Gabriel Rufián y la era de los "emprendedores políticos"
Cada vez hay más figuras que se mueven en la política como los fundadores de 'startups'. Buscan financiación, utilizan las redes para generar atención, si fracasan lo vuelven a intentar. Otros le han precedido, pero Rufián es su máxima expresión
El portavoz de ERC, Gabriel Rufián. (EFE/Javier Lizón)
Los partidos políticos tradicionales están pasando por una profunda crisis, pero crear una nueva formación con el fin de sustituirles se ha vuelto casi imposible.
Vox se fundó en 2013 y se pasó seis años sin disponer de cargos públicos relevantes, ni del dinero asociado a ellos. Solo pudo superar esa larga travesía gracias a que disponía de financiación privada y a que muchos de sus fundadores no necesitaban un sueldo. Hoy es solo la emanación de la voluntad de dos personas, Santiago Abascal y Kiko Méndez-Monasterio.
Podemos simuló ser un partido, pero en realidad era solo una pyme que daba curro a unos cuantos amigos a los que exigía sumisión absoluta; hoy ni siquiera pretende disponer de una estructura y todas sus decisiones se toman en un domicilio privado.
Si un partido se caracteriza por que los líderes pasan, pero la estructura se queda, no puede decirse que Ciudadanos fuera un partido.
Ante la dificultad para generar nuevas formaciones, ha emergido una nueva figura: la del "emprendedor político". Este no aspira a crear un partido, sino que actúa como quien funda casi a solas una startup. Sabe que las probabilidades de éxito son muy escasas, pero si le sale bien, dispondrá de unos buenos ingresos y de atención mediática y, ya de manera secundaria, tal vez pueda influir en la elaboración de políticas coherentes con su ideología. Si fracasa, al menos se habrá hecho famoso en el proceso y luego podrá montar una consultora para asesorar a quienes quieran emularle, salir en tertulias mal pagadas pero que crean la ficción de que eres influyente y abrir un canal de YouTube.
En la derecha, este nuevo modelo de ascenso político ya es habitual. Tras una convencional carrera como asesor en Ciudadanos, Alvise supo que tenía que arreglárselas por sí mismo, y lo consiguió gracias a una financiación dudosa, unas siglas vacías y un par de compañeros de viaje que le acompañaron a Bruselas y con los que ya se ha peleado. Pero nadie le quita 8.000euros al mes hasta 2029, grandes ingresos paralelos y la posibilidad de sacar la cabeza en otros ámbitos, como casi consigue en Aragón. Vito Quiles está "creando marca" para dar el salto a la política en cuanto detecte que es el momento adecuado. Marcos de Quinto o Martín Varsavskyno tienen problemas de dinero, pero sí una creciente necesidad de atención, y entienden muy bien que ser famoso en Twitter o en los talk shows es el primer paso para que alguien te llame para darte un cargo que, a su vez, te hará más famoso. Porque esto no solo va de dinero, sino de esa otra adicción que ha vertebrado la política desde la antigua Roma hasta la era de la economía de la atención: la fama.
La izquierda y Rufián
En la izquierda se está produciendo el mismo fenómeno, pero de una manera aún más agónica. Nadie puede formar un partido serio a la izquierda del PSOE porque hay más oferta regional —Comuns, Compromís, Más Madrid, Bildu, Bloque…— que demanda nacional. La izquierda será el bando perdedor, por lo menos, durante los próximos cinco años. Y cuando gobiernen el PP y Vox se acabará la colonización de RTVE por parte de la izquierda, que ha permitido mantener con vida mediática a un puñado de fracasados de las aventuras políticas de la última década. De modo que, para seguir, hay que emprender.
Nadie lo ha entendido mejor que Gabriel Rufián. Este llegó a la política porque, en pleno procés, ERC quería convencer a los castellanoparlantes de que también ellos podían ser independentistas. Fracasó. ERC le puso de candidato a alcalde de Santa Coloma de Gramenet. Fracasó. Pero por el camino entendió las nuevas reglas de la política. En el Congreso, da discursos que no están dirigidos a sus señorías, sino al algoritmo de TikTok, y tiene una innegable gracia en Twitter. Y sospecha que los partidos tradicionales del independentismo están condenados al fracaso y que su papel dentro de ellos aún más. Hoy encarna el ideal del emprendedor político: tiene financiación pública en razón de su cargo y forma parte del establishment político, y al mismo tiempo tiene una imagen pública de macarra que va por libre y nadie tiene en cuenta que su programa político —que defiende la independencia de la rica Cataluña y el bienestar de los pobres del resto de España— es un disparate.
Como tantas startups, la de Rufián fracasará. Pero da igual. Por el camino quizá consiga renovar su escaño, se haga más célebre, reciba la adulación de un puñado de izquierdistas españoles que tampoco parecen caracterizarse por su coherencia ideológica y, ¿quién sabe? El mantra de los emprendedores es que el fracaso actual es solo la antesala de un éxito futuro. ¿Como ministro del Interior? ¿Como presentador de La Sexta? Qué más da. El emprendedor político sabe que el objetivo es alcanzar la fama, pero da igual en qué. Que se lo pregunten a Pablo Iglesias.
Los partidos políticos tradicionales están pasando por una profunda crisis, pero crear una nueva formación con el fin de sustituirles se ha vuelto casi imposible.