Mi amigo Pablo Iglesias me ha contado cómo funciona el poder
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Juan Soto Ivars

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Mi amigo Pablo Iglesias me ha contado cómo funciona el poder

El vicepresidente lo repetía con insistencia para asegurarse de que apareciera, pero el equipo de 'Salvados', no sé si a mala leche o por transparencia, optó por ponerlo las tres

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Pablo Iglesias, el Salvados.

En los cinco primeros minutos de emisión de 'Salvados', Pablo Iglesias le dijo tres veces al entrevistador algo como: “En política, Gonzo, no hay que fiarse de nadie”. En cada ocasión remarcó el nombre de su interlocutor, que pronunciaba cálido y cercano como Don Quijote de la Mancha cuando trata de ilustrar al cazurro Sancho Panza sobre los conceptos elevados de la libertad, el amor y la dignidad de la caballería. Tres veces, ya digo, soltó su confesión, como las tres que negó Pedro.

La repetición denotaba que este era un verso clave del argumentario. El vicepresidente lo repetía con insistencia para asegurarse de que apareciera en el montaje al menos una vez, pero el equipo de 'Salvados', no sé si a mala leche o por transparencia, optó por ponerlo las tres, con lo que esa declaración de confianza, como brotada del corazón, sonó más bien a las respuestas ocurrentes que Siri repite con el mismo tono espontáneo ante el estímulo preciso, dejando claro que las máquinas pueden ser chistosas, pero no tienen alma.

Foto: El vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, durante la entrevista. (La Sexta)

Al remarcar la confesión Iglesias desvelaba su jugada. Su plan era mostrarse como un colega tuyo que ha terminado en el gobierno y te cuenta, a solas en el bar, lo que nadie más te quiere decir. Habló de series para conectar con la gente, pero uno se preguntaba de dónde saca el tiempo para verlas, con tanto trabajo, mientras lanzaba algunas máximas que querían sonar a epifanías, pero más bien parecían ripios de Los Chikos del Maíz (los raperos orgánicos del Partido).

Entre las asombrosas declaraciones, dijo Iglesias el poder real es inalcanzable para el político (con lo que venía a mimar la decepción del electorado de izquierdas), que los monstruos económicos son peores de lo que nadie imagina (con lo que venía a recalcar que sigue haciendo mucha falta que él esté en el gobierno) y que los ricos van a lo suyo y están muy lejos de la gente (con lo que pretendía separarse simbólicamente de Galapagar).

Se despachó con Gonzo no como una figura institucional, sino como un tío de tu barrio que hace mucho tiempo que no pasa por allí porque ha triunfado en la vida. También repitió varias veces muletillas de tío sincero que de nuevo, por acumulación, olían a chamusquina. Dijo “voy a ser muy claro”, “lo diré pese a que a alguien pueda no gustarle” y “perdón por la expresión, quizás vulgar”, antes de regalarnos algún taco. ¡Hasta se metió con Atresmedia! ¡Qué cojones le echa el vice! Era la cercanía interesada del amigo que, cuando tu novio te pone los cuernos, te dice que tienes un hombro sobre el que llorar.

El contenido de sus intervenciones era, por lo tanto, bastante menos interesante que la forma del discurso. El tono vicepresidencial y pausado, característico del nuevo Iglesias, emitía ese destello de dignidad y altura que el vicepresidente rebajaba con chorritos de calculada improvisación. Ahora te confesaré algo que jamás soñaste escuchar: los monstruos existen y están entre nosotros. Se esforzó en sonar un poco como el último libro de Barack Obama, es decir, casi como un expolítico que ahora sí que sí te dice toda la verdad.

Cometió el error fatal de comparar a Puigdemont con los exiliados republicanos del Franquismo y el de sugerir que se ve en ese despacho dentro de diez años, cuando España sea una república presidida por una mujer (¿Irene Montero?). Pero en general soltó verdades calculando bien el coste y el beneficio. Las del vicepresidente eran las mismas que Podemos proclamaba en 2014, con la diferencia de que ahora suenan a quien pone excusas por llegar tarde. Veníamos de una semana con mucho frío y una subida del precio de la luz, y de una legislatura en la que, más allá de esa pandemia que podía haberle tocado a cualquiera, se han producido esas grandes fusiones bancarias que Podemos dijo que jamás se repetirían si ellos alcanzaban el poder.

En fin. Hasta el espectador más ingenuo y esperanzado sabe que tener a Podemos en el gobierno no nos ha traído la Arcadia socialista, de modo que Pablo Iglesias enfocaba sus respuestas sobre el viejo adagio de la revolución permanente, es decir: no basta alcanzar el poder porque el poder no es absoluto y buena parte de él está en manos de nuestros enemigos; ergo, hay que utilizar ahora ese poquito que nos habéis dado, más que rácanos, para cambiar el régimen de pies a cabeza; pero para lograrlo es necesario más poder. Puede pagar en cómodos plazos.

Foto: El presidente de ERC, Oriol Junqueras, en una imagen de julio. (EFE)

Sin embargo, toda la sinceridad impostada de Iglesias saltaba con los aires ante las preguntas afiladas de Gonzo. Por ejemplo, en un momento en que el vicepresidente estaba disertando, como es habitual en él, sobre el poder omnímodo y maligno de los medios de comunicación, tentáculos del diabólico poder económico. Gonzo le preguntó entonces por 'La Última Hora' y oímos decir a Iglesias que no es un medio controlado por su partido. Baudelaire dijo que la mejor argucia del diablo ha sido convencernos de que no existe. Dicho de otra forma: en política, Gonzo, no hay que fiarse de nadie.

En los cinco primeros minutos de emisión de 'Salvados', Pablo Iglesias le dijo tres veces al entrevistador algo como: “En política, Gonzo, no hay que fiarse de nadie”. En cada ocasión remarcó el nombre de su interlocutor, que pronunciaba cálido y cercano como Don Quijote de la Mancha cuando trata de ilustrar al cazurro Sancho Panza sobre los conceptos elevados de la libertad, el amor y la dignidad de la caballería. Tres veces, ya digo, soltó su confesión, como las tres que negó Pedro.

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