos en el Congreso, Pablo Echenique. (EFE/Fernando Villar)
El portavoz de Unidas Podemos en el Congreso, Pablo Echenique. (EFE/Fernando Villar)
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Un día, un solo día, en la boca de Pablo Echenique sería un ejercicio de alto rendimiento, una prueba de estrés, un desayuno de cicuta, una sobredosis de bilis. No todos podrían soportarlo, esa dosis de mala leche permanente solo la toleran unos pocos elegidos… Elegidos para que el resto de la humanidad comprendamos que no hay que vivir así. Echenique no da ni los buenos días, en cuanto abre los ojos ya hay un fascista que le acecha, al que debe combatir porque es él, y solo él, quien puede y debe quitarle la careta y dejar al descubierto su rostro de capitalista despiadado. Echenique es, en sí mismo, como el poema de un pastor luterano por el que ha pasado a la eternidad Bertolt Bretch: "Primero vinieron los franquistas nostálgicos, y los denuncié. Luego acusé a los liberales, a los democratacristianos y a los socialdemócratas, que son todos unos fascistas camuflados. Luego denuncié a los socialistas, que de ahí salen los peores fascistas, así como a los camaradas comunistas que dudan y siembran la discordia. Y cuando los ataqué a todos, ya no tenía a nadie a quien denunciar, porque solo quedaba yo, el único antifascista del mundo".

Un día en la boca de Echenique es un estrés, un insomnio de mala baba, una cruzada extenuante. En eso, el portavoz de Unidas Podemos recuerda al locutor de las mañanas de radio, que milita en el extremo opuesto al suyo, cuando sostiene que a los españoles lo que les gusta es levantarse cada mañana de una patada en la boca. A veces, he de confesarlo, hasta hago capturas fotográficas de sus mensajes por la carga de humor que contienen, sin que él lo pretenda, claro. Patina tanto, rebosa tanta mala uva, que acaba siendo gracioso. No es broma: Echenique, si se valora como género humorístico, tiene mucho valor. Como el mensaje que puso hace unos días, el sábado pasado. A las tres y media de la tarde, ojo al día y a la hora, escribió esto: “Por supuesto que toda esta ofensiva contra los avances feministas de la Ley del solo sí es sí llegue justo cuando todo el país estaba debatiendo sobre el capitalismo despiadado de Juan Roig, presidente de Mercadona, es casualidad. Puritita casualidad”. Hasta un sentimiento de ternura es capaz de provocar un desnorte como ese. ¡Todo el país debatiendo sobre Juan Roig!, dice el hombre. Sí, sí, di que sí, sobre todo a esa hora y ese día, un sábado a las tres y media de la tarde, están los bares y las terrazas llenos de españoles debatiendo sobre el capitalismo despiadado. Impresionante.

De todas formas, debemos entender que, quizás, el sábado pasado, el pertinaz portavoz de Unidas Podemos aún no se había decidido a atacar con todo su furor a todos aquellos que ponen en duda que la ley del solo sí es sí es el mayor avance feminista del siglo XXI. No se espera nada igual en los 80 años que quedan. Por eso, el portavoz de los morados estuvo amagando unos días, a la espera del momento adecuado. Y ese instante llegó cuando el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se hartó de esperar una rectificación de Podemos y dio órdenes a sus ministros del Gobierno para que reformen la ley de Irene Montero. Era la señal y, para Echenique, saltaron por los aires todas las cautelas previas.

¿Quién quedaba por ingresar en la ultraderecha? Pues para adentro, de cabeza. La ministra de Justicia, la primera. Luego, todos los diputados socialistas y todo el PSOE, con el presidente a la cabeza. Ahí estaba el azote de Echenique: “El modelo anterior, al que quiere volver Justicia (PSOE), y también el PP, es el que preguntaba a las víctimas: “¿Cerraste las piernas? ¿Cuánto habías bebido? ¿Te jugaste la vida pegándole puñetazos? Es tachar el consentimiento, es tachar el solo sí es sí”. Todos ellos forman parte de “una ofensiva de la derecha política, judicial y mediática para destruir uno de los mayores logros del feminismo en 20 años”.

Esa expresión de “cerrar las piernas”, por cierto, debe haberle resultado ingeniosa al inflamador Echenique, porque lo repite en muchos de sus mensajes. Poco, o más bien nada, le importa a este hombre, ni a ninguno de los de su parentela política, que la verdad sea muy distinta, que el consentimiento ya figuraba explícitamente en el anterior Código Penal, incluso en el delito más leve de abusos, que con esta nueva ley ha desaparecido, con las consecuencias penales catastróficas que estamos viendo a diario. Pero figuraba tal cual, artículo 181.1: “El que, sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento, realizare actos que atenten contra la libertad o indemnidad sexual de otra persona, será castigado, como responsable de abuso sexual, con la pena de prisión de uno a tres años o multa de dieciocho a veinticuatro meses”.

Esa era la literalidad. Pero nuestro portavoz morado seguirá repitiéndolo cada mañana, nada más levantarse, con esa sensación de angustia que debe provocar que cada vez sean más los que se pasan al bando de la ultraderecha mediática, política, económica y judicial. De Pedro Sánchez quizá podría esperárselo, pero ¿y de Manuela Carmena? Por los días en los que sucedió el desencuentro, o el desengaño, a la exalcaldesa de Madrid le podrían haber repetido aquello que le dijo Cayetana Álvarez de Toledo, al paso de las carrozas de los Reyes Magos: “No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena, jamás”. Se acaba el día, se apagan las luces y se congelan las fuentes de la ciudad, y nada puede igualarse a la sensación gélida de pensar en este hombre, embebido en su constante bregar contra todos los fascistas del mundo. El último pensamiento del día, que se unirá al cabo de unas horas con el despertar, un mensaje más, otro fascista alanceado en las redes. Un día, un solo día, en la boca de Echenique debe ser algo agotador. Qué portento insultador…

Un día, un solo día, en la boca de Pablo Echenique sería un ejercicio de alto rendimiento, una prueba de estrés, un desayuno de cicuta, una sobredosis de bilis. No todos podrían soportarlo, esa dosis de mala leche permanente solo la toleran unos pocos elegidos… Elegidos para que el resto de la humanidad comprendamos que no hay que vivir así. Echenique no da ni los buenos días, en cuanto abre los ojos ya hay un fascista que le acecha, al que debe combatir porque es él, y solo él, quien puede y debe quitarle la careta y dejar al descubierto su rostro de capitalista despiadado. Echenique es, en sí mismo, como el poema de un pastor luterano por el que ha pasado a la eternidad Bertolt Bretch: "Primero vinieron los franquistas nostálgicos, y los denuncié. Luego acusé a los liberales, a los democratacristianos y a los socialdemócratas, que son todos unos fascistas camuflados. Luego denuncié a los socialistas, que de ahí salen los peores fascistas, así como a los camaradas comunistas que dudan y siembran la discordia. Y cuando los ataqué a todos, ya no tenía a nadie a quien denunciar, porque solo quedaba yo, el único antifascista del mundo".

Pablo Echenique
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