Pablo Iglesias ya no da miedo y enfila el camino a Santa Elena

Pablo Iglesias creó Podemos y Pablo Iglesias va camino de destruirlo. El partido se ha quedado como un cascarón vacio. El partido morado hoy ya no da miedo a nadie

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Él creó Podemos y él va camino de liquidarlo. Así de simple. Podemos —no lo que representa, sino el partido— es hoy una nave que se dirige a ningún parte. Probablemente, porque cuando nació, recogiendo la estela del 15-M, solo tenía un rumbo: canalizar el descontento de millones de ciudadanos ante un sistema político, el bipartidismo, anegado de corrupción y de clientelismo político, y que había quedado al descubierto, como un rey desnudo, por la recesión. En particular, por la desastrosa gestión que hizo Zapatero de una crisis larvada durante años.

No es que la arquitectura institucional del país haya mejorado. De hecho, el reciente pacto entre Sánchez y Casado para renovar el poder judicial despreciando la independencia de los jueces no es más que el reconocimiento tácito de que el sistema es incapaz de regenerase a sí mismo.

La endogamia política, favorecida por un sistema electoral que expulsa a muchos ciudadanos válidos de la cosa pública; la ausencia de autocrítica sobre las causas últimas de la crisis —que tiene mucho de sistémica en los países más desarrollados por el avance de la globalización y por los efectos de la revolución tecnológica sobre el empleo y las clases medias— y, sobre todo, la resistencia intrínseca del poder a los cambios políticos, una especie de histéresis colectiva, han generado un ambiente de fin de época que está detrás del auge del populismo y de la demagogia.

Cuando los ciudadanos dejan de creer en las instituciones y en los líderes políticos, la tendencia natural es buscar héroes, incluso ramplones salvapatrias, y eso es lo que explica el resurgir de nuevos liderazgos que, sin embargo, son muy antiguos, y que siempre se presentan como un soplo de aire fresco ante tanta podredumbre.

Cuando los ciudadanos dejan de creer en las instituciones y los líderes políticos, la tendencia es buscar héroes, incluso ramplones salvapatrias

Podemos, en ningún caso, significó eso. Nació de abajo a arriba como una explosión de lucidez ante la fatiga de la izquierda convencional. Y, de hecho, su irrupción en el sistema político abrió un ciclo de esperanza para cinco millones de ciudadanos (como lo hizo Ciudadanos en el centro derecha) que respaldaron sus candidaturas. Como han puesto de manifiesto algunos estudios demoscópicos, la politización de los jóvenes derivada de la crisis, y ante la degradación del mercado laboral, provocó que muchos padres siguieran políticamente a sus hijos, lo que de alguna manera conectó a Podemos con las clases medias.

Un partido convencional

El propio sistema, como les gusta decir a los dirigentes de Podemos, llegó a tener miedo de la irrupción en el espacio público de una formación que se presentaba sin mochilas y sin hipotecas. Y a la que no se le podía acusar del pasado, que es la estrategia favorita del bipartidismo. El célebre 'y tú más'. Ese miedo fue, precisamente, el que se ha ido diluyendo a lo largo del tiempo en la medida en que los líderes de Podemos se han vuelto tan convencionales como los que critican.

En contra de lo que puede parecer, no es una traición a las bases ni a su propia ideología. Es, en realidad, un camino que los dirigentes de Podemos tenían necesariamente que recorrer, como ha demostrado la historia en numerosas ocasiones. Partidos que nacieron del activismo político, como los verdes alemanes o los propios socialistas, necesariamente se vuelven convencionales cuando llegan a las instituciones.

Era, por lo tanto, un camino previsible, como le sucedió al PCE al final de la Transición, cuando la épica de la política que representaba acabar con la dictadura ('contra Franco vivíamos mejor') sucumbió ante la normalidad de la democracia, que suele ser aburrida, y ver a Dolores Ibárruri en el Congreso no era más que un síntoma de normalidad democrática. Esa misma normalidad que Churchill retrató magistralmente cuando dijo que la democracia era que alguien llamara a la seis de la mañana a tu puerta y fuera el lechero.

Tanto Iglesias como la actual mayoría de Podemos, debían haber sido conscientes de ese escenario. Pero inexplicablemente no lo han sido. Probablemente, por las dosis de egocentrismo y vanidad que incorpora siempre la política, en la que los líderes quieren construirse a su alrededor una aureola de la que carecen: mitad monjes, mitad soldados; mitad activistas, mitad hombres de Estado.

Podemos es ya un partido que no da miedo a nadie, y lo que es peor, se ha quedado sin estructuras de movilización, que es la base social sobre la que históricamente se ha construido la izquierda

El resultado hoy es que Podemos es ya un partido que no da miedo a nadie, y lo que es peor, se ha quedado sin estructuras de movilización, que es la base social sobre la que históricamente se ha construido la izquierda, fundamentalmente a través de los sindicatos. Un espacio político que la dirección de Podemos nunca ha entendido por esa arrogancia innata en los advenedizos. Las últimas movilizaciones (incluidas las consultas internas) han sido un fracaso en cuanto a participación, y nada indica que el futuro sea mejor para sus intereses. Podemos es hoy un cascarón tan vacío como el resto de partidos.

En buena medida, por la absurda política del 'todo o nada' basado en el plebiscito —el ganador se lo lleva todo— que ha triunfado en las asambleas de Podemos, convertido en un partido fuertemente jerarquizado, y que es justo lo contrario del espíritu del 15-M, que significó para una generación de españoles el primer espacio de participación política a través de los círculos, hoy instrumentalizados por la cúpula dirigente del partido.

Políticos profesionales

Ese espacio es el que en poco tiempo ha sido vaciado de contenido por dirigentes que han hecho de la política su profesión. Incluidos, aquellos que hoy se amparan en su experiencia municipal para no participar en procesos de elección. Y que han necesitado alcanzar el poder para descubrir el valor de las instituciones democráticas para transformar la realidad sin necesidad de asaltar los cielos, la vieja metáfora que es, en realidad, un señuelo para incautos.

Podemos no solo se ha comido su capital político, sino que, al mismo tiempo, ha sido incapaz de resolver el debate central de la política, que es cómo hacer compatible la democracia interna con la participación en las instituciones, que exige un nivel de profesionalización que a menudo chirría con organizaciones asamblearias que ponen en duda la democracia representativa, que se construye, precisamente, mediante un sofisticado sistema de delegación del voto. Y bien podrían haberse fijado en los verdes alemanes que, con un proyecto a largo plazo sin demagogia, ya superan a los socialdemócratas en algunos 'Länder', haciendo compatible la presencia en las instituciones con una alternativa política ajena al clientelismo en que Podemos se ha movido desde su nacimiento imitando de forma ridícula al populismo latinoamericano.

El drama de Iglesias y su equipo es, precisamente, que se ha quedado sin partido, y muchos de los que quedan lo hacen por razones patrimoniales, lo que explica que Manuela Carmena —henchida de una soberbia infinita— haya colocado a la organización —envejecida prematuramente con cuatro años de vida— a sus pies. Paradójicamente, la formación que la llevó a la alcaldía, y que hoy sucumbe ante el presumible —no está demostrado— tirón electoral de la alcaldesa, que carece de alternativas dentro del partido a medio año de unas elecciones.

Si Podemos pierde Madrid, el próximo en caer será el propio Iglesias, que no solo se ha quedado sin partido, como se ha demostrado en Andalucía, sino sin prestigio dentro de su organización

Iglesias, sin embargo, ya nada puede hacer. Solo está en condiciones de aceptar una derrota humillante porque es consciente de que si Podemos pierde Madrid el próximo en caer será el propio Iglesias, que no solo se ha quedado sin partido, como se ha demostrado en Andalucía, sino sin prestigio dentro de su organización. Y verle mendigando unos votos de los nacionalistas vascos y catalanes para salvar los PGE de Sánchez no es más que la evidencia de un fracaso. Entre otras cosas, porque la subida del SMI, que es su gran triunfo, no requiere la aprobación de los PGE, ya que se hace por Real Decreto.

Sin embargo, aunque en las próximas semanas vuelve a mostrar su faceta más radical ante el previsible fracaso en la tramitación de los presupuestos, ya nada será igual. La ciclotimia en política (con continuos cambios de táctica y ninguna estrategia) se acaba pagando. El cantonalismo territorial del universo Podemos, que es la demostración de un fiasco histórico de la izquierda a la hora de integrar a otras fuerzas en un mismo proyecto político bailándole el agua a los diferentes nacionalismos que pululan por la piel de toro, ha hecho el resto.

Iglesias ha sido incapaz de integrar orgánicamente las diferencias con Errejón y otros dirigentes de su partido, y ya es demasiado tarde para hacerlo. Entre otras cosas, porque el propio Errejón —los anticapitalistas viven confortablemente haciendo la revolución en el salón de sus casas de Estrasburgo— ha demostrado ser un líder débil sin ninguna capacidad de liderazgo para ofrecer una alternativa a Iglesias. Probablemente, porque se ha dejado llevar por los cantos de sirena de los sectores ilustrados de la derecha y de la izquierda que lo consideran el chico bueno de Podemos, el yerno ideal que todos quisieran tener, y que tarde o temprano acabará en las listas del PSOE.

En definitiva, hoy Podemos no lucha ni contra lo que ellos llaman el neoliberalismo, ni muchos menos contra el neofascismo o contra el populismo xenófobo, ni siquiera contra las élites políticas en favor de los descamisados.

El partido de Iglesias tiene el enemigo en casa y lucha contra sí mismo. Y es posible que de tanto bonapartismo —la cara amable del viejo Robespierre de los tiempos de la revolución— acabe en Santa Elena. Ya se sabe, aquella isla perdida en medio del Atlántico en la que Napoleón fue confinado a la espera de redención. La construcción de metáforas políticas ya no es suficiente para salvar el pellejo. Y hoy ya ni siquiera vale el manoseado César o nada.

Mientras Tanto

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