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Los partidos políticos ya no son lo que eran (II)
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Jesús Fernández-Villaverde

La mano visible

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Los partidos políticos ya no son lo que eran (II)

Analizaremos cómo la inestabilidad del sistema de partidos muta la identidad de los partidos en sí mismos, y conduce, de igual manera, a políticas intrascendentes

Foto: Congreso de los Diputados. (EFE/Kiko Huesca)
Congreso de los Diputados. (EFE/Kiko Huesca)

Hace unas semanas argumentábamos que, desde 2008, la volatilidad del sistema de partidos políticos en muchos países europeos, y en España en particular, viene sesgando el comportamiento político a favor de las medidas con beneficios en el corto plazo (aunque con costos en el largo plazo) y en contra de las que ofrecen beneficios en el largo plazo (pero que suelen tener costes importantes en el corto plazo). Hoy analizaremos cómo la inestabilidad del sistema de partidos muta la identidad de los partidos en sí mismos, y conduce, de igual manera, a políticas intrascendentes, a menudo limitadas a cambios simbólicos centrados en aspectos identitarios.

Este segundo factor de inestabilidad del sistema de partidos es menos discutido, pero en nuestro juicio clave: los partidos existentes se transforman con los años. Y cuando este cambio es acelerado, como está ocurriendo ahora, los lideres de estos se enfrentan a un horizonte más corto. El PP de 2022 poco puede tener que ver con el PP que sobreviva en 2038, aunque ambos compartan las mismas siglas.

Foto: El hemiciclo al inicio de un pleno del Congreso. (EFE/Fernando Villar) Opinión
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El motivo detrás de estos cambios es que los partidos están sujetos a la competencia política. Por tanto, reaccionan a la entrada de nuevos partidos, a las oportunidades (por el motivo que fuera) de expandir el voto a grupos que hasta entonces no eran su caladero natural, a los cambios demográficos (por ejemplo, de edad y educación mediana), económicos (por ejemplo, qué sectores generan empleo) y de localización geográfica de los votantes, e incluso a cambios ideológicos en la población (los menos). Todos estos factores interactúan —de maneras algunas veces inesperadas— con la ley electoral en cada país (o región). En todo sistema de partidos hay una contingencia enorme.

Pero más allá del mecanismo concreto, los cambios estructurales de los partidos tienen sus costes. Un cambio de posicionamiento en el espectro ideológico y de políticas gana votantes a costa de otros que se pierden por sentirse afectados por dichas decisiones. Esto es, los cambios de los partidos generan un problema de representación. A finales de la década pasada, el votante de Vox no se sentía representado por el PP y migró a una nueva opción política como lo habían hecho, unos años antes, muchos votantes del PSOE cuando dieron su voto a Podemos. Estos movimientos son el reflejo electoral del grito fundamental del 15-M en España durante la crisis: "No nos representan". Las crisis de las democracias occidentales, cada una con su idiosincrasia, son una crisis de representación de la cual el populismo es solo su manifestación más llamativa.

Foto: El nuevo portavoz del PSOE en el Congreso, Patxi López, durante su primera rueda de prensa tras asumir el cargo, este jueves en el Congreso. (EFE/Rodrigo Jimenez)

Este desajuste de la representación induce también un enorme dinamismo en el mercado político, aunque las "etiquetas" políticas no cambien. Para ilustrar este último fenómeno, merece la pena dejar España y mirar el caso de Estados Unidos. Desde 1856, la política americana ha estado monopolizada por dos partidos, el Republicano y el Demócrata. El Demócrata fue el partido dominante de una manera abrumadora en el sur de los Estados Unidos desde 1875 hasta finales de los años 60 del siglo XX, cuando se produce la revolución de los derechos civiles. Por ejemplo, el gobernador de Carolina del Sur fue demócrata de manera ininterrumpida desde 1877 hasta 1975.

El motivo es que el Republicano era el partido de la Unión y de Lincoln, el destructor de la sociedad del sur y su fundamento económico: la esclavitud. En cambio, el partido demócrata era el gran defensor de los derechos de los estados frente al poder federal para proteger el sistema de segregación bajo el que vivía el sur desde el fin del periodo de reconstrucción. Ser blanco y del sur era casi sinónimo de votante demócrata y de estar en contra de un gobierno federal con muchos poderes.

Foto: Vista general del Congreso de los Diputados. (EFE/Miguel Osés) Opinión
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Pero, paradójicamente, son también los demócratas —desde la decisión del presidente Truman de integrar racialmente las fuerzas armadas hasta las grandes iniciativas legislativas de los derechos civiles bajo las presidencias de Kennedy y Johnson— los que rompen con el sistema de segregación racial. Este cambio reflejaba el creciente peso electoral de las grandes áreas metropolitanas del norte y centro de Estados Unidos, donde una mayoría de los votantes demócratas se oponían al sistema de segregación. Los demócratas se dan cuenta que no pueden ganar las elecciones presidenciales sin Chicago o Nueva York, pero que sí pueden ganar sin Carolina del Sur.

Pero las reformas de derechos civiles solo pueden llevarse a cabo si hay un gobierno federal fuerte dispuesto a hacer cumplir la legislación federal al respecto, y es en este punto donde sucede esa transformación fundamental del sistema político estadounidense: el partido demócrata, hasta entonces defensor de los derechos de los estados, se convierte en el partido defensor del poder federal.

En el otro lado del espectro, el partido republicano, adalid durante décadas de un gobierno federal superior a los estados, se lanza —bajo el mandato de Nixon— a buscar apoyo en los antiguos votantes del partido demócrata en desafección por las nuevas políticas federales (en temas de derechos civiles, pero también en muchas otras áreas). El partido de la Unión por antonomasia se transforma en el partido de los derechos estatales. Un votante nacido en 1940 ha visto a lo largo de su vida cómo las mismas etiquetas, demócrata y republicano, significan lo contrario en su madurez que en su juventud en un tema tan clave en Estados Unidos como es el federalismo.

Foto: La presidenta del BCE, Christine Lagarde. (EFE/Armando Babani) Opinión

Podríamos enumerar decenas de ejemplos de otros países, pero la idea queda ya clara: las siglas permanecen a menudo mucho más que los votantes. Todo partido político es una coalición de votantes para canalizar sus intereses y estas coaliciones cambian a lo largo del tiempo.

Volvamos, entonces, a nuestra experiencia nacional. En España los partidos han experimentado una notable transformación como consecuencia de varios factores, que van más allá del inmediato momentum de la crisis financiera de 2008 a 2012 (sin duda, un catalizador de cambios que iban a ocurrir de igual manera, pero en un periodo más largo de tiempo).

El primer cambio para anotar es el del género de los votantes. Hasta los años 60 del siglo XX, las mujeres votaban más a las derechas que los hombres. Esta era la razón por la que muchos partidos de izquierda en el Reino Unido, Francia e incluso durante la Segunda República en España recelaran de dar el voto a las mujeres durante la primera mitad del siglo XX. En un famoso debate en Cortes Constituyentes de 1931, Victoria Kent expresó claramente esta reticencia. Luego, los porcentajes de votos se igualaron. En el caso de España, no hubo diferencias significativas entre el voto de los hombres y las mujeres hasta 2004. A partir de aquel momento, la brecha se ha ido acrecentando, sobre todo por el peso del voto de los hombres a Vox.

Foto: La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde. (Reuters/Thomas Lohnes) Opinión

Un segundo cambio importante es el de perfil de educación de los votantes de cada partido. Como documenta un reciente libro editado por Amory Gethin, Clara Martínez-Toledano y Thomas Piketty (El Confidencial publicó una interesante entrevista a Clara Martínez-Toledano el año pasado tratando muchos temas de este libro), los partidos de izquierda reciben cada vez más votos de personas de alto nivel educativo y los partidos de derecha de personas de la clase trabajadora.

Estos dos cambios, en el sesgo de género y en la educación en el voto, merecen una reflexión más profunda, pues están detrás, en buena medida, de la crisis de representación que vivimos actualmente y sus consecuencias no han terminado de cuajar completamente.

En vez de tratar con estadísticas más abstractas, podemos simplificar la exposición analizando un ejemplo, el de las recientes elecciones andaluzas, centrándonos en los representantes de los partidos a la izquierda del PSOE: Por Andalucía y Adelante Andalucía.

Foto: La presidenta del BCE, Christine Lagarde. (Reuters) Opinión

Por Andalucía obtuvo 5 diputados:

  1. Inmaculada Nieto, de Izquierda Unida, licenciada en Ciencias Políticas y Máster en Administración Pública. La mayor parte de su carrera profesional ha estado centrada en la política municipal y autonómica.
  2. Esperanza Gómez Corona, de Mas País, Profesora Titular de Universidad en el área de Derecho Constitucional.
  3. Juan Antonio Delgado Ramos, de Podemos, Guardia Civil.
  4. José Manuel Gómez, historiador que trabaja en la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba en un proyecto de Memoria Histórica.
  5. Alejandra Durán Parra, Coordinadora en un centro de atención telefónica.

Adelante Andalucía obtuvo dos diputados:

  1. María Teresa Rodríguez-Rubio Vázquez, licenciada en Filología Árabe y profesora de Lengua Castellana y Literatura de Instituto.
  2. María Isabel Mora Grande, licenciada en Derecho, funcionaria de la Junta de Andalucía y activista de derechos humanos.

Con estos datos biográficos (obtenidos en internet, si hemos cometido algún error estaremos encantados de corregirlos inmediatamente) vemos tres patrones de interés. Primero, hay cinco diputadas y dos diputados. Este es el sesgo de género más acusado de todos los partidos o coaliciones con representación parlamentaria. El más cercano es Vox, en el extremo contrario, con nueve diputados y cinco diputadas (el PP y PSOE dividen sus diputados de manera exacta entre hombres y mujeres).

El tercer patrón de interés es el predominio de personas en profesiones vinculadas a los argumentos lingüísticos

¿Cómo puede ser que con listas paritarias aparezcan estos sesgos? Porque los partidos minoritarios obtienen en muchas circunscripciones solo un diputado. Por tanto, al determinar sus cabezas de listas, el partido selecciona implícitamente la distribución de genero de sus diputados. Por ejemplo, Vox colocó a siete hombres de cabeza de lista provinciales (todas menos la liderada por Macarena Olona). Con un porcentaje de votos algo menor, Vox tendría muchas menos diputadas y, con un porcentaje más alto de votos, la distribución de elegidos de Por Andalucía y Adelante Andalucía habría sido más equilibrada entre hombres y mujeres.

El segundo patrón de interés es el predominio de personas vinculadas a la administración pública (pero no en lo más alto de ella): dos diputados que vienen de la universidad (pero ninguno catedrático), una diputada profesora de instituto, una diputada funcionaria de la Junta de Andalucía, un diputado Guardia Civil y una diputada con muchos años en cargos electos. En contraposición, hay solo una pequeña representación del sector privado (una coordinadora de un centro de atención telefónica).

El tercer patrón de interés es el predominio de personas en profesiones vinculadas a los argumentos lingüísticos y que requieren de, al menos, grados universitarios (abogados, historiadores, filólogos). Por el otro lado, no hay ningún representante de profesiones técnicas (ingenieros y similares), de las clases trabajadoras tradicionales (agricultores, empleados de fábrica) o modernas (repartidores de Amazon, empleados de hostelería).

Foto: Foto: EFE. Opinión

Las selecciones de Por Andalucía y Adelante Andalucía reflejan fielmente, por tanto, los resultados de Gethin, Martínez-Toledano y Piketty: los partidos de izquierda, especialmente fuera de la socialdemocracia tradicional representada en España por el PSOE, son cada vez más los partidos de las clases medias/medias-altas urbanas, educadas (pero no en la cumbre de la pirámide académica), vinculadas al sector público (educación, sanidad, funcionarios) y con una fuerte representación de mujeres. No es sorprendente por tanto el éxito de Más Madrid, quizás el partido más ajustado a esta nueva confluencia electoral y que cuenta con las ventajas de un mayor número de potenciales votantes, dada la estructura demográfica y económica de Madrid.

Hemos pasado del PCE de Gerardo Iglesias, minero de La Cerezal, un pueblo cerca de Mieres, al Más Madrid de Mónica García, médica crecida en el distrito de Retiro, porque ya no quedan mineros en las Cuencas, pero sí 77.359 empleados del Servicio Madrileño de Salud. De hombre, rural, obrero y de bajo nivel educativo, a mujer, urbana, profesional y de alto nivel educativo.

No es sorprendente tampoco que los votantes de clases trabajadoras, de zonas rurales o de las afueras de las ciudades, no vinculados al sector público, generalmente hombres, encuentren poco atractivos esos partidos y emigren a la abstención o a la derecha.

Vox tiene la necesidad de mantener contento con sus propuestas económicas al votante del barrio de Salamanca y al camionero de Fuenlabrada

Queremos resaltar que hemos seleccionado Por Andalucía y Adelante Andalucía porque ilustran los cambios que nos interesan de manera muy clara, pero existen similares ejemplos en casi todos los países europeos y desde la derecha a la izquierda. Poco se parece el partido conservador británico de 2022 al de 1950.

¿Por qué es clave este cambio en la composición de los votantes de los partidos? Porque, al no estar completada, los dirigentes de los partidos no quieren terminar de romper con sus viejos votantes. Por Andalucía sigue obteniendo la mayoría de los votos en Marinaleda a pesar de que esta coalición poco tenga ya que ver, en composición de dirigentes o prioridades, con las aspiraciones históricas de los jornaleros andaluces. Esta reticencia por romper con el pasado, hasta que no quede más remedio, lleva a los partidos a ejercicios de equilibrismo múltiple poco propicios a las reformas de calado, pero más fáciles, en cambio, cuando se centran en aspectos simbólicos e identitarios que pueden agrupar a todos sus votantes, como la Ley de Memoria Democrática (en un lado del espectro) o el PIN parental (en el otro lado). La política se vuelve solo palabra y representación teatral, sin el contenido último de la política, que es acción.

Pues algo similar le ocurre a Vox y, en menor medida, al PP. Vox empezó, como el Frente Nacional en Francia, con un programa económico de liberalización radical de la economía y reducción de impuestos. Con el tiempo ha ido evolucionando en la misma dirección que Agrupación Nacional en Francia, hacia un fuerte intervencionismo en muchos sectores. Muchos críticos de Agrupación Nacional o Vox atribuyen tal giro a un mero cinismo electoral. En nuestra opinión, estos críticos subestiman la importancia del intervencionismo en la historia de la derecha nacional-conservadora europea o la percepción por parte de sus dirigentes de dónde están las bolsas de votantes potenciales. Pero en todo caso, Vox se encuentra con la necesidad, para consolidar su posición, de mantener contento con sus propuestas económicas tanto al votante acomodado del barrio de Salamanca de Madrid como al camionero enfadado de Fuenlabrada, labor que solo es posible desde una posición de ambigüedad, más lejos de medidas como pedir la reducción del número de diputados de la Asamblea de Madrid.

Pocas enseñanzas hay tan claves en economía como que los agentes responden a los incentivos

En el caso del PP, Moreno Bonilla tendrá que gobernar sabiendo que muchos de sus votantes son "prestados", limitando su campo de actuación. Feijóo, si quiere llegar a la Moncloa, se enfrenta al mismo dilema de atraer a votantes "prestados", lo que le llevará a propugnar un programa económico lleno de vaguedades y poco dado a los cambios radicales.

En definitiva: los partidos están cambiando en sus composiciones de votantes y, mientras los cambios no terminen, la mejor estrategia de sus dirigentes es no empujar en exceso en una dirección u otra y con ello poner en peligro la supervivencia del partido, en especial cuando te puede surgir un rival a la derecha o la izquierda.

Pocas enseñanzas hay tan claves en economía como que los agentes responden a los incentivos: no siempre de manera perfecta o plenamente racional, pero casi siempre con contundencia. El sistema de partidos en España lleva cambiando desde 2008 explícita e implícitamente. Y en el medio de este cambio, la ambigüedad y la ausencia de políticas de largo plazo son la mejor respuesta para los políticos que quieren ganar elecciones. Como esto no lo entendieron ni Rivera ni Casado, no están ya en la política. Sánchez y Feijóo sí parecen entenderlo, y por eso puede que su carrera política sea más dilatada.

Las próximas elecciones en Italia van a ser una vuelta de tuerca más en las consecuencias de tal crisis en nuestro vecino mediterráneo

¿Cómo terminará esta crisis de representación? No lo sabemos. Las próximas elecciones en Italia van a ser una vuelta de tuerca más en las consecuencias de tal crisis en nuestro vecino mediterráneo. Quizás lo que ocurra en Italia nos aventure el futuro de muchas otras democracias occidentales.

En nuestras próximas entradas discutiremos cómo este cambio de los partidos políticos enlaza, de manera clave, con la territorialización de España desde 1978 y con los cambios demográficos, en especial, el envejecimiento del votante mediano.

Hace unas semanas argumentábamos que, desde 2008, la volatilidad del sistema de partidos políticos en muchos países europeos, y en España en particular, viene sesgando el comportamiento político a favor de las medidas con beneficios en el corto plazo (aunque con costos en el largo plazo) y en contra de las que ofrecen beneficios en el largo plazo (pero que suelen tener costes importantes en el corto plazo). Hoy analizaremos cómo la inestabilidad del sistema de partidos muta la identidad de los partidos en sí mismos, y conduce, de igual manera, a políticas intrascendentes, a menudo limitadas a cambios simbólicos centrados en aspectos identitarios.

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