La abstención produce monstruos

El desapego frente a los partidos tradicionales está alimentando los extremos y la abstención puede jugar un papel fundamental en la distribución de fuerzas

Foto: 'El sueño de la razón produce monstruos'. (Francisco de Goya)
'El sueño de la razón produce monstruos'. (Francisco de Goya)

Hay un grabado de Goya que bien podría servir estos días de cartel electoral para el 10-N. Ese aguafuerte en el que aparece el pintor sentado en un sillón, dormitando sobre una mesa llena de papeles, mientras hacia él avanzan en penumbra murciélagos, lechuzas y búhos que no parecen buen presagio. Un gato y un lince lo observan todo con los ojos muy abiertos para que la escena resulte aún más inquietante. Se titula ‘El sueño de la razón produce monstruos’. Con cambiar las hojas y lápices de la escena por papeletas electorales, la pesadilla valdría como cartel promocional de la abstención. Con el protagonismo que va a tener estas elecciones, solo le faltaba eslogan propio.

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Si los pronósticos se cumplen, los españoles votaremos el Parlamento con más escaños antisistema de las últimas décadas. La extrema derecha de Vox podría convertirse en la tercera fuerza política del país; disputa el bronce a la extrema izquierda de Podemos que, aunque en los últimos sondeos perdería varios de los 42 escaños, mantendría un peso importante en el Congreso, y los más antisistema de todos, los independentistas, todo apunta a que el 10-N afianzarán el liderazgo al alza de ERC con la irrupción de la CUP. Si el PSOE mantiene su peso de abril, escaño arriba o abajo de los 123, el constitucionalismo tradicional solo remontaría por el lado del centro derecha de Pablo Casado, al que una media de encuestas pronostica una subida de casi 30 diputados (de los 66 actuales), pero como Cs podría perder más de la mitad de su representación (en 57), lo comido por lo servido.

No es que España entera se esté radicalizando de repente, sino que se está desmovilizando el votante moderado, el que más decepción atesora con sus opciones políticas, incapaces de formar Gobierno. El desapego a los partidos tradicionales está alimentando los extremos y la abstención puede jugar un papel fundamental en la distribución de fuerzas.

El resultado del domingo dependerá en gran parte de cuántos de los cerca de seis millones de indecisos, a los que se atribuye tradicionalmente una mayoría sociológica de centro, terminen por no votar. En España, en una escala ideológica del 1 al 10, un 20% de españoles se sitúa en el 5, dos tercios entre 4 y 6 y otro tanto no sabe o no contesta porque no le gusta ser etiquetado.

Si izquierdas y derechas no suman mayorías a un lado ni a otro, el nuevo Parlamento puede que resulte más útil dividirlo en función del peso de las formaciones políticas pro y antisistema. Las primeras son las que tradicionalmente aspiran a mejorar el sistema (cada una a su manera), mientras que los anti lo que buscan es desacreditarlo. Alimentan un hartazgo visceral sin pararse a explicar la letra pequeña de sus soluciones de brocha gorda y dudosa utilidad.

Tan improbable es reunir mayorías en el Congreso para hacer un referéndum de autodeterminación como para acabar con las autonomías recogidas en la Constitución. Lo que no quita que se gane votos prometiéndolo. Centrar una campaña en promover soluciones imposibles y simplificadas hasta lo grotesco atrae al votante indignado, ese que despierta cuando la razón se echa a dormir. Un partido antisistema no se alimenta de la verosimilitud, sino del hartazgo.

Centrar una campaña en promover soluciones imposibles atrae al votante indignado, ese que despierta cuando la razón se echa a dormir

El desapego a los partidos tradicionales de las democracias occidentales es un fenómeno general en toda Europa. Antes de que desgastáramos tanto la palabra populismo, también servía para explicarlo. El imán atrapavotos indignados del que bebe Vox en España ya le funcionó a Salvini y al Movimiento 5 Estrellas en Italia, a Orbán en Hungría y a Le Pen en Francia. Los partidos extremistas crecen también en Escandinavia, Austria, Alemania y Holanda. En cada sitio proponen cambios muy distintos, con más o menos remilgos a las políticas ultra.

Lo que ha traído hasta aquí a todos estos partidos que prometen la revolución contra el 'establishment' es la desilusión con las instituciones

Unos cargan contra el capitalismo y otros contra la inmigración o “el consenso globalista”, coletilla que por cierto últimamente repite mucho Abascal. Los cambios que proponen son distintos, pero tienen en común querer cambiarlo todo. Al llegar a las instituciones, algunos antisistema se dejan domesticar, otros se vienen arriba y radicalizan aún más sus propuestas. Confiar en que la inercia los meta en vereda no sabemos si resultará efectivo, pero muy arriesgado seguro que es.

Lo que ha traído hasta aquí a todos estos partidos que prometen la revolución contra el 'establishment' es la desilusión con las instituciones. Lo que aún no sabemos es dónde nos llevarán. Al final, el único antídoto verdaderamente efectivo frente a los antisistema es arreglar, claro, el sistema. Pero a eso no da tiempo antes de las elecciones del domingo. Por eso, cuando los populismos se despiertan, la abstención produce monstruos. Un gato y un lince lo observan todo con los ojos muy abiertos.

Segundo Párrafo
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