Claves para la izquierda: sobre todo aquello que ha abandonado

La renuncia por parte de las fuerzas progresistas a la defensa de asuntos como el trabajo, la familia o el patriotismo revela mucho acerca de la mala comprensión de nuestra sociedad

Foto: Una bandera española y una estelada.
Una bandera española y una estelada.

Ayer publicaba César Rendueles un artículo en 'ctxt.es', "El nicho vacío: el ascenso de la extrema derecha y el fin de la excepción española", con el que es difícil que no esté de acuerdo, y más cuando me he manifestado en un sentido similar en diversas ocasiones. Pero es muy positivo que alguien con influencia intelectual en la izquierda, como es Rendueles, explicite algunos asuntos evidentes, y cuya relevancia es mucho mayor de la que se le suele atribuir.

Según la tesis de Rendueles, la extrema derecha ha aprovechado para crecer los espacios vacíos que la izquierda ha ido dejando, como son la familia, el trabajo, la seguridad ciudadana, las ciudades pequeñas y el entorno rural y el patriotismo, aspectos que tienen muchos puntos en común y que nos señalan un clima cultural que difícilmente es entendido. En realidad, se trata de temas que sí se han abordado desde la izquierda, pero siempre reactivamente, desde el marco que la derecha le ha impuesto, y con una intención más hostil que propositiva.

La familia

Empecemos por la familia. La importancia que se le está otorgando en el debate político se demuestra con el simple hecho de que el término “las familias” esté sustituyendo para designar a la totalidad, cada vez con más frecuencia, a “los ciudadanos” o “los españoles”. La defensa de las familias ha sido utilizada profusamente en la última campaña, pero en términos muy reduccionistas, ya sea porque se ha vinculado únicamente a la familia tradicional y a asuntos como el aborto, o a las nuevas familias, con temas como la reproducción subrogada o a la paternidad de parejas LGTBI.

Pero la familia es mucho más que eso: implica un plan a largo plazo, una voluntad de permanencia, un deseo de futuro común que, sinceramente, nuestra sociedad no favorece. Supone vínculos sólidos, porque los maritales pueden desaparecer, pero los parentales son para siempre, y eso es un problema para un mundo líquido, poco amigo de las raíces y de la permanencia y que se mueve en una frecuente inestabilidad, material y personal.

A la creación de una familia se llega hoy impelido por una cuestión biológica, por una suerte de ahora o nunca, no porque se la esté favoreciendo

La familia precisa de mucho más que lo afectivo: requiere contextos en los que las viviendas sean asequibles para gozar de unas condiciones mínimas de vida, en los que se disponga de tiempo suficiente para abordar la crianza o el cuidado de mayores, de buenos colegios y profesores, de unos servicios sanitarios que funcionen, ya sea para los mayores, para los niños o para nosotros mismos si caemos en una situación de vulnerabilidad. La familia necesita valores compartidos y comunidad, porque un niño no se cría solo en el seno familiar, y cada vez vivimos más aislados o en tribus excluyentes.

La familia es una prueba de nuestra confianza en el futuro, ya que somos más proclives a apostar por ella si tenemos la sensación de que si las cosas no se van a torcer, y si creemos que hay una red de seguridad que permitirá afrontar los malos momentos. Pero hoy la mayoría de la gente carece de esa confianza, porque es imposible prever nada, porque nuestras trayectorias vitales son lo suficientemente fragmentadas, tengamos la edad que tengamos, como para creer que los planes a largo plazo pueden funcionar. De modo que a la creación de una familia se llega hoy, por regla general, impelido por una cuestión biológica, por una suerte de ahora o nunca, pero no porque lo que existe la favorezca. Esa dimensión de inestabilidad permanente está muy presente en los lazos que formamos y en el momento en el que los formamos.

La seguridad ciudadana

Aunque no lo parezca, la seguridad ciudadana es un asunto conectado con aquellos que la familia pone en juego. Se trata de un terreno de juego que la ultraderecha suele aprovechar como instrumento de combate para los emigrantes, lo cual se ha retroalimentado con la reacción de la izquierda: unos gritaban ‘los que vienen de fuera son criminales’, los otros ‘sois unos fascistas y racistas’. Pero detrás del vocerío hay mucho más. La seguridad ciudadana contiene la idea de que los buenos deben ganar y los malos perder, de que la violencia no es rentable, de que la falsedad y los engaños no salen a cuenta. Ciertamente, no es esa la sociedad en la que vivimos, y mucho menos es la sensación que tenemos. La seguridad ciudadana significa vivir en barrios en los que se puede caminar solo por la calle sin tener miedo, y más si se es mujer; significa sentirte protegido porque existen mecanismos institucionales que están de tu parte, que cuando se denuncia a un maltratador no quedarás expuesta a su venganza, que cuando denuncias a un delincuente no te lo hará pagar, que si tienes un pequeño comercio no debes estar siempre pendiente de la puerta por si entran a asaltarte. Vivir en entornos seguros genera confianza básica en tu sociedad, lo cual es una condición esencial para una buena existencia. Lo contrario arroja a un mundo hobbesiano: ese en el que, si te desmayas en la calle, la gente que pasa se agacha a robarte la cartera.

España es un país que se está dividiendo en dos, y tanto en la familia como en la seguridad ciudadana y en el trabajo, se aprecia notablemente

España no es un país desestructurado en el que la vida sea invivible ni en el que las tasas de delincuencia sean especialmente altas, pero sí un país que se está dividiendo en dos, y tanto en la familia como en la seguridad ciudadana se aprecia notablemente. Hay un sector social que puede acceder fácilmente a la vivienda, gracias a los recursos familiares, que vive en buenos barrios, cuyos hijos van a colegios prestigiosos y a universidades extranjeras, que gozarán de oportunidades en el futuro y que raramente caerán en la inseguridad existencial en la que otros sectores sociales se desenvuelven habitualmente. La fragilidad y el adelgazamiento de la clase media es producto de este giro sistémico, cuyos efectos no se han notado gravemente gracias a la solidaridad familiar. Pero los recursos acumulados tienden a agotarse, y muchos padres no podrán dar a sus hijos la ayuda que ellos tuvieron.

De todos los problemas que genera la vivienda, que son muchos, solo se han preocupado por los más graves, como los desahucios, y por sus alquileres

Esta bifurcación no ha sido tomada en serio por la izquierda, habitualmente refugiada en los márgenes. Un buen ejemplo es la vivienda, que se ha convertido en un problema para la mayoría de la gente, porque no puede acceder a ella, porque el precio del alquiler ha aumentado, porque las hipotecas deben ser pagadas durante muchos años y con mensualidades elevadas o porque las únicas opciones al alcance de la mano están en poblaciones lejanas de los núcleos urbanos o en barrios deteriorados. Habría muchísimas cosas que abordar sobre la vivienda, pero la izquierda se ha centrado en los casos más graves, como los desahucios, o en los que más les afecta, el precio del alquiler en los barrios en los que viven, ignorando el resto de casuística.

El trabajo

Esto ha ocurrido de manera significativa en el mundo laboral, al que ha abandonado, producto de su ceguera analítica y de las certezas aprendidas años atrás. Se han desvinculado tanto de la experiencia directa del mundo laboral como de cualquier análisis sólido que les permita entender sus transformaciones. Además, sufren de una falta total de empatía por ese mundo, salvo cuando sufren en sus carnes, como ocurre con alguna frecuencia en la universidad, las condiciones generales del funcionamiento del capitalismo actual.

La reducción salarial se ha acompañado de más tareas burocráticas, asunción de mayor carga de trabajo y mucha menos autonomía

El mundo laboral se está bifurcando de una manera incesante. La mayoría de los trabajos están mal pagados, muchos de ellos vinculados al sector servicios, pero también los que se desempeñan en ámbitos tradicionalmente seguros, desde la universidad hasta la abogacía pasando por el periodismo, la arquitectura y la gran mayoría de las profesiones. La brecha entre pocos puestos bien retribuidos y muchísimos de salarios bajos crece, y en ese contexto se tiende también a eliminar los puestos intermedios y a los mismos expertos. En este cambio tiene mucho que ver la aplicación de procesos de estandarización ligados a las nuevas tecnologías que se han implantado en casi todas las empresas, y que ha puesto en marcha una enorme taylorización informatizada. Estos procesos, que suponen más tareas burocráticas, asunción de mayor carga de trabajo, mucha menos autonomía y reducción salarial afectan a una escala amplísima, desde los empleados de los almacenes de Amazon, de las franquicias de comida rápida o los teleoperadores hasta los médicos, consultores o profesores universitarios.

Este empobrecimiento de condiciones y recursos no ha ocurrido solo en el trabajo por cuenta ajena. Los autónomos conocen bien las dificultades del mercado, igual que las pequeñas empresas y muchas medianas, así como los parados saben de las dificultades para entrar y permanecer en el ámbito laboral. Todas estas situaciones tienen un denominador común, el capitalismo oligopolístico y tecnologizado construido gracias a la financiarización.

Parte de la izquierda nos dice que la taylorización y la financiarización les dan igual porque tienen una solución mágica, que es la renta básica

Estas transformaciones están dejando en situaciones inseguras a una gran parte de la población, con una clase media que sabe que tendrá muy difícil reproducir su posición, con una clase trabajadora empobrecida por el descenso en el nivel de vida y los elevados precios de los bienes necesarios para la subsistencia, y de la que solo salen con bien clases medias altas y altas con conexiones globales. En este escenario, una parte de la izquierda ha optado por volver la mirada a la “nueva” clase obrera fundamentalmente compuesta (oh, sorpresa) “por precariado formado principalmente por mujeres y migrantes, y por no pocos gais, lesbianas, trans, negros, amarillos y marrones”; es de ellos de quienes hay que ocuparse, porque al resto ya le va suficientemente bien. Otra parte de la izquierda nos dice que todos estos problemas les resultan irrelevantes, que la financiarización y la taylorización les dan igual porque tienen una solución mágica, que es la renta básica. Lo que, por cierto, no deja de ser una suerte de brindis al sol: cuando cada vez pagan menos por trabajar, insisten en que nos pagarán por no hacerlo. La tercera opción progresista opta por algo pragmático, como subir el salario mínimo sin alterar la estructura, pero esa ya la ha impulsado el PSOE,

El patriotismo

Esta bifurcación social, en la que una clase posee los medios y las conexiones para reproducir su posición y las demás se fragilizan hace difícil las soluciones compartidas. El patriotismo podría ser una de ellas, porque presupone un sentido de comunidad y un cierto deseo de buscar caminos que beneficien a todos. Amar a la patria tiene que ver con un aspecto emocional, el del vínculo afectivo con el territorio en que se nació y con sus habitantes, pero mucho más con ser capaz de trabajar por ella, de demostrar ese amor con hechos. Esto se debería apreciar especialmente en el caso de las ciudades pequeñas y del mundo rural, un espacio que como bien ha subrayado Guilluy, está perdiendo pie a pasos agigantados en la era global, con ciudades en declive cada vez más alejadas en medios materiales y formas de vida de las grandes urbes, y con grandes territorios cuya población está notablemente envejecida y que apenas cuenta con penas actividad. Qué hacemos con esa parte de España, cómo evitamos que quede cada vez más aislada y que la vida siga escapándose de ella, es una pregunta inevitable desde el patriotismo. Un sentimiento de esa clase debería estar directamente relacionado con una dimensión de cohesión interna, de no dejar a nadie atrás, de no librar a su suerte a buena parte de la población. Pero no ha ocurrido nada de esto: la derecha les ha dicho que los rojos les quieren quitar la caza y prohibir las fiestas con animales y la izquierda que estaría bien que montasen empresas por internet para vender a todo el globo.

Ser español era formar parte del nacionalismo opresivo, y por tanto racista y pueblerino, mientras que ser nacionalista vasco o catalán era liberador

El patriotismo es un tema llamativo, porque se ha reducido por la parte de las derechas a la lucha contra los independentistas mientras que la izquierda ha tenido una relación muy difusa con España. Desde que ser progresista se convirtió en la lucha de las minorías excluidas contra el poder, que en eso llevan metidas muchos años, ser español era formar parte del nacionalismo opresivo, heredero directo del franquismo, y por tanto racista y pueblerino, mientras que ser nacionalista vasco o catalán era liberador, porque simbolizaba la lucha de las minorías asfixiadas contra un poder totalitario. Esa idea ha perdurado y queda mucho de ella en parte de la izquierda, lo cual ha facilitado a las formaciones liberalconservadoras el dibujo de su marco. Por eso ha sido un tema discursivamente dominante en los últimos años, y mucho más a raíz de la aparición del procesismo.

Pero ser patriota debería ser algo más que gritar ‘España se rompe’ o alerta fascista. Sin ir más lejos, el amor a tu país debería traducirse en tener un plan para él, en proponer cómo construir la España del futuro, en lugar de convertirla en cada vez más dependiente del sector servicios y en la zona de recreo de los europeos, que es a lo que nos aboca la apuesta de la derecha. Quizá ser patriota signifique promover que nos sigamos convirtiendo en un Benidorm a gran escala, pero diría que no es buena idea. Tiene que ver más bien con saber qué lugar estamos jugando en la división internacional del trabajo y cuál deberíamos ocupar, con reconsiderar nuestra posición en el mundo y plantearnos por qué cada vez pintamos menos y somos más débiles, o por qué, como sureños, nos estamos convirtiendo en la parte perdedora de la UE. Tiene que ver con preguntarnos por qué no dejamos de ser los pagafantas de Europa y ver cómo recomponemos esa situación. Ser patriota, en este contexto, debería ir ligado a contar con un plan y con una intención de mejorar en lugar de ir perdiendo pie, con cómo afrontar los cambios tecnológicos y cómo superarlos, o con ser conscientes de que ser español es ser ecologista, aunque solo sea por necesidad: es la única energía con la que contamos en abundancia. Y con muchas otras cosas, de las que nadie está pendiente en el terreno político porque prefieren enzarzarse en gritos y acusaciones.

¿Entonces?

En resumen, todos estos vacíos que señalaba Rendueles nos dicen mucho más que su mero enunciado. Van más allá de la familia, el trabajo o la patria, porque señalan problemas importantes de nuestra sociedad y que están presentes en la vida de la mayoría de los españoles, como la enorme dificultad para trazar planes vitales, la inseguridad, la desconfianza en el futuro, habitualmente ligada a la desconfianza en los demás, los grandes escollos que hemos de sortear para conseguir un trabajo decente y los ingresos necesarios para una existencia digna, y con ellos el malestar, el cinismo o la indiferencia vital que apareja estar habitualmente sujetos al azar. Además, nos plantea preguntas como país, acerca de la posición que ocupamos en el mundo y en Europa, y de cómo afrontar un porvenir que se adivina difícil y con transformaciones de gran calado. Es verdad que nadie está a estos asuntos, pero si la izquierda no está a ellos, ¿a qué está?

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