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Gürtel, los golfos del Ferrari rojo
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Javier Caraballo

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Gürtel, los golfos del Ferrari rojo

La grotesca fanfarronería del Ferrari rojo nos coloca delante de lo más irritante de la corrupción, que es esa chulería, el desahogo; ese desprecio altanero que nos escupe en la cara

Foto: La Audiencia Nacional inicia el juicio del caso Gürtel al expresidente valenciano Francisco Camps. (EFE/Pool/Zipi)
La Audiencia Nacional inicia el juicio del caso Gürtel al expresidente valenciano Francisco Camps. (EFE/Pool/Zipi)
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Lo vieron llegar, y algunos de ellos, los más prudentes y temerosos, se apresuraron a darse la vuelta para volver a entrar y no coincidir con él. Cómo arriesgarse a una foto así, qué estupidez. Debió ser uno de estos días fríos de enero, la semana en la que Madrid se convierte en una celebración festiva a la que acuden presidentes, consejeros, concejales y alcaldes de toda España para fotografiarse en sus estands de Fitur, la Feria del Turismo. Cada año parece como si fueran de boda. Nuestro hombre era uno de los más conocidos de los círculos del poder en Valencia, según la única referencia personal que quiso detallar quien contó esta reveladora historia. Esperaban a la puerta del hotel y, estupefactos, lo vieron llegar en un flamante Ferrari rojo. “¿En serio?”, le espetaron. “Pero ¿cómo se te ocurre?”. A lo que el tipo, sin inmutarse, se limitó a decir: “Pues tengo otro igual, pero en amarillo, que es el que utiliza mi mujer”. La persona que le contó la anécdota a quien suscribe nunca quiso ponerle nombre ni apellidos, pero en ese ejercicio libre de imaginación al que nos aboca, bien podría encajarle la cara de algunos de los golfos que hemos conocido en los escándalos de corrupción que minaron al Partido Popular, especialmente este de la Gürtel en la Valencia gobernada por los populares desde las principales administraciones.

Ahora que ha empezado una nueva vista oral de la trama múltiple de ese macroproceso, la grotesca fanfarronería del Ferrari rojo nos coloca delante de lo más irritante de la corrupción, que es esa chulería, el desahogo; ese desprecio altanero que nos escupe en la cara. Esa sensación agria siempre regresa con la misma inquietud: si damos por sentado que la mayoría de los que se dedican a la política es gente honrada, ¿por qué no son ellos los primeros que denuncian en un juzgado a quien da muestras evidentes de estar robándonos a todos? Lo habitual en los casos de corrupción es que los dirigentes políticos se mantengan callados hasta que estalla el escándalo, si es que estalla, y es entonces cuando comienzan a hacer declaraciones pomposas en las que se comprometen, con golpes de pecho, con la “tolerancia cero” frente a la corrupción. Luego, con un cínico ejercicio de amnesia política sobrevenida, se olvidan hasta del nombre de quien ha sido procesado. Todos los imputados de un partido político acaban compartiendo la misma identificación para sus antiguos compañeros, “esa persona de la que me habla”. Solo en privado, en alguna ocasión, admitirán que el excesivo nivel de vida que llevaban era una evidencia de lo que estaba pasando. Pero nunca dijeron nada.

Foto: El expresidente de la Junta de Andalucía José Antonio Griñán. (EFE/Pool/Raúl Caro) Opinión

Este episodio del Ferrari rojo no será ni el último ni el único. Desde el primer gran escándalo de corrupción, el de Juan Guerra, en la España de los años noventa del siglo pasado, siempre ha ocurrido lo mismo. En ocasiones, se ha citado aquí al respecto el caso significativo del exdirigente socialista Manuel Chaves, quien, solo años después, ya pasado todo, confesó en unas memorias del PSOE de la Transición que todos habían sospechado lo que pasaba. “Yo viví el caso Juan Guerra. El partido, y yo el primero, no queríamos creer algo que teníamos la sospecha de que estaba ocurriendo. Bajo ningún concepto podíamos pensar que el hermano de Alfonso Guerra, no con su consentimiento, pero sí haciendo la vista gorda y mirando para otro lado, estaba haciendo lo que estaba haciendo desde el despacho de su hermano”. Manuel Chaves, el hombre que nunca sabía nada, el que se enteraba de todo por la prensa, como Felipe González, y que acabó luego como acabó. En todo caso, la cuestión es que las confesiones tardías, con ese tufo exculpatorio, solo nos sirven para confirmar todas las sospechas de cuánto se tapa en política y cuánto se calla.

Todo es más elemental. La lógica más rutinaria nos revela que es imposible que en los partidos políticos no detecten a los golfos, a sus golfos; esos tipos que se pasan los días de reunión en reunión, horas y horas mirándose a la cara, la vida entera controlando hasta quién va en la lista electoral del último pueblo de la provincia. Cómo no van a ser los primeros en detectar el rápido enriquecimiento de uno de ellos, si en la inmensa mayoría de los casos se conocen desde que empezaron juntos en las juventudes del partido, siendo veinteañeros. En cualquiera de los peldaños de esa escalera que es el poder de los partidos políticos, el hecho de que no sean los propios dirigentes quienes los denuncien en los tribunales de Justicia solo nos conduce a pensar que todos ellos participan de la misma farsa: la financiación ilegal de los partidos políticos. El enriquecimiento de uno de ellos será visto, en consecuencia, como un daño colateral, un vicio inevitable, un mal menor o mayor, dependiendo del estruendo del escándalo cuando salte a los tribunales.

Foto: El expresidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps. (EFE)

El volquete de putas, las fiestas con la tarjeta black, el maletín con el millón de euros que un fontanero se dejó olvidado en el armario, el Ferrari rojo… Esa es la golfería que está en el expediente histórico del Partido Popular sin que hasta ahora, nadie, nunca, haya ofrecido la más mínima explicación pública, razonable y seria del porqué de esta corrupción sistémica en España. El nuevo caso que ha comenzado a verse en la Audiencia Nacional es una de las seis piezas separadas en las que se dividió la trama valenciana del caso Gürtel, cuando se inició la instrucción hace ya 15 años. Aun así, la primera decisión del tribunal ha sido aplazarlo una semana más porque alguna de las defensas ha alegado indefensión, al no haber podido consultar toda la documentación del sumario. Ya ven, unos hechos que se remontan todavía más allá, entre 2004 y 2009, pero es ahora, casi 20 años después, cuando se van a sentar en el banquillo las 27 personas procesadas.

Casi lo mismo que comentamos aquí hace unos días, por el caso Astapa de Málaga, que también ha comenzado a juzgarse ahora, tras 15 años de espera. Después de tanto tiempo, lo normal es que proliferen absoluciones y nulidades. ¿Tendrá algo que ver el cinismo con que se ocultan los escándalos en los partidos políticos con la falta de medios, legales y materiales, para que la actuación policial y judicial contra la corrupción sea más ágil y efectiva? La pregunta es tan obvia como adivinarle la sonrisa burlona al tipo del Ferrari rojo.

Lo vieron llegar, y algunos de ellos, los más prudentes y temerosos, se apresuraron a darse la vuelta para volver a entrar y no coincidir con él. Cómo arriesgarse a una foto así, qué estupidez. Debió ser uno de estos días fríos de enero, la semana en la que Madrid se convierte en una celebración festiva a la que acuden presidentes, consejeros, concejales y alcaldes de toda España para fotografiarse en sus estands de Fitur, la Feria del Turismo. Cada año parece como si fueran de boda. Nuestro hombre era uno de los más conocidos de los círculos del poder en Valencia, según la única referencia personal que quiso detallar quien contó esta reveladora historia. Esperaban a la puerta del hotel y, estupefactos, lo vieron llegar en un flamante Ferrari rojo. “¿En serio?”, le espetaron. “Pero ¿cómo se te ocurre?”. A lo que el tipo, sin inmutarse, se limitó a decir: “Pues tengo otro igual, pero en amarillo, que es el que utiliza mi mujer”. La persona que le contó la anécdota a quien suscribe nunca quiso ponerle nombre ni apellidos, pero en ese ejercicio libre de imaginación al que nos aboca, bien podría encajarle la cara de algunos de los golfos que hemos conocido en los escándalos de corrupción que minaron al Partido Popular, especialmente este de la Gürtel en la Valencia gobernada por los populares desde las principales administraciones.

Caso Gürtel
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