Adiós al populismo: ¿el fin de una época?

La recuperación económica es la mejor medicina contra el populismo. Pero también la consolidación de los estados de bienestar. La globalización necesita un nuevo paradigma

Foto: Imagen de archivo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters)
Imagen de archivo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters)

El economista Kenneth Rogoff, coautor de uno de los libros más lúcidos sobre la crisis y las causas de la Gran Recesión*, ha escrito un interesante artículo en el que defiende que la época dorada del populismo tiende a su fin. No lo da por liquidado, ahí siguen Trump, Le Pen, Beppe Grillo o, en España, la cúpula dirigente de Podemos, sino que considera que a medida que se vaya consolidando la recuperación, las causas que explican la fortaleza del populismo se irán diluyendo.

Rogoff parte de un análisis muy razonable. Las economías de los países avanzados han entrado en un ciclo de crecimiento sostenido, y aunque las tasas de aumento del PIB siguen siendo débiles -por los raquíticos incrementos de la productividad-, lo cierto es que no se divisan grandes nubarrones en un horizonte previsible.

La precariedad laboral y las incertidumbres forman ya parte indeleble del ADN de la nueva economía

La economía española, por ejemplo, tiene por delante entre tres y cinco años de crecimiento por encima del 2%, y si no se malogra ese espacio temporal (por causas económicas o por zafios errores políticos) es probable que se recuperen algunos de los indicadores de bienestar destruidos por la crisis.

Desde luego que no todos. La precariedad laboral y las incertidumbres forman ya parte indeleble del ADN de la nueva economía, y en la medida en que avance la digitalización de los sistemas productivos, el trabajo, tal y como históricamente se ha entendido, será cada vez un bien más escaso y precario como consecuencia de la globalización, que permite fabricar con costes muy baratos en cualquier parte del planeta.

La parte positiva, como se sabe, es que los consumidores se benefician de mercancías más baratas, pero la cara dramática tiene que ver con que se produce una devaluación de los salarios incompatible con la financiación de los estados de bienestar, un formidable instrumento político creado y diseñado -por la derecha y por la izquierda- para favorecer la cohesión social y permitir que los niveles bajos de renta tengan acceso a la sanidad, a la educación o, en general, a los servicios sociales. También a una justicia gratuita o a una vivienda digna.

Ni que decir tiene que el ensanchamiento de la sociedad ‘low cost’ afectará progresivamente a todas las profesiones. También a las que hoy se sienten más protegidas, y que acabarán siendo devoradas por las nuevas tecnologías.

Falsas liberalizaciones

Muchos de los que hoy claman a favor de falsas liberalizaciones -que en realidad esconden un proceso de empobrecimiento social y salarial- verán como su entorno se irá degradando hasta crear un Estado de supervivencia, que en el fondo es lo que se busca cuando se plantea la protección social en términos de complementos salariales (absurda idea que defiende Ciudadanos), impuestos negativos o rentas mínimas. Y que no son otra cosa que el regreso al Estado de beneficencia anterior a la instauración de los derechos subjetivos de los ciudadanos. Como los salarios no llegan a un nivel de subsistencia razonable, hay que procurar las ayudas necesarias en forma de subvenciones o ayudas fiscales que pagan, precisamente, los asalariados, sobre los que recae con mayor intensidad la presión fiscal.

Es probable que ese escenario se vea hoy como algo lejano. Pero no cabe ninguna duda que tenderá a ser una realidad en la medida en la que el mundo no encuentre un nuevo paradigma de crecimiento.

Un grupo de mujeres camina por la arteria principal de Sparkbrook, en Birmingham. (Foto: Eugenio Blanco)
Un grupo de mujeres camina por la arteria principal de Sparkbrook, en Birmingham. (Foto: Eugenio Blanco)

Mientras tanto, el peligro de los populismos seguirá latente. Hasta el punto de que muchos gobiernos tenderán a asimilar sus ofertas electorales. El Brexit o la política de refugiados son un buen ejemplo y explican la transformación que están sufriendo democracias consolidadas.

Una especie de ‘populismo suave’ que, sin duda, es mejor que el que plantean los demagogos profesionales, que sólo buscan soluciones simples a problemas complejos.

El ecosistema en el que nacen, crecen y se multiplican los populismos es, por ello, el espacio llamado a vigilar por las democracias. Y de ahí que una de las prioridades de los gobiernos pasa por consolidar los estados de bienestar para frenar el avance de la sinrazón y de la barbarie. También para frenar al terrorismo y evitar que suburbios cada vez más degradados en algunas grandes capitales europeas se convierten en el mejor aliado del horror. Es obvio, sin embargo, que es una política necesaria, pero no suficiente, ya que el terrorismo tiene unas bases sociales y e ideológicas mucho más complejas que el simple argumento material.

Tentaciones suicidas

Algunos países del centro y norte de Europa lo entendieron hace tiempo y decidieron impulsar lo que se ha venido en denominar ‘flexiseguridad’ que no es otra cosa que hacer compatible una economía flexible -con altos niveles de adaptación a la nueva economía digital y a la globalización-, con la existencia de elevados niveles de protección social capaces de frenar las tentaciones suicidas que proponen los populismos, y que fomentan lo peor del individualismo. El sálvese quien pueda en situaciones de crisis.

Parece razonable pensar que con un gasto público situado en España en el entorno del 37-38% no es suficiente para garantizar la cohesión social

Es evidente que no sólo es un problema de tamaño del Estado de bienestar, sino también de eficiencia. Pero parece razonable pensar que con un gasto público situado en España en el entorno del 37-38% no es suficiente para garantizar la cohesión social, la mejor medicina contra el fanatismo ideológico y la demagogia. Claro está, a no ser que la mayoría de los países más avanzados de Europa -donde el gasto público se ha situado en las últimas dos décadas entre 6 y 8 puntos por encima de España- estén equivocados, lo cual no parece lógico pensar.

Más gasto público no significa, desde luego, subir los impuestos a quienes hoy los pagan. El esfuerzo fiscal de los contribuyentes es hoy extraordinario, lo que induce a cavilar que la baja recaudación -y por lo tanto la debilidad del Estado de bienestar- tiene que ver con un problema relacionado con el sistema productivo, que no es capaz de generar bienes y servicios de alto valor añadido, lo que incide en los salarios y en la rentabilidad de las empresas, y, por ende, en la recaudación. Pero también por la propia ineficiencia del sistema impositivo, incapaz de reducir de forma relevante las enormes bolsas de fraude fiscal.

Es en este contexto en el que se debería plantear la ineludible reforma de los sistemas de protección, y, en particular, de la Seguridad Social. Y en este sentido, harían bien los partidos en ponerse de acuerdo en el tamaño del Estado de bienestar que necesitará España en las próximas décadas para hacer sostenible la economía. Y una vez perfilado ese objetivo, poner los medios para alcanzarlo. Será lo mejor para acabar con el populismo -más allá de la coyuntura económica- y con las causas que hacer florecer el terrorismo entre inmigrantes de segunda o tercera generación.

Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart Esta Vez Es Diferente: Ocho Siglos De Disparates Financieros.

Mientras Tanto

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
21 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios