La confesión estéril de Pedro Sánchez
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La confesión estéril de Pedro Sánchez

Los errores de bulto se pagan. La primera parte de la legislatura estuvo marcada por la polarización, y ahora Sánchez empieza a desandar lo andado. Ahora necesita al partido

Foto: El presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)
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La carta enviada por Pedro Sánchez hace unos días al conjunto de afiliados socialistas, en calidad de secretario general, lo dice todo. Es un documento de apenas tres páginas en el que la acción de partido —se trata de una misiva enviada con ocasión del 40ª Congreso del PSOE— queda diluida frente a la acción del Gobierno. Lo importante es lo que se decide en Moncloa y no en Ferraz, viene a aclarar. Apenas un párrafo para destacar el "papel crucial" de los afiliados socialistas. La Ponencia Marco, que es el documento clave de discusión, va en la misma dirección y dedica buena parte de su contenido a defender la acción de gobierno. Es, de hecho, más un programa electoral que un espacio de reflexión política.

Es, sin duda, el signo de los tiempos. Los partidos, que históricamente han sido un espacio de discusión pública y de pedagogía ciudadana en aras de conseguir determinados objetivos políticos, se han ido transformando en meras maquinarias electorales. El propio PSOE lo reconoce cuando revela en su Memoria de Gestión que la tramitación de solicitudes de nuevas altas de militantes coincide con los procesos orgánicos o electorales. Es decir, están vinculadas a la acción de poder. "Una vez pasados los congresos y asambleas de las agrupaciones se produce un aumento de los impagos de cuotas de afiliación que provoca la baja y su pase a simpatizante", recuerda el informe.

La traducción es simple. En los últimos cuatro años, y pese a que el Partido Socialista ha podido volver a gobernar, la afiliación ha seguido cayendo. Si en el 39º Congreso el partido contaba con 174.853 afiliados, hoy, según las cifras oficiales, son 163.847, de los cuales el 65% son hombres y el 35% mujeres. Es decir, el conjunto de la afiliación representa el 0,4% de los electores que pudieron participar en las segundas elecciones generales de 2019.

Los partidos, que históricamente han sido un espacio de discusión pública y de pedagogía, son hoy maquinarias electorales

La escasa participación de los ciudadanos en la vida de los partidos no es, desde luego, patrimonio del PSOE. Es una tendencia que viene de lejos —en las primarias del Partido Popular se inscribieron apenas 67.158 afiliados— y que ya está plenamente instalada en todas las organizaciones. Probablemente, porque los cauces de participación política no se limitan, como sucedía en el pasado, a la vida interna de los partidos. Hoy los medios y las redes sociales, como se sabe, juegan un papel determinante en la formación de la opinión pública, lo que explica que los partidos hayan perdido el monopolio de la participación política y, en coherencia, se hayan convertido en meras plataformas electorales. El debate político ha cambiado de sede y hoy, incluso, el Congreso es una cámara de segunda lectura.

¿Democracia directa?

Sería irrelevante si no fuera porque el sistema político está montado en torno al sistema de partidos. La propia Constitución española (artículo seis) aclara que "los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política". Su papel es tan esencial que sin ellos —en cualquiera de sus formulaciones— no habría democracia. Claro está, salvo que un país pudiera regirse por democracia directa, lo cual parece impensable.

El hecho de tener partidos tan pequeños y por ende tan escasamente representativos no es neutral en términos políticos. Significa que pequeñas minorías bien organizadas y con la suficiente claridad para leer el momento político, desde luego mejor que sus adversarios, pueden transformar el acervo histórico de un partido e, incluso, traicionarlo. Máxime, cuando los partidos —a derecha e izquierda— ya no responden a intereses de clase en el sentido histórico del término, sino que improvisan su ideología a la caza del mejor resultado electoral posible.

No estará de más recordar que los partidos obreros surgieron de la acción sindical en las fábricas, y no es casualidad que el SPD alemán se denominara inicialmente, en el Congreso de Eisenach (1869), Partido Socialista Obrero, nombre que imitó el PSOE una década después. Incluso el Partido Laborista, durante mucho tiempo referente de la izquierda europea, surge como expresión política de forma muy tardía, ya que primaba el componente sindical. Hasta 1918, de hecho, no fue posible la afiliación individual directa al laborismo, sino que había que hacerlo a través de los sindicatos u otras organizaciones.

Pequeñas minorías bien organizadas y con capacidad para leer el momento político pueden transformar el acervo histórico de un partido

El hecho de que los partidos de izquierda hayan abandonado sus raíces obreras tampoco es neutral en términos ideológicos. Es verdad que su capacidad de adaptación los ha hecho más permeables a los cambios sociales, y eso explica que se hayan convertido, junto a los partidos conservadores, no solo en partidos de gobierno, sino que forman parte esencial de la estabilidad del sistema político. Hasta el punto de que ya es una obviedad decir que la construcción europea a partir de 1945 no fue más que un contrato social firmado entre la derecha y la izquierda.

Ese contrato social, al menos en algunos de sus aspectos clave, es el que hoy se está cuarteando. Fundamentalmente, por la aparición de fenómenos como la globalización; los avances científicos, en particular, los relacionadas con las tecnologías de la información; el envejecimiento, que modifica los comportamientos políticos, o los flujos migratorios, que condicionan la toma de decisiones, lo que ha dado lugar a un nuevo ecosistema al que los partidos han tenido que adaptarse a la nueva realidad. Puro darwinismo político.

Ni que decir tiene que pocos afiliados y un hábitat cada vez menos propicio a defender los intereses generales —priman los particulares en un mundo que tiende hacia el individualismo— hacen a los partidos más vulnerables a lo que Ignacio Varela llama cesarismo y en otro tiempo se denominó bonapartismo, que es una forma peyorativa de reprochar los comportamientos caprichosos y discrecionales en la acción política. Es decir, justo lo contrario de lo que se entiende por un partido político que, necesariamente, como dice la Constitución, debe regirse por principios democráticos. Es decir, debe respetar a las minorías y, si cabe, integrarlas.

Las líneas rojas

Formalmente, esto es así. Los líderes políticos son elegidos por las bases, pero hay pocas dudas de que el sistema ha derivado en la existencia de hiperliderazgos que anulan cualquier discrepancia interna. El propio Pedro Sánchez ha traspasado, con la legitimidad que le han dado los afiliados del PSOE al ser reelegido secretario general, algunas de esas líneas rojas que históricamente han definido al socialismo español, al menos desde 1977. Ya fuera, gobernar con los partidos situados a su izquierda o apoyarse en partidos que buscan la fragmentación territorial.

Esa posición, sin embargo, está ausente del Congreso de Valencia. Sin duda, porque la política tiene mucho de oportunismo y lo que antes era un anatema hoy —siempre que se esté en el poder— son pelillos a la mar. La sensata intervención de Felipe González en la tribuna de Valencia también lo dice todo. "Yo no interfiero, estoy disponible. Ni siquiera pretendo que se tenga en cuenta mi opinión. Solo de buena fe opino si me preguntan".

El 'todo el poder para el jefe' no sería un problema si no fuera porque el bonapartismo introduce dosis de arbitrariedad e incoherencia que el propio Sánchez, tras haberse caído del caballo, está sufriendo. Los errores de bulto que cometió durante la primera parte de la legislatura, en particular alentando el despegue de Vox para maniatar al PP de Casado, le están pasando factura hoy, como revelan las encuestas. La polarización que ha buscado solo ha logrado que crezca la derecha radical y el PP de Casado, que no solo se ha beneficiado del desplome de Ciudadanos, sino que el fenómeno Ayuso, patrocinado desde Moncloa para debilitar al líder del PP (aquella visita a la Puerta del Sol entre banderas de España), ha dado a la postre alas a Casado. Unidas Podemos, por su parte, se reinventa en la enésima marca para no quedar engullida por la abstención.

Los líderes son elegidos por las bases, pero el sistema ha derivado en la existencia de hiperliderazgos que anulan la discrepancia interna

Su pérdida de credibilidad es tan brutal —muchas veces de forma injusta— que si hoy el Gobierno pudiera crear dos o tres millones de puestos de trabajo, nadie le creería, aunque los datos estuvieran auditados por Eurostat y certificados por los mejores actuarios del país. Incluso las medidas más progresistas y razonables que se han incorporado al proyecto de presupuestos se ven por muchos con estupor. Ni siquiera es capaz de capitalizar medidas de este Gobierno que van en la buena dirección, y hay bastantes en los PGE de 2022, que son descalificadas por buena parte de la opinión pública por su origen y no por su contenido.

Ministros tóxicos

Desde la última crisis de Gobierno, sin embargo, existe un antes y un después. La salida de los ministros más tóxicos del gabinete —Iglesias, Ábalos o, incluso, Redondo— ha creado un nuevo escenario más propicio para el acuerdo. Pero no está claro que Sánchez pueda aprovecharlo. Precisamente, porque tras su coronación como emperador del PSOE, ganando al viejo aparato, ninguneó al partido, que es lo que ahora quiere recuperar para afrontar las próximas elecciones.

González, en su día, y tras alcanzar la presidencia del Gobierno, reivindicó para él y sus ministros autonomía de gestión. Y lo consiguió. Durante los 13 años que estuvo en Moncloa, pudo gobernar con amplio margen de maniobra, pero el partido seguía vivo. Hoy el PSOE es un aparato de poder que se mueve al ritmo que toca el secretario general. Y la prueba del nueve son las palabras de González: pidiendo a Sánchez "que estimule la libertad de expresarse críticamente, para opinar lo que se piensa y la responsabilidad de pensar lo que se dice". En definitiva, un partido abierto a la reflexión interna.

Es probable que Sánchez se hubiera ahorrado muchos disgustos si desde el principio, en vez de hacer caso a los aprendices de brujo, hubiera atendido a un viejo principio de la democracia, y que tiene que ver con la separación de poderes. O lo que es lo mismo, en el caso del Congreso socialista, con la existencia de un contrapoder en Ferraz capaz de parar los pies cualquier política insensata del secretario general. No lo hizo, y ahora está obligado a tirar del partido para no quedar atrapado con los errores del pasado. César pensó que podría conquistar en solitario la última aldea de la Galia, pero ha tenido que pedir refuerzos.

La carta enviada por Pedro Sánchez hace unos días al conjunto de afiliados socialistas, en calidad de secretario general, lo dice todo. Es un documento de apenas tres páginas en el que la acción de partido —se trata de una misiva enviada con ocasión del 40ª Congreso del PSOE— queda diluida frente a la acción del Gobierno. Lo importante es lo que se decide en Moncloa y no en Ferraz, viene a aclarar. Apenas un párrafo para destacar el "papel crucial" de los afiliados socialistas. La Ponencia Marco, que es el documento clave de discusión, va en la misma dirección y dedica buena parte de su contenido a defender la acción de gobierno. Es, de hecho, más un programa electoral que un espacio de reflexión política.

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