Viajar este verano va a ser un horror, pero qué ganas de volver a hacerlo
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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Viajar este verano va a ser un horror, pero qué ganas de volver a hacerlo

Como es un aeropuerto y no un parque, si hay aglomeraciones, en vez de irresponsable lo llamamos recuperación

placeholder Foto: Pasajeros en el aeropuerto de Madrid Adolfo Suárez Barajas. (EFE)
Pasajeros en el aeropuerto de Madrid Adolfo Suárez Barajas. (EFE)

Volver a meterse en un avión por primera vez desde que empezó la pandemia es toda una experiencia. Una que de momento no recomendaría a los más aprensivos. Tras un año y medio sin hacerlo, tenía ganas de volver a volar. No ha sido por placer, sino por trabajo, lo que seguramente influye en la balanza de pros y contras. Compensa más cuando es para ir a la playa que para un congreso. Ni siquiera ha sido un vuelo al extranjero, por lo que aún no he sufrido todo el nuevo papeleo sanitario de fronteras en tiempos del covid que hacen los viajeros internacionales. Aun así, la primera sensación de coger por fin un avión no ha sido la de que todo ha vuelto a la normalidad, sino la de que mejor nos vamos acostumbrando a que falte mucho para lograrla. Sobre todo en los viajes.

Las mascarillas a bordo de los aviones seguramente tarden mucho en desaparecer, si es que no están aquí para quedarse, pero doy fe de que de lo que ya no queda ni rastro en algunas terminales es de la distancia de seguridad. Como es un aeropuerto y no un parque, si hay aglomeraciones, en vez de irresponsable lo llamamos recuperación. Ni rastro de la distancia requerida en la cola para pasar el control de seguridad ni nadie que la exija. Tampoco para embarcar. Vamos por la quinta ola y sigue sin estar muy claro, al menos desde el punto de vista sanitario, por qué en cines y teatros se exige dejar una butaca vacía y en los trenes y aviones viajamos codo con codo más horas de las que dura una película.

Foto: Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. (Reuters)

Lo más parecido a un síntoma en los viajes de aquello a lo que llamábamos normalidad es que a finales de julio el aeropuerto de Barajas ya está abarrotado. Será buena noticia para las aerolíneas, para Aena y para el PIB, pero en un país en riesgo extremo de contagio, con una incidencia por encima de los 700 casos por 100.000 habitantes, no parece lo más sensato que la gente se amontone antes de embarcar, como en los viejos tiempos a.C. (antes del coronavirus). La ministra Darias insiste mucho en que España es un destino seguro, estaría bien parecérselo también a las visitas.

Cuando tras el 11-S empezaron los controles exhaustivos en la seguridad de los aeropuertos y luego llegaron hasta los escáneres de cuerpo entero, bromeábamos con que para volar solo les faltaba pedirnos un análisis de sangre. Al tiempo. De momento, ya nos vamos acostumbrando al palito por la nariz, pero mejor traérselo metido de casa. Los atentados de las Torres Gemelas cambiaron para siempre la seguridad en los aeropuertos. El covid está volviendo a añadir nuevos controles sanitarios que tienen pinta de quedarse.

Tener que hacerse pruebas antes viajar no es lo más molesto. Más rabia da que las exijan y no las pidan, como me contaba el otro día una inglesa que también volaba por trabajo. Una quinta parte de las 30 horas que pasó en España la empleó en buscar dónde hacerse un test para la vuelta, y eso que estaba vacunada, porque se lo podían exigir en Heathrow. Se quejaba de que al papeleo del Brexit hay que sumarle ahora los controles fronterizos de la pandemia. Otros países como Francia suman una declaración jurada de que no se tienen síntomas ni se ha estado en riesgo de covid, que autoriza a realizar al viajero un PCR al aterrizar. También pide información para localizarlo en caso de contagio.

Foto: Tursistas hacen cola para hacerse una PCR en el aeropuerto de Palma de Mallorca. (EFE)

El mayor trastorno de viajar en avión este verano, por mucho que las compañías se empeñen en recordarnos lo seguro que es volar, que lo es, no es solo el engorro de los test o sacarse el pasaporte de vacunas. Es que de tener la mala suerte de viajar con algún infectado por covid en un radio de dos filas de asientos, si el rastreo funciona, tocaría pasarse las vacaciones en un hotel de cuarentena. En el mejor de los casos. En el peor, en el hospital. Lo mismo si es en tren o autocar. Unos países son más estrictos que otros en el aislamiento de los vacunados en caso de contacto de riesgo, pero el peligro de nada más aterrizar tener que encerrarse 15 días está haciendo que mucha gente prefiera viajar en su propio coche para reducir riesgos.

A España no le basta con ser el país de los 50 más poblados del mundo con mayor porcentaje de población vacunada. Para la mayoría de viajes intercontinentales, va a haber que esperar más. Para hacerlos y para recibirlos. Estados Unidos ha elevado España al máximo nivel de alerta, junto con Cuba y Kirguistán. Igual que a los alemanes, a los estadounidenses no se les recomienda viajar a España por riesgo de contagio. Y la Administración Biden aún no ha abierto sus aeropuertos a los europeos vacunados.

Solo la vacunación trae buenas noticias

Hasta que las vacunas no lleguen a todas partes y mientras las variantes no den tregua, muchas fronteras seguirán cerradas. La UE lleva ventaja, porque ya ha vacunado al 57% de la población (al 70% de los mayores de 18 años con al menos una dosis), pero en Asia solo está vacunado un 27% y en África no llegan al 4% de la población. Los expertos calculan al menos dos años de mucha incertidumbre por delante.

Aun así, los viajes vuelven a despegar este verano. Pese a los test, el papeleo y las cuarentenas, Barajas está a tope. Viajar en tiempos del covid es un engorro, sí. Pero qué ganas teníamos de volver a hacerlo.

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