Hola, Pedro y Pablo, soy vuestra abstención

Si nos mandan a elecciones, no pienso volver a votar. Sospecho que una abstención masiva de la izquierda es la única forma de lograr un Gobierno de izquierdas a medio plazo

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. (EFE)

A mí no me importa quién tenga más responsabilidad en este fracaso. Echarse mutuamente las culpas es lo propio de los patios de colegio, se lo dejo a los capillitas, forofos y exégetas de Pedro y Pablo; los que, lamecúlicamente, se refieren a cada uno por su nombre de pila como si los conocieran. Como si les hubieran llamado para cenar.

Soy un bicho raro en la prensa política, porque no me importa un pijo qué ha podido pasar entre bambalinas. Si el PSOE no quería a Podemos, si Podemos no quería al PSOE, es algo que me aburre tanto como las entrevistas biliares que han estado dando Carmen Calvo y Echenique. Las dos versiones me anestesian, me duermen por igual. Hay cristales en el suelo y no quiero saber quién rompió el vaso.

Resumen: las urnas les dieron la confianza para llevar adelante un Gobierno progresista y todas las encuestas a sus votantes han confirmado que es lo que estos esperaban. No era un encargo sencillo: no alcanzaban juntos la mayoría y antes de todo tenían que cambiar el chip. Dejar de trabajar para su partido y su militancia, ponerse a trabajar para su país. Alcanzar esta clase de pacto, da igual si en coalición o por separado, hubiera sido una cosa inédita en España. Lo que sabemos hoy es que ni Sánchez ni Iglesias están a la altura.

Para lograrlo, y para gobernar después, hubieran tenido que aprender a respetar el espacio del otro, uno asumiendo la autoridad y otro aceptando la influencia. La generosidad de la renuncia, la grandeza de la discreción. En pocas palabras, habrían tenido que aprender a remar contra la fuerza fanatizadora del partidismo español, y contra sus desavenencias personales, que se han traslucido en cada apretón de manos y en cada mirada desde el escaño. Aprender a tolerarse, a trabajar sin todas las garantías, a compartir los éxitos y no echarse en cara mutuamente los fracasos.

Ni siquiera logrando esto hubieran superado la prueba más difícil. España, por su sociología, es en este momento ingobernable para la izquierda. Dado que las derechas son intransigentes, se requiere el sí de los independentistas para que la izquierda pase unos Presupuestos. Es como poner tu cuenta de Twitter en manos de tu peor trol. Todo esto hacía prever un camino largo y retorcido. Y aun así hubiera valido la pena intentarlo, ¿no?

Pues bien. Ahora, ¿qué esperanza le queda a un votante de izquierdas tras una repetición electoral? Ninguna. Ni Sánchez ni Iglesias, ni tampoco sus aparatos políticos, se toleran. El votante de izquierdas lo sabe o empieza a intuirlo, y durante estos meses los candidatos han hecho acrobacias solo para lo más radical y más idiota de sus militancias. La única pasión que han movido ha sido la rabia por el presunto socio de gobierno, y todo lo demás era pesadumbre y hastío. Aburrimiento.

Si tanto les preocupaba que viniera el lobo, si tanto daño podía hacernos la derecha, ¿por qué ahora les abren la puerta con una nueva cita electoral?

Quien escribe esto suele ser un votante de izquierdas, pero, si Sánchez e Iglesias nos mandan a elecciones anticipadas, no pienso volver a votar, y animo a cualquier votante de izquierdas a que haga lo mismo que yo. Puede parecer paradójico, pero sospecho que una abstención masiva de la izquierda en las elecciones anticipadas es la única forma de lograr un Gobierno de izquierdas a medio plazo en este país. Los mayores obstáculos a esta quimera no son el Ibex ni el PP, sino Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y sus clubes de fans.

Sospecho que solo una gran abstención de la izquierda puede mandar a sus partidos el mensaje. Quizás es la única herramienta que tiene el votante, una buena dosis de fracaso electoral que ponga en marcha la guillotina que todos guardan en el trastero. Pero mi abstención no tendrá solamente un lado pragmático, sino que también tendrá un lado moral. Se vota porque se confía. Nadie debería votar a quien escupe sobre la confianza que le dan.

El precio de esta abstención sería alto: el mismo Gobierno de derechas apoyado por Vox contra el que tanto nos alertaban Iglesias y Sánchez en campaña. Si tanto les preocupaba que viniera el lobo, si tanto daño podía hacernos la derecha, ¿por qué ahora les abren la puerta con una nueva cita electoral? La respuesta es sencilla: porque el país les importa un pimiento y solo quieren más.

Votar a estos dos no es frenar a la derecha, se han encargado de demostrarlo. Votar a estos dos es fiarle un proyecto alternativo a un dúo de boicot profesional.

España is not Spain
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