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Carta de un imbécil a sus congéneres
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Carta de un imbécil a sus congéneres

Hay que ser imbécil para seguir creyendo que en este país se puede hacer política sin ceder a tus principios, sin dejarte arrullar por la mano que mece la cuna de la política

Foto: El viceportavoz del Grupo Mixto, Francisco Igea (i), y el vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Juan García Gallardo (d). (EFE/Nacho Gallegos)
El viceportavoz del Grupo Mixto, Francisco Igea (i), y el vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Juan García Gallardo (d). (EFE/Nacho Gallegos)

Andaba a mitad de un discurso sobre la importancia de la transparencia en relación con la financiación de los medios y el gasto en publicidad institucional cuando una alusión irónica a los gustos del vicepresidente volvió a disparar el gatillo de su intolerancia a la crítica y a la frustración: "¡IMBÉCIL!", espetó con rabia y un marcado acento en la "E", así debe de pronunciarse cuando se dice con profesionalidad. Otras veces reconozco que lo hubiera dejado pasar, pero el personaje me puede. Siempre con la barbilla hacia atrás, como el Duce, y el belfo fruncido. El gesto bravucón y desafiante me obligó a parar. Lo demás lo vieron todos los españoles, así que se lo ahorro a ustedes. El caso es que desde entonces ando dándole vueltas a si estuviera en lo cierto nuestro pequeño Führer del Arlanzón. ¿Y si fuera realmente imbécil?

Después de estas semanas de reflexión he llegado a la conclusión de que puede tener razón. ¿Quién, si no un imbécil, seguiría creyendo que es posible una política sensata en este país? Una política que crea en la reforma, la modesta y humilde reforma, no en las revoluciones patrióticas de izquierda y derecha. Una política dedicada a gestionar lo público con modestia, para mejorar la suerte diaria de sus ciudadanos, no para rescatar glorias imperiales o revolucionarias. Hay que ser imbécil, muy imbécil, para seguir creyendo que en este país se puede hacer política sin ceder a tus principios, sin dejarte arrullar por la mano que mece la cuna de la política. Esa suave y dulce mano que invita unos días a una cena en el Juan Luis y otros días a los toros en Las Ventas. O esa otra mano de hierro, envuelta en papel de periódico, que asegura buenos titulares en los medios de su propiedad a cambio de concesiones y contratos a sus otras empresas. Hay que ser muy imbécil para pensar que uno podría cambiar la política local. Esa que maneja los intereses cercanos y directos de gentes que llevan 35 años instaladas en sus privilegios. Hay que ser absolutamente imbécil para pensar que uno podría cambiar todas esas cosas con la sola fuerza de la razón. Cambiarlo renunciando a ejercer la presión, el chantaje y la amenaza con la que algunos defienden su permanencia en el poder. Pero me consuela no haber sido el único imbécil. Por eso he decidido escribir a los muchos imbéciles que he conocido.

Foto: Los comicios andaluces, claves en el camino de Feijóo a Moncloa. (EFE/Emilio Naranjo) Opinión

Idiotas sublimes que dejaron el inmaculado trono de una vida de prestigio profesional para dedicarse a este oficio, sucio, repleto de barro y sangre, como una batalla de los tercios en las ciénagas de Flandes. Idiotas como Verónica, que pasó de ser "la mejor médico del mundo" a convertirse en la diana de todos los dardos de quienes en mitad de la tormenta solo sabían soltar imprecaciones. Víctima de la traición de unos socios que pagaron con el desprecio meses de desvelos y sacrificios.

Tontos al rape, como los que apostaron con nosotros por una Administración más transparente, más limpia y con menos trampas, pensando que esto duraría dos segundos más que nuestra presencia en la administración.

Necios que creyeron poder mejorar nuestras políticas públicas de empleo sin atender a sí esto perjudicaba los intereses de una u otra organización. Sin caer en la cuenta que el interés general no suele ser el más general de los intereses.

Foto: El presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco. (EFE/R. García) Opinión

Bobos solemnes, que pensaron que la cultura debía de ser para todos, un instrumento de disfrute y conocimiento al servicio de una comunidad y no una mera oportunidad para el envanecimiento de los políticos de alfombra roja.

Cretinos que pensaron que podrían cambiar todo eso y más, mientras nuestros socios jugaban al mismo juego de siempre. Tengo sus nombres y sus caras en mi cabeza. Cuando pienso en ellos, se me saltan las lágrimas de recordar la suerte de haber podido trabajar con ese tremendo "Cotolengo de Santa Euduvigis". Personas que trabajaron en este dulce sueño que se convirtió en pesadilla por obra y gracia de una pandemia mortal y una endemia política.

A todos ellos, a todos los imbéciles que he encontrado en este sorprendente camino, me gustaría recordarles una frase que nunca dijo el Quijote: "Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es necesidad ni utopía, sino justicia". Gracias por vuestra estulticia y vuestra amistad.

Andaba a mitad de un discurso sobre la importancia de la transparencia en relación con la financiación de los medios y el gasto en publicidad institucional cuando una alusión irónica a los gustos del vicepresidente volvió a disparar el gatillo de su intolerancia a la crítica y a la frustración: "¡IMBÉCIL!", espetó con rabia y un marcado acento en la "E", así debe de pronunciarse cuando se dice con profesionalidad. Otras veces reconozco que lo hubiera dejado pasar, pero el personaje me puede. Siempre con la barbilla hacia atrás, como el Duce, y el belfo fruncido. El gesto bravucón y desafiante me obligó a parar. Lo demás lo vieron todos los españoles, así que se lo ahorro a ustedes. El caso es que desde entonces ando dándole vueltas a si estuviera en lo cierto nuestro pequeño Führer del Arlanzón. ¿Y si fuera realmente imbécil?

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