Pues sí, Vox son los perdedores de la globalización

La política occidental cada vez más se está jugando desde lo identitario, un movimiento relacionado con una fractura cultural que esconde lo relevante

Foto: Llegada de Santiago Abascal, Ortega Smith y Espinosa de los Monteros al Tribunal Supremo.
Llegada de Santiago Abascal, Ortega Smith y Espinosa de los Monteros al Tribunal Supremo.

La semana política no ha dado para mucho, por más que las ya habituales salidas de tono hagan creer que nos hemos movido en la agitación permanente, con lo de las listas de los partidos, el debate sobre las armas, la exhumación de Franco y demás. Sin embargo, también han aparecido un par de temas colaterales que son significativos, en tanto señalan aspectos interesantes de la política contemporánea, la española y la occidental.

Uno de ellos es esa serie de artículos que lamentaban que el cambio generacional en los liderazgos y en las estructuras de los partidos, largo tiempo deseado, se haya traducido en resultados tan pobres. Son lamentos lógicos, en general proferidos por gente de edades similares a las de esas nuevas generaciones que iban a cambiar la política, pero que resultan reveladores. En primera instancia, porque las expectativas que colocaron sobre sí son también parte del aprendizaje: es típico que las generaciones que llegan al poder mantengan la convicción de que son muy distintas y mejores que quienes las precedieron.

Es esa clase de ceguera que lleva a pensar que los problemas más relevantes son los que tu grupo tiene y que la sociedad se os parece por completo

Es un mal que se cura con el paso del tiempo, cuando se adquiere una visión más amplia, y se constata que la edad es un elemento entre muchos otros. Cuando no es así, todo se resuelve en la mirada corta, como la de esa gente que comienza a darse cuenta de la importancia de la educación de los hijos una vez que los tiene, o de lo traumático del divorcio cuando lo sufre. Hasta entonces, los problemas que les ocupaban eran otros, también los suyos, solo que en un momento cronológico anterior. O por decirlo de otra forma, es una clase de ceguera que lleva a pensar que los problemas más relevantes son los que tiene tu grupo de referencia, y que la sociedad se le parece por completo. Esta perspectiva reduccionista ha estado muy presente en la política, en la grande y en la pequeña, en la de los debates públicos y en las charlas de bar, con resultados muy negativos. La burbuja de Arganzuela era esto, y lo malo es que esa no es la única burbuja de nuestra política.

¿El futuro?

En un mundo en el que la lucha electoral vive tejida por las identidades, y una de las más importantes es la generacional, este error reduccionista era esperable. La glorificación de la innovación, la novedad y el cambio en que anda sumergido nuestro sistema encuentra un correlato obvio en una juventud en la que el sistema ha puesto grandes esperanzas, ya que es la parte principal del mundo que viene: tecnológico, feminista, ecológicamente concienciado, muy bien preparado, dispuesto a encarar el futuro sin miedo, no como esas generaciones mayores obsoletas, con temor a los cambios e inevitablemente reaccionarias, a las que siempre se culpa de los resultados electorales en los que ganan las derechas populistas. Lo malo es que esa idea no tiene pinta de venir avalada por los hechos: lo que nos espera detrás de la esquina no parece tener que ver con oleadas de innovación juvenil, sino con un ‘backlash’ conservador bastante exitoso.

Es una defensa cultural contra lo que ven como males de nuestra época: los excesos feministas, de los gais, de la inmigración y de los ecologistas

A esas identidades que miran hacia el teórico futuro se les han opuesto otras, que están funcionando discursivamente bien, y en muchos países incluso electoralmente. En un sentido, contienen el regreso a lo nacional como protección frente a un mundo globalizado, pero sobre todo implican una suerte de defensa cultural contra aquello que, desde un lado del espectro político, está causando los males de nuestra época: los excesos del feminismo, de los homosexuales, de una inmigración exacerbada, de un ecologismo que vive de lo público y, en definitiva, de un progresismo que ha perdido de vista los valores importantes y que solo defiende sus parcelitas de voto.

Unos contra otros

Tenemos así un debate público plenamente centrado en lo cultural, lo cual resulta bastante llamativo, porque el poder en nuestras sociedades está estructurado desde lo económico. En ese contexto, las identidades suponen una suerte de polarizador reparto en tribus que defienden sus espacios y pelean unas contra otras: mujeres contra hombres, LGTBI contra la sexualidad heteronormativa, nacionales contra inmigrantes, jóvenes contra viejos, y así sucesivamente, sin lograr dar forma a aquello que reúne todos estos enfrentamientos y los da sentido, como es la forma en que el poder contemporáneo se ejerce y el modo en que se defiende y amplía sus espacios.

El debate político ha quedado impregnado de los valores que fueron dominantes en otro tipo de capitalismo y que el actual había expulsado

Titulaba Fernando Broncano su último y muy recomendable libro ‘Cultura es nombre de derrota’, y los tiempos parecen haber entendido esa afirmación desde su peor lectura. Broncano se refería a que “cada revolución cultural ha sido la respuesta a la derrota de una revolución social. Lo fue la Ilustración a un Estado estamental violento, intolerante. Lo fue el romanticismo a una Revolución Francesa fracasada en sus ideales, al triunfo de una burguesía sin más objetivos que el enriquecimiento y la ostentación. Lo fue el modernismo como conciencia de los rincones oscuros de la modernidad”, y lo que está ocurriendo en el terreno político es exactamente eso, pero a la inversa. Este es un momento en que el debate político-cultural ha quedado impregnado de los valores que fueron dominantes en otro tipo de capitalismo y que el actual había expulsado. Los valores que aparecían en las expresiones culturales representaban una suerte de avance que prefiguraba el futuro, mientras que lo que hoy vivimos es más bien como el coche que detiene su marcha con el freno de mano.

Los perdedores de la globalización

Exactamente esto es Vox, tanto sus propuestas, sus formas o sus candidatos, y conviene resaltarlo. Les podríamos llamar perdedores de la globalización, porque lo son, aunque no encajen con el prototipo que suele exhibirse, el de las clases medias que descienden en la escala social o el de los trabajadores que han visto desplazados sus empleos a Asia. Hay otra lectura, y las derechas actuales responden muy bien a ella. Las élites también viven una fractura, y buena parte de las clases medias altas y de las altas han salido perdiendo en la reorganización mundial ocurrida tras la caída del muro. No lograron insertarse en el nuevo orden financiarizado y globalizado, lo que les ha llevado a perder pie, y ahora se acogen al discurso cultural como forma de autoconservación. Esas élites reproducían su posición porque podían colocar a sus hijos en los niveles administrativos superiores del Estado-nación, o porque encontraban empleos aventajados en las grandes empresas nacionales, o porque adquirían influencia social a través de su pertenencia a las escalas superiores del ejército, o porque su fortuna venía ligada a firmas que eran poderosas localmente. Pero hoy los empresarios nacionales o se han vuelto globales o están siendo absorbidos por actores internacionales con mucho más músculo financiero, la cercanía a los poderes nacionales tiene menos importancia que antes, porque el poder es mucho más global que nunca, y las profesiones que antes otorgaban renombre social se han bifurcado, y cuentan con muchos más perdedores que ganadores.

Lo que la derecha propone es más bien una forma de actuar: si somos duros con los enemigos internos, todo se arreglará como por arte de magia

De modo que esas clases sociales se encuentran sin sitio en ese nuevo mundo, y dado que no van a enfrentarse a las verdaderas causas de su declive, porque siempre han vivido de la cercanía al poder, tratan de recuperarlo por el camino del regreso cultural. Eso es lo que les promete Vox, y en general las nuevas derechas que andan circulando por el mundo, que se nutren de estas clases con la promesa de recuperar la influencia que perdieron. En el caso español es evidente, con liberales caídos de lo estatal, como Abascal, militares que se han visto socialmente relegados después de haber sido protagonistas, hijos de la burguesía que pierde pie o empresariado nacional en declive.

El cáncer social

Todos ellos piensan que si atacan los cánceres de la sociedad, como son los independentistas, las feministas, los gais, las lesbianas, los animalistas, los comunistas y los inmigrantes, esos 'bad hombres', reaparecerá todo aquello que perdieron. Pero lo que las derechas proponen no contiene un plan para el país ni para sus habitantes, es más bien una forma de actuar; lo que afirman es que si somos duros con los enemigos internos y los combatimos sin dudas, todo se arreglará como por arte de magia. Pero es una afirmación obviamente falsa, porque ellos (como el resto de partidos nacionales, por otra parte) no tienen un proyecto, no afrontan los problemas esenciales y no tienen idea de dónde estamos en realidad. Lo único que ofrecen es mano dura, una suerte de combate feroz contra todo aquello que ha ido construyéndose en las pasadas décadas y que ahora, desde su perspectiva, se ha desmadrado por completo.

Este capitalismo ha decidido derivar hacia lo identitario los problemas que él mismo crea, y eso tiene mal final

El problema es que ni ellos ni sus oponentes, que nos hablan de un mundo futuro lleno de oportunidades, que nos permitirá reinventarnos, que será más abierto e inclusivo, más juvenil, diverso y tecnológico, apenas rozan los problemas esenciales de nuestra época. Son dos fuerzas discursivas opuestas, que están tensando la cuerda y nos han dirigido hacia una polarización peligrosa. Pero ninguna de ellas, más allá del colorido y de su folclore, tiene una mirada integradora que permita dar respuestas a asuntos vitales para nuestro país y para Occidente; no son más que estrategias electorales que, si seguimos por este camino, nos conducirán a un mundo mucho menos democrático y más desigual. Este capitalismo ha decidido derivar hacia lo identitario los problemas que él mismo crea, y eso tiene mal final.

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