Ahora empieza el verdadero reto: los hermanos deben integrarse en Europa

El viaje ha terminado. Los hermanos Sana y Malaz se asientan en Suecia. Ahora deben empezar desde cero una nueva vida en Europa y el enorme reto de la integración

“Y encontrar un comienzo, cada uno de los comienzos,

en la frontera de las vías del tren.

¡Y en un campo de girasoles humanos!

Están durmiendo.

El amanecer, un amanecer de colores.

Y surge la noche en las fronteras subterráneas,

las fronteras de la verdad, y de cada uno de los comienzos”.

 

Sana ha vuelto a escribir. Durante el trayecto en autobús hacia el nuevo alojamiento, con la ayuda de un lápiz y un cuadernillo, ha compuesto su primer poema desde que cogió un bote para entrar en Europa. “No pude volver a rimar hasta que entramos en Suecia”, expresa frente a la orilla del lago Daglösen, a 350 kilómetros de Estocolmo. Mientras tira migas de pan a una bandada de patos, concluye, “necesitaba volver a tener la mente libre”.

La fría brisa de la campiña sueca recorre la pradera y Sana se ajusta el hiyab (velo) alrededor del cuello. “Parece un pueblecito de muñecas”, dice mientras contempla la hilera de casas frente al embarcadero. En el bosque de abedules de la provincia de Värmland, en un hotel del pueblo sueco de Filipstad, la Agencia de Inmigración estatal ha alojado a los hermanos Malaz y Sana y a tres de los primos. Una localidad tranquila, rodeada de árboles y junto a un enorme lago. Al observar a Sana, intuyo que no hay mejor “refugio” donde superar el trauma de haber sobrevivido a una guerra.

Malaz sale al paseo mientras sonríe y me saluda con los brazos. Le veo algo cambiado, dos días de descanso le han mejorado el semblante. “¡Vamos, está lista la cena!”, grita. En el comedor del hotel, siete familias toman el menú del bufé. El departamento de asilo ha traído cocineros sirios que preparan comida típica del país. Unos y otros entran, se sirven el plato y cenan con sus familiares. El ambiente es tranquilo, no hay prisas y nadie grita. Parece que, poco a poco, se esfuma la ansiedad y la angustia de los últimos días.

Sana en el pueblo de Filipstad, Suecia, ante el lago que hay frente al hotel donde han sido acogidos (Foto: P. Cebrián).
Sana en el pueblo de Filipstad, Suecia, ante el lago que hay frente al hotel donde han sido acogidos (Foto: P. Cebrián).

Suecia, el destino “ideal”

Las autoridades de inmigración han puesto autobuses, alojamiento y comida a disposición de quienes intentan obtener sus permisos de residencia. Según las cifras oficiales, este año el país ha recibido 48.774 solicitudes de asilo; 14.716 de ellas iniciadas por sirios. Quienes huyen de Siria, Irak o Eritrea consideran el país escandinavo un lugar ideal para empezar una nueva vida, “por la rapidez con la que se consiguen los papeles, la tolerancia de su sociedad y las facilidades económicas”, explica Firaz.

“Habíamos firmado un contrato de tres semanas (con la Agencia de Inmigración), pero puede que se extienda durante ocho meses más”, me confía uno de los trabajadores de la pensión. Suecia se prepara para la llegada de refugiados más numerosa de su historia, habilitando hoteles, apartamentos y residencias. Según las estimaciones, en 2015 habrá recibido cerca de 95.000 solicitudes de asilo. El reto, dice Mikael Ribbenvik, director adjunto del departamento, es el alojamiento, “vamos a necesitar 20.000 nuevas casas el año que viene”.

Ponen cara de confusión cuando los 'tutores' del proceso pronuncian la palabra 'refugiados'. Se miran entre ellos, es la primera vez que alguien les define asíEn el “Hotel John” de Filipstad, casi cien hombres, mujeres y niños deambulan desorientados entre las habitaciones. Han pasado dos días desde que un autobús, tras doce horas de viaje, les trajo hasta este municipio. La mayoría trajo consigo poco más que una bolsa de plástico, no tienen equipaje ni objetos personales. A media tarde, un grupo de jóvenes suecos y sirios entra el recibidor con varias cajas de cartón. Entre ellos, colocan zapatos, pantalones y camisas en unas estanterías para que los refugiados puedan elegir qué coger.

En la habitación 110, Sana me enseña contenta el armario, el amplio baño y la cama nueva. “¡Mira, tenemos televisión!”, exclama contenta. “Solo hay canales en sueco pero pronto lo entenderemos”. Tanto ella como su hermano tienen pensado apuntarse “lo antes posible” a los cursos de idioma que se imparten durante el proceso de asilo. Cuando intento ahondar en sus planes, compruebo que están algo confundidos. “De momento queremos conseguir los papeles. Después, buscaremos algún trabajo…”, titubea Malaz.

“Hay otros que se hacen pasar por sirios”

Al día siguiente, Sana, Malaz y los primos viajan hasta las oficinas más próximas de inmigración para iniciar el procedimiento. El primer paso es el registro como solicitantes de asilo. Ahí, unos funcionarios les toman las huellas dactilares y les fotografían para entregarles la tarjeta LMA, su identificación como refugiados en Suecia. Días más tarde, serán entrevistados para profundizar en el caso particular de cada uno: su situación familiar, el motivo por el que huyeron de Siria, el viaje que realizaron…

“Traerán intérpretes de nuestro país”, me explican entre todos, “hay otros refugiados que se están haciendo pasar por sirios (porque ahora tienen prioridad) y las autoridades pretenden averiguar, a través de los detalles, quien no dice la verdad”. Según la ley, podrán pedir un permiso para trabajar mientras investigan su caso, buscar un alojamiento propio, acceder a una ayuda económica y al servicio sanitario. El plazo oficial suele ser de tres meses pero debido a la saturación de las últimas semanas, “podría tardar algo más de un año”, nos cuentan.

Dos de los primos ante el hotel donde han sido alojados (P. Cebrián).
Dos de los primos ante el hotel donde han sido alojados (P. Cebrián).

“Algún día volveremos a Siria”

En las oficinas de Inmigración, los primos se fuman un cigarrillo en la entrada trasera del edificio. Ahmed, uno de ellos, me confiesa que hoy hace cinco años que fue aceptado en la escuela de ingeniería. “Todo iba bien, tenía buenas notas, una joven para casarme, tenía un futuroDe pronto, todo se torció y mira donde estamos ahora”, lamenta. Con ellos han venido otros dos jóvenes sirios que llevan en Suecia más de un año. Dicen que están bien aunque el país es algo “aburrido”. Todos se ríen. “Nuestra intención es volver a Siria si la guerra termina. Algún día volveremos”, dicen.

Uno a uno vuelven a entrar en las aulas, las máquinas que expiden la identificación se han estropeado y tendrán que volver mañana a las siete de la mañana. Los trámites están siendo algo lentos y asumen que puede que este pueblo habitado por “abuelos” sea su residencia para el próximo año. Aún así están contentos. La energía del grupo ha cambiado por completo desde que entramos en el país. Todos ellos tienen sueños y ganas de “tener un futuro”, algo que les ha sido arrebatado en Siria. “Aunque terminara la guerra ahora, pasarían diez años antes de que el país volviera a funcionar. Yo tengo 31 años, necesito planear una vida”, me dice Malaz.

Sana, Malaz y los tres primos, ponen cara de confusión cuando los “tutores” del proceso pronuncian la palabra “refugiados”. Se miran entre ellos, es la primera vez que alguien les llama así. Es el término que ha ocupado las portadas del mundo en las últimas semanas pero para ellos éste ha sido, simplemente, el viaje más importante de sus vidas. Ninguno de ellos fue verdaderamente consciente de que formaban parte de una crisis humanitaria mundial, ninguno de ellos pensó que su periplo hacia Europa estaba escribiendo la historia de la diáspora siria.

 

Día Once: No queda sitio en el paraíso

Díaz Diez: Los refugiados descubren la ruta ártico.

Día Nueve: Algunos no pueden más; "Yo me vuelvo a Siria".

Día Ocho: Así escapamos de la mafia, a puñetazos.

Día Siete: Una jornada de terror en manos de la mafia húngara.

Día Seis: La sombra de Asad les persigue hasta Europa.

Día Cinco: “Debes parecer una más. Ponte un velo”.

Día Cuatro: El humor del líder que nos ha metido en Macedonia.

Día Tres: "Esto sabe a victoria". Los hermanos llegan a Atenas

Día Dos: ¿Qué metieron en la maleta? Sana, una joya y poesía.

Día Uno: Izmir, una familia en el punto cero.

En ruta con los refugiados sirios
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