Habrá que elegir: o paz y vives mal, o guerra y vives mejor

La tesis del último libro de un profesor de Stanford causó gran revuelo: la Historia demuestra que solo la violencia y las catástrofes han traído la igualdad

Foto: Charles Munger, Warren Buffett y Bill Gates, tres de los hombres más ricos del mundo. (EFE)
Charles Munger, Warren Buffett y Bill Gates, tres de los hombres más ricos del mundo. (EFE)

La tesis que menos queremos oír, la que más inquietante resulta, es a veces la cierta. Walter Scheidel, profesor de Historia en la Universidad de Stanford, nos cuenta una de esas verdades desagradables en su último libro, ‘The Great Leveler. Violence and the History of Inequality’. La disparidad de poder y, por tanto, de acceso a los recursos ha sido una constante a lo largo de los siglos, y aunque se la ha nombrado de diversas maneras (Marx hablaba de lucha de clases, ahora del 1%), el fenómeno es el mismo. Pero, al contrario de lo que solemos creer, es en entornos estables y pacíficos cuando esas desigualdades aumentan.

Cuando el crecimiento económico tiene lugar, es aprovechado por las partes favorecidas de la sociedad para acumular recursos y para disminuir los que el resto posee. Y según Scheidel, ese deslizamiento de ingresos y bienes hacia quienes están en la parte más elevada de la pirámide social se produce en órdenes sociales asentados y duraderos.

Las guerras, las revoluciones violentas, los colapsos estatales y las epidemias son los grandes reductores de la desigualdad

La igualdad, por el contrario, solo se ha generado a lo largo de la Historia gracias a lo que llama los “cuatro jinetes de la nivelación”: grandes guerras, revoluciones violentas, colapsos estatales y epidemias. Tras esos acontecimientos traumáticos, la tendencia general da marcha atrás y las sociedades se vuelven más igualitarias.

A través de un extenso análisis histórico, Scheidel concluye que no ha habido mecanismos pacíficos eficaces para reducir las diferencias. Han existido instrumentos puntuales, pero “si miramos a gran escala, no ha habido un repertorio de medios benignos de compresión que sea ni remotamente comparable con los producidos por los cuatro jinetes”.

Lo que ocurre hoy

Es una tesis perturbadora porque señala, en esencia, cómo en tiempos de paz y de prosperidad las élites, aquellas que poseen el poder y los recursos, aprovechan la estabilidad para seguir acumulando poder y recursos. Y esto es justo lo que está ocurriendo: desde las grandes cifras hasta los pequeños hechos cotidianos, todo parece constatar que esa brecha entre los que tienen y los que no está ampliándose. Ocho personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la Tierra; la clase media, ese resorte de estabilización política y material del sistema occidental, está menguando de una forma muy apreciable, y aparecen nuevas bolsas de pobreza, incluso entre las personas que cuentan con un salario.

A lo largo de la Historia, las élites han aprovechado los tiempos de paz y prosperidad para seguir acumulando poder y recursos

Pero las diferencias sociales no significan únicamente que ciertas capas de la población acumulen más dinero. También tienen que ver con la concentración de poder, con la menor capacidad de decisión sobre nuestras vidas, con cómo los horizontes vitales se acortan y cómo las sociedades se estrechan. El caso de Barry Lynn, un pequeño terremoto que amenaza con cambiar la relación entre Silicon Valley y el partido demócrata, es ilustrativo. Lynn fue despedido del 'think tank' en el que trabajaba por denunciar el exceso de poder de Google y por decir cosas como esta en su libro ‘Cornered’: “Nuestra economía política está dirigida por una élite bien compacta que puede unir el poder del Gobierno de la nación con el de los corporaciones privadas de un modo que permite a los miembros de la élite no solo trasladarnos sus riesgos, sino también determinar con casi total libertad quién gana, quién pierde y quién acaba pagando la factura”. La desigualdad supone que el poder queda en manos de menos personas que pueden decidir cada vez más cosas.

Parecería, pues, que estamos abocados a elegir: o paz y un peor nivel de vida, o furia y fuego y después igualdad

Esta es la realidad en que estamos inmersos, un trasvase continuo de abajo hacia arriba, que continuará produciéndose, según Scheidel, porque nuestra sociedad es estable. No percibe ningún acontecimiento en el horizonte que indique que alguno de los cuatro jinetes aparecerá a la vuelta de la esquina: no hay ningún Lenin bajándose del tren de Finlandia, tampoco es probable una gran guerra mundial, los estados que pueden desaparecer no son ninguno de los grandes y las epidemias globales parecen controladas porque hay muchos más medios de previsión. El cambio climático sí podría generar consecuencias graves, pero según las estimaciones, no haría más que aumentar la profunda la brecha existente entre los países ricos y pobres.

Los detonantes de la desigualdad son "el desarrollo económico y el comportamiento predatorio de los poderosos para apropiarse de la riqueza"

Parecería, pues, que estamos abocados a elegir: o paz y un peor nivel de vida, o furia y fuego y después igualdad. No tendría por qué ser así, ya que contamos con instrumentos suficientes para que el reparto de los recursos sea más adecuado, e incluso la revolución tecnológica podría ayudar en ese terreno. Pero lo cierto es que los dos principales detonantes de la desigualdad, “el desarrollo económico y el comportamiento predatorio de aquellos que son lo suficientemente poderosos para apropiarse de la riqueza, muy por encima de lo que sus actividades podrían generarles en mercados competitivos”, están hoy plenamente operativos.

Dar la vuelta a la tesis

‘The Great Leveler’ podría tener otra lectura, sin embargo. Al igual que la violencia y las catástrofes tienen efectos directos en la reducción de las desigualdades, también podría entenderse a la inversa, que las sociedades cuyo nivel de desigualdad es grande están abocadas a sufrir algún tipo de acontecimiento feroz que reconduzca esas diferencias. Scheidel, aunque no analiza el asunto en su libro, cree que no, porque a lo largo del tiempo han convivido estados con grandes desigualdades que sufrían 'shocks' violentos con otros que permanecían estables aun cuando las condiciones materiales y sociales eran las mismas.

Una vez que la tendencia histórica se ha puesto en marcha, es complicado que se frene

Por lo tanto, y si se aplican sus tesis al momento presente, no quedaría más que constatar que no hay demasiadas opciones: simplemente estamos repitiendo lo que se ha vivido en otras épocas, y dado que no es probable que ninguno de los 'cuatro jinetes' aparezca, nos queda un tiempo bastante largo en el que las desigualdades irán aumentando.

Como resalta Scheidel, que las cosas hayan ocurrido así antes no implica necesariamente que se repitan. Sin embargo, una vez que la tendencia histórica se ha puesto en marcha, es complicado que se frene. Y así parece en nuestro tiempo. Aunque ‘The Great Leveler’ se centra en la desigualdad en el interior de los estados y no entre ellos, el contexto geopolítico no nos muestra que ninguna de las fuerzas que compiten por el poder mundial (China, Rusia o EEUU) apueste por rebajar las diferencias económicas entre sus ciudadanos, al contrario. En las empresas que operan internacionalmente y que a causa de su tamaño cuentan con mayor influencia, lo usual ha sido aumentar la brecha entre los directivos y el resto de empleados. El ámbito financiero, el que más peso tiene en nuestra vida cotidiana, está hoy organizado para extraer recursos, no para aumentarlos. El sector tecnológico, el que está en auge y del que se dice que será el dominante los próximos años, cuenta con modelos de negocio, como los de Uber o Facebook, altamente desiguales.

La desigualdad no es gente con menos dinero, sino que supone una desestructuración del orden social; o si creemos a Scheidel, una reestructuración

A las élites, en general, este problema les parece poco relevante, quizá porque, si seguimos la tesis de Scheidel, todo está siguiendo el plan previsto. Y si no es así, se parece mucho. La conclusión a la que llegaba Barry Lynn es muy ilustrativa a este respecto: “Pensé que entrando en las oficinas y en las reuniones de la élite y contando estas historias conseguiría que sus miembros más racionales dijeran, 'tenemos que cambiar esto, porque el sistema es frágil'. Pasé seis o siete años haciendo esto y continúo haciéndolo, pero me encontré con que la mayoría de la gente, excepto los economistas, entendía rápidamente lo que estaba diciendo, pero también creían que no tenían ninguna capacidad para cambiarlo y no sabían qué hacer al respecto. De modo que lo que realmente querían es que me marchara de la sala”.

Un escenario pernicioso

Pero no es posible marcharse de la sala. La desigualdad es un gran problema, no algo circunstancial. La teoría de que concentrar riqueza en pocas manos es útil para la sociedad porque acaba generando beneficios para todos, no es más que una justificación absurda, y más en nuestro tiempo, donde la creación de dinero vía bancos centrales, que subvenciona a los bancos privados, está regando toda clase de operaciones especulativas que nunca trasladan su provecho al resto de la población. La desigualdad no es gente con menos dinero, sino que supone una desestructuración del orden social (o si creemos a Scheidel, una reestructuración) que aboca a escenarios muy perniciosos para una gran mayoría. Lo idóneo sería solucionar el problema antes de que uno de los ‘cuatro jinetes’ haga acto de presencia, pero no tiene ninguna pinta.

Postpolítica

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