¿Y ahora qué?

La respuesta más honesta, todavía, es “no lo sabemos”, pero, para poder tomar buenas decisiones, tenemos la responsabilidad de anticipar lo que pueda venir

Foto: Foto: Reuters.
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Cubierta ya una primera etapa de la crisis provocada por el covid-19, y sin que esto signifique para nada que esta pandemia y sus consecuencias estén ya superadas en ninguna parte del mundo, la pregunta que todos nos estamos haciendo es: ¿y ahora qué?

En la medida en que la emergencia sanitaria se empieza a solucionar en algunas zonas geográficas y ya han empezado a relajarse las medidas de inmovilización de la población, la vuelta a la cotidianidad nos recuerda que teníamos unos proyectos y unas ambiciones que reaparecen tras haber permanecido latentes, si no casi abandonados, durante el confinamiento.

Dijimos que lo primero era sobrevivir, 'primum vivere', y lo hemos hecho de forma mayoritaria. Desgraciadamente, no ha sido posible salvar a todos, y la combinación de la velocidad del contagio de la epidemia con la limitación de la capacidad sanitaria ha supuesto, durante algunas semanas, un coste alto de vidas, sobre todo en los grupos de más riesgo.

¿Qué viene ahora?

La respuesta más honesta, todavía, es “no lo sabemos”, pero, para poder tomar buenas decisiones, tenemos la responsabilidad de anticipar lo que pueda venir. Y lo que venga va a seguir dependiendo de tres factores fundamentales: primero y principal, de la evolución de la pandemia; en segundo lugar, del impacto de las medidas de cierre y de ayuda a la economía, y, finalmente, de las emociones y expectativas que se generen en los agentes económicos que se seguirán reflejando en los mercados financieros.

Respecto a la pandemia, sigue resultando angustiosa la falta de ideas claras por parte de los supuestos 'expertos' en los que había que delegar todas las decisiones. El límite lógico del principio de contradicción, que la política había superado hace mucho tiempo, ha sido rebasado también por una parte de la comunidad científica. Y asistimos atónitos y resignados a continuos cambios de criterio sobre medidas de protección o de interpretación de los datos, que han minado en gran manera la confianza de los ciudadanos en las decisiones que, para su adecuada protección, tienen que seguir tomando las distintas autoridades.

La respuesta más honesta es “no lo sabemos”, pero, para poder tomar buenas decisiones, tenemos la responsabilidad de anticipar lo que pueda venir

Mi propia interpretación, con todas las limitaciones que supone la baja calidad de los datos y después de sopesar informaciones científicas totalmente contradictorias, es que la pandemia está cerrando un primer ciclo y que será muy difícil que se repitan, al menos en Occidente, los niveles de caos sanitario y de confinamiento indiscriminado de los últimos meses. Tras su paso por Europa, donde, en general, se ha cumplido la gráfica de curva poco aplanada y reducción de la enfermedad a niveles con los que es posible convivir, las dudas, ahora mismo, las suscita más el comportamiento del virus en territorio estadounidense. A una primera fase parecida a la europea le ha sucedido, en las últimas semanas, una nueva aceleración del número de contagios, lo que está sembrando dudas sobre el desenlace futuro del problema.

Insistiendo en que la información de que disponemos no es muy fiable y que las teorías de los epidemiólogos siguen siendo muy contradictorias, una posible explicación a lo que está pasando podría encontrarse en que los virus no entienden de demarcaciones políticas, de regiones, países o estados. Si separamos en conjuntos distintos la ciudad de Nueva York del estado de Montana o de las dos Dakotas, se hace más fácil entender que lo que está pasando es que, de una forma o de otra, los distintos grupos de población tienen que terminar entrando en contacto y normalizando su relación con el virus. En las principales concentraciones de población, con aeropuertos importantes y sistemas generalizados de transporte público, la expansión del virus ha sido muy rápida para terminar agotándose en muy poco tiempo. Mientras que en aquellos lugares donde ha tardado más en llegar y no hay tanta facilidad de transmisión, los plazos serán un poco más largos.

En Europa, tenemos el ejemplo de Suecia, un país de más de 10 millones de personas en el que decidieron no confinar ni tomar medidas especiales, nada más que las sensatas y donde, pasado un tiempo, el virus ha perdido ya toda su fuerza, tanto respecto a la cifra de fallecimientos como a la de contagios.

En España, la situación que estamos viviendo, con focos de contagio locales en zonas donde hasta ahora el virus no había llegado, coincide, a otra escala, con la misma pauta que veíamos en Estados Unidos.

En el mundo, en su conjunto, el número de personas contagiadas sigue acelerándose de semana en semana. Pero, a pesar de ello, el nivel de letalidad se mantiene muy estable, la forma de tratar a los enfermos ha mejorado mucho, los sistemas sanitarios ya no están colapsados e incluso parece que la aparición de casos graves ha remitido también bastante. Con un total de 13.050.000 de casos y 571.000 personas fallecidas, el crecimiento en contagiados la semana pasada ha sido de 1.435.000 (casi el doble que los de hace un mes), mientras que el número semanal de fallecidos, 34.000, permanece constante desde hace varias semanas.

La conclusión que podemos sacar es que, a pesar de que va a ser necesario convivir con el virus durante mucho tiempo, incluso aunque aparezca alguna vacuna, no vamos a volver a vivir situaciones de confinamiento generalizado y que, en este entorno, los nuevos problemas van a tener mucha más relación con la evolución de la economía y cómo sea esta de sensible a las ayudas que, de momento, los principales gobiernos del mundo están dispuestos a aplicar.

Lo que sabemos hasta ahora es que, si se cumple la tesis de que el problema sanitario se controla, podemos esperar una rápida recuperación

Respecto a esta segunda cuestión, lo que sabemos hasta ahora es que, si se cumple la tesis de que el problema sanitario se controla, podemos esperar una rápida recuperación después de una caída de la actividad que ya hemos visto que va a ser muy grande. En Estados Unidos, van por delante y ya tienen aprobados los planes de política monetaria y fiscal que son necesarios, mientras que en Europa dependemos todavía de un acuerdo a muchas bandas, donde los matices finales van a ser muy importantes. La ventaja —esta vez— es que, al no haber culpables cuyo rescate pudiera generar la idea del 'riesgo moral' a la que tanto tiempo dedicamos en la crisis de 2008, los acuerdos y las ayudas llegarán a tiempo.

En relación con la evolución de los mercados financieros como 'proxy' de las expectativas de los agentes financieros y de los inversores, lo que estamos viendo es que, ante el asombro de muchos, los principales índices de renta variable han reaccionado con mucha fuerza y con subidas trimestrales históricas que ponen en precio la versión rápida de la recuperación. Robert Shiller, ya Premio Nobel, quien en el año 2009 junto a George Akerlof volvió a poner de actualidad los 'animal spirits' de Keynes, ha escrito recientemente un libro titulado 'Narrative economics', en el que desarrolla la idea de que lo que hacen los inversores en los mercados es apostar por el relato que les parece más plausible y que este siempre será el que piensen que va a ser capaz de convencer a más gente. Que se imponga la idea de una recuperación rápida sería bueno, sobre todo, para que esa recuperación pueda darse. Y ese es el contexto en el que tenemos que tomar las decisiones personales a las que me refería al principio.

La crisis se va a superar. La cuestión fundamental, para cada uno de nosotros, es lo que vaya a pasar con nuestros proyectos. Y es ahora, superada ya esta primera etapa de la pandemia, cuando tenemos que hacer el análisis adecuado.

Desnudo de certezas
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